Capítulo 4
Por lo visto durante el día podía mantener cierta sensación de intimidad. Prácticamente en ningún momento las cuatro mujeres se encontraban simultáneamente en la casa, lo que contribuía a no sentir esa sensación de ahogo que me atacaba de repente. Y yo mismo, sobre todo en esos primeros días de convivencia, me pasaba muchas horas afuera, haciendo trámites para la universidad o saliendo con mi chica. Pero el tercer día con mi nueva familia, fue precisamente Sofía quien me tiró una baldazo de agua fría, terminando con nuestra incipiente relación.
—Estás en otra, claramente no soy una prioridad para vos —me dijo, mientras terminábamos de tomar un helado.
—¡¿Qué?! —pregunté, estupefacto—. ¿Es por la broma de mi hermanastra? Ya te dije que era una broma. Es una estúpida esa mina.
Me aseguró que no era por eso, aunque yo estaba seguro de que el hecho de que durmiera en la misma habitación que esa sensual hembra había influido mucho en su decisión. Las mujeres creían oler la competencia, cuando era solo su paranoia e inseguridad. Pero supongo que todo se reduce a que no me quería lo suficiente. Si de verdad me quisiera no cortaría conmigo por una cosa como esa.
Me sentí con el corazón roto. Después de años de fracasos amorosos, por fin había encontrado a una hermosa chica que se sentía atraída por mí. Ya había dado por sentado que por fin me desvirgaría con ella, y que sería mi primera novia. Y ahora, de repente, me quedaba sin nada.
Como dije, ese día casi no vi a mis hermanastras, pero llegando la noche ya era inevitable. Mi mal humor era más que evidente. La pobre de Amalia me miraba, mientras cenábamos en familia, sin animarse a decirme nada, temiendo quizás, hacerme explotar. Por suerte la imbécil de Samara no estaba con ganas de molestar ese día. Supuse que tenía sus propios problemas. Que se joda, pensé.
Lo bueno era que esa noche no tocaba dormir con ella, sino con Abril. A la noche fui a su dormitorio. Realmente me molestaba muchísimo no tener mi propio espacio en donde refunfuñar a mi antojo. Me sentía impotente. Y tampoco tenía ganas de ocultar mi malestar, solo para no incomodar a otros. Pero suponía que con Abril no iba a tener problemas. Ella había sido sincera explicándome sus padecimientos. Me sentía cómodo con ella.
—Quien te viera pensaría que también sufrís de endometriosis —dijo Abril, cuando entró.
Me hizo reír. La primera risa en todo el día. Esa chica lánguida y misteriosa (aunque ya no tanto) me caía cada vez mejor.
—¿Tanto se nota que no estoy de humor? —pregunté, aunque claramente ya sabía la respuesta.
—Sí. Pero, bueno, todos tenemos malos días —comentó.
Me sentí extrañamente decepcionado por el hecho de que no intentara indagar más en por qué me sentía como me sentía. Pero en realidad era lo normal. Una charla amena y sincera no nos hacía íntimos amigos.
Sin embargo su actitud me hizo repensar mi situación. ¿Por qué estaba molesto? Después de un rompimiento amoroso debería estar más bien triste. Sin embargo me sentía irritable. Tuve que reconocerme a mí mismo que Sofía no era tan importante en mi vida como quería creer que lo era. Era la persona que había llenado un vacío que necesitaba llenar con urgencia, pero ella en sí misma no era el amor de mi vida ni mucho menos. Lo que me molestaba era el fracaso, y también esa persistente abstinencia s****l que, por lo visto, iba a extenderse por tiempo indefinido.
—Casualmente hoy mi dolor es muy leve. Casi puedo sentirme como una persona normal —comentó Abril.
Se desvistió. El hecho de que lo hiciera justo cuando me hablaba me dio a pensar. Pues pareciera que lo había hecho a propósito para que dirigiera mi mirada hacia ella. Sus impresionantes tatuajes quedaron a la vista una vez más. Su ropa interior negra combinaba perfectamente con esos dibujos de colores oscuros y con su piel pálida.
Recordé que ella me había dicho que no era necesario que apartara la mirada cuando estaba en ropa interior. Pero tampoco estaba bien mirarla como lo estaba haciendo. La excusa de que me quedaba maravillado por sus tatuajes no podría servirme siempre. Así que fingí que miraba algo en el celular. De todas formas, la imagen mental que me quedó era más que suficiente para sentir que la v***a se me hinchaba lentamente. Esto era cada vez más difícil. Necesitaba con urgencia echarme un polvo, aunque fuera con una paja. Pero no tenía un espacio para hacerlo. También estaba la posibilidad de irme de putas. Pero esos lugares se me hacían tórridos, y por muy afeminado que suene, no quería que mi primera relación s****l fuera pagando para hacerlo. Me había costado mucho esfuerzo que mi cuerpo se viera bien, que me sintiera a gusto cuando me miraba al espejo. Lo menos que merecía era coger con una mina que se sintiera atraída por mí. Y no eran pocas las que me miraban con ganas. Las mujeres eran mucho más sutiles que los hombres en esas cosas, pero cuando te pasás la mayor parte de tu vida como un perdedor que no llama la atención de nadie, salvo para ser molestado, esas señales femeninas resultan evidentes. Incluso creí haber visto algunas de esas señales en mis hermanastras, aunque no me quería arriesgar a descubrir que estaba errado.
Recordé que Abril se había mostrado muy abierta en lo referente a su sexualidad, y ese efímero momento de erotismo me hizo sentir la necesidad de indagar un poco más en ese sentido. Dudé en hacerlo, pero luego me dije que no perdía nada con intentarlo.
—Sabés… —dije, esperando captar su atención. Era relativamente temprano, y la luz aún estaba encendida. Giró para mirarme— Ayer me contaste que no podés tener relaciones de manera convencional…
Corté la frase, esperando a que de alguna manera me diera el okey para seguir con mi pregunta.
—Ajam —fue su única respuesta, lo que me pareció que significaba que efectivamente podía seguir adelante.
—Em… Digo, claramente te pueden penetrar de diferentes maneras, o mejor dicho, en otros lugares… —Abril soltó una risita, lo que me animó a terminar con mi pregunta de una vez—. Pero vos… ¿podés acabar haciéndolo de esa manera?
Esta vez su risita se transformó en una carcajada. Lo bueno era que no se veía nada molesta por una pregunta tan íntima como esa, al contrario, se la notaba muy divertida. Lo malo era que probablemente estaba quedando como un estúpido.
—Sí, acabo, aunque… obviamente hacer una mamada o masturbar a un chico no es algo que me haga llegar al clímax. Y el sexo anal mucho menos… —Traté de no evidenciar el impacto que me generaba el hecho de que hablara de esas cosas con tanta libertad. Pero cuando mencionó lo último no pude evitar tragar saliva involuntariamente. Esperaba que no se hubiera dado cuenta—. Pero hay otras maneras. Por ejemplo que me hagan sexo oral, aunque eso casi nunca me lo hicieron. Pero bueno, los masajes y caricias bien hechas logran maravillas.
—¿Y vos no le pedís a tus parejas sexuales que te hagan sexo oral? —pregunté—. Parecería que es la manera más práctica de llegar al orgasmo.
—Parece que estoy hablando con mi ginecólogo —comentó Abril, soltando una carcajada (era realmente hermosa cuando reía). Me sentí un idiota nuevamente. Yo estaba muy erotizado con la conversación. De hecho, ya tenía la pija totalmente tiesa. Pero para ella era una charla más bien médica—. No, no le pido a nadie que me haga nada —dijo después—. Tengo el alma de geisha. Y disfruto del placer del otro. Además, no suelen hacerlo bien.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—¡Chuparme la concha! ¡¿No estamos hablando de eso?! —dijo, en voz demasiada alta, cosa que me hizo sonrojarme.
—Claro, claro, qué tonto —me reprendí.
—De todas formas, tampoco es que necesite coger a lo loca. Por mi trabajo es conveniente acumular toda la energía s****l posible.
“Su trabajo”, pensé para mí, recordando su peculiar profesión como bruja.
—¿Cómo es eso? —pregunté.
—Es simple. Para hacer algunos trabajos es conveniente tener mucha energía s****l acumulada, para expulsarla en ese momento y que así la cosa salga bien —explicó, con total naturalidad.
—O sea que… ¿Te masturbás mientras hacés algún ritual? —pregunté, fascinado.
—Sí, pero no flashees cosas que viste en películas. Es más simple de lo que pensás.
—Y cómo es —dije, ansioso.
No terminaba de creer que estaba teniendo una conversación de ese tipo con Abril. Desde que la conocía, cruzándomela frecuentemente tanto en el barrio como en la escuela, se me hacía una chica que hacía un esfuerzo desmedido por verse diferente, para aparentar ser más interesante de lo que en realidad era. Pero ahora me daba cuenta de que probablemente era más parecida a mí de lo que hubiese imaginado. Quizás en la adolescencia sufrió tanto como yo. En lo que no se parecía a mí, pese a las apariencias, era en la timidez. Con su actitud de emo, siempre melancólica, cubierta de pies a cabeza, cualquiera pensaría que era sumamente retraída. Pero ahora se comportaba de esa manera tan desenvuelta. ¿O sería que era mi presencia la que la hacía sentirse tan cómoda? No me quería hacer ilusiones, pero tampoco podía evitar pensar en eso.
—Nada. Simplemente tenés que pensar intensamente en algo que deseás. Después hay que dibujar un sigilo que represente ese deseo.
—¿Un sigilo?
—Un símbolo cualquiera que en tu imaginación represente ese deseo. No tiene que ser nada en particular. Mientras en tu cabeza tengas en claro qué significa, con eso basta. Y bueno, encendés una vela y listo.
—¿Cómo que “y listo”? —pregunté, ya que obviamente estaba saltando una parte importante del ritual—. ¿Y después de eso te masturbás?
—Ajam. Te masturbás y cuando acabás, quemás el papelito usando la vela.
—Entonces no era “y listo” —dije, fingiendo indignación—. ¿Algo más que hayas omitido?
—Emmm. Creo que no —respondió, dubitativa.
Realmente parecía estar explicándome ese procedimiento como un contador explicaría cómo hace la liquidación de impuestos. Eso me decepcionaba, porque yo seguía terriblemente caliente y por lo visto ella ni se había inmutado después de toda la explicación.
—¿Entonces el sigilo lo dibujás en un papelito y no en el piso? —pregunté—. Yo me hacía la idea de que te sentabas desnuda en el piso encima del dibujo hecho con sangre y te masturbabas escuchando alguna música rara.
—Te dije que no flashees películas holiwoodences. Hay mucha información mala en internet y en televisión, mucho estereotipo, y a veces los trabajos son mucho más simples de lo que parecen.
—Entiendo.
Me daba intriga conocer otro tipo de “trabajos”, y que me explicara también sobre los exorcismos. Pero no me quería desviar de la cuestión s****l. Si bien ella no parecía para nada excitada, mi creciente calentura me hacía mantener el tema vivo.
—Y… ¿No hay nada que desees en este momento? —pregunté—. Digo… sería una pena que no puedas hacerlo por culpa de que estoy acá.
Era un intento torpe, pero sospechaba que, en el peor de los casos, Abril se lo tomaría a broma.
—No, ahora no tengo ganas —dijo—. Quiero dormir —agregó después.
No parecía divertida, pero tampoco molesta. Apagó la luz. Ya no dijo nada, y me dejó con la v***a dura como una piedra. Estaba acostumbrado a la abstinencia s****l (de hecho esa abstinencia había durado toda mi vida), pero la falta de masturbación ya me estaba pasando factura. Había estado seguro de que podría estar mucho más tiempo sin hacerme una paja, pero con todo el estímulo que tenía en esa casa, la cosa se hacía tortuosa. Todos los días me encontraba con alguna en traje de baño o en ropa interior. Y la conversación que acababa de tener con Abril me excitó muchísimo.
—Pero si querés hacerlo vos, no me molesta —susurró Abril.
Su voz brotó en medio de la oscuridad como una hermosa melodía que iluminó mi alma. Pero me pregunté si de verdad se refería a lo que creía que se refería.
—Emmm. ¿Hacer qué?
—Si querés pajearte, hacelo —explicó ella—. Mientras no hagas un enchastre, no me importa.
¿Me estaría tomando el pelo? No veía motivo para que lo hiciera, pero la situación me parecía surrealista.
—Bueno, no te niego que estoy caliente —me sinceré—. Pero no podría hacerlo acá, ni tampoco en el baño, sabiendo que vos estás tan cerca, tratando de dormir. No sé, sería raro.
—Como quieras —dijo ella, y se sumió en el silencio.
—¿Y si…? —pregunté, pero no terminé de formular dicha pregunta.
—¿Y si… qué? —preguntó ella.
—¿Y si lo hacemos juntos? —aventuré—. Digo. Así no me sentiría tan raro. Y vos podrías aprovechar para hacer tu ritual. Seguro que hay algún deseo que necesites que se cumpla.
Escuché su risita en la oscuridad. Pero lo que dije no era mentira. Realmente necesitaba eyacular. Sentía no solo mi pija a punto de estallar, sino que mis testículos estaban hinchadísimos, con un tamaño mucho mayor al normal. Y me sentiría mucho mejor si ella lo hacía al mismo tiempo que yo.
Abril encendió la luz.
—Ya dije que no tengo ganas —dijo. Sin embargo hizo el cubrecama a un lado, dejando su hermoso cuerpo a la vista nuevamente. Era muy extraño que esa chica que la mayor parte del tiempo se empecinaba en ocultar su sensualidad, no tuviera reparos en mostrarse semidesnuda ante mi presencia. Claramente era un hombre muy privilegiado—. Pero si querés podés hacerlo vos —agregó después.
—¿El ritual? —pregunté.
Por toda respuesta Abril sacó una vela gruesa y corta de un cajón.
—¿Sabías que cuando iba a la escuela me cogí a la mitad de mis compañeros de clase y de los otros cursos?
La pregunta me tomó por completa sorpresa. Ahora parecía sumida en la melancolía. Esa sí era la Abril que yo conocía, aunque no dejaba de verse increíblemente hermosa. La tristeza y la belleza eran una combinación morbosa.
—No tenía idea —respondí—. En la secundaria vivía en mi mundo. Pero claramente no pudiste haberte cogido a tantos.
—Pero era lo que se rumoreaba de mí. Y por lo visto a nadie le parecía improbable que una adolescente se acostara con tantos tipos —explicó, mientras encendía la vela.
—La escuela fue una mierda también para mí —dije—. Ojalá nos hubiéramos hecho amigos en esos tiempos.
—Creo que eso fue lo más dulce que me dijo un hombre en toda mi vida —comentó, dejando la vela en la mesa de luz que estaba entre su cama y la mía.
—Es verdad. Creo que tenemos más cosas en común de lo que imaginás… de lo que yo mismo imaginé —dije, mientras Abril ahora agarraba un bloc de notas y una birome de un pequeño escritorio que tenía en un rincón del dormitorio.
—No sé cuán parecido seamos, pero los dos fuimos unos marginados en la escuela. Eso seguro —explicó, extendiéndome el bloc de notas y la birome—. Dibujá tu sigilo.
—Puede ser cualquier cosa, ¿no? —pregunté.
—Sí. Lo importante es que vos tengas en claro que ese dibujo representa tu deseo. Cuando te masturbes solo tenés que pensar en el dibujo. Podés mirarlo mientras lo hacés, así es más fácil tenerlo en tu mente.
No lo pensé mucho. Simplemente dibujé cinco pequeños círculos en la hoja. Luego una línea unía a cuatro de los redondeles con el quinto redondel. Para mí estaba claro cuál era mi más inmediato deseo. Me quería coger a mis tres hermanastras y a mi madrastra. Si los poderes brujiles de Abril me ayudarían a estar aunque fuera un poco más cerca de ese deseo, no me costaba nada intentarlo. Incluso si no funcionaba (cosa que era lo más probable), la experiencia de pajearme frente a una de mis hermanastras me parecía por sí sola memorable.
Me sentía extrañamente cómodo con la situación. Abril se había encargado de generar una atmósfera en la que no me parecía para nada descabellado hacerme una paja en su presencia, aunque seguía prefiriendo que lo hiciéramos juntos.
Hice a un lado las sábanas. Para mi grata sorpresa no se metió en la cama, ni se alejó de mí. Metí mi mano dentro del calzoncillo, encontrándome con mi v***a endurecida. Aunque noté que su rigidez no era tan contundente como hacía unos minutos. Claramente la confesión de Abril me había enternecido, y eso me había bajado un poco la calentura.
—¿Te molesta si…? —dije, tironeando del elástico del bóxer, indicándole así que me lo quería bajar.
Ella se encogió de hombros, como diciéndome que hiciera lo que quisiera. Me lo bajé, dejando mi v***a a la vista. Ella estaba ahora parada al pie de la cama. Me pregunté en qué estaba pensando en ese momento. Me resultaba difícil interpretar la expresión de su rostro. Claramente no estaba excitada. Pero parecía intrigada por ver cómo me masturbaba.
—¿Solo con tres deditos? —preguntó.
Efectivamente, envolvía mi v***a con el dedo gordo, el índice y el del medio. Nunca me había cuestionado la manera en la que me masturbaba, hasta ese momento. Pero tampoco creí que lo estuviera haciendo mal.
—No deberías estar mirándome —dijo después—. Mirá el sigilo. Concéntrate en él.
Ciertamente, no podía dejar de observarla mientras mi pija se endurecía más y más en la medida que la acariciaba con esos tres dedos. Sencillamente me estaba haciendo una paja en su honor. Con mucho esfuerzo, agarré el papel y me concentré en el sigilo. Sin dudas era una experiencia digna de ser contada, aunque dudaba de que algún día me sintiera lo suficientemente cómodo como para hacerlo. Pero nosotros dos nunca lo olvidaríamos, eso seguro.
Seguí masturbándome. Pero en un momento, por el rabillo del ojo, vi a Abril. Estaba sosteniendo el celular, aparentemente mandando un mensaje. Sin embargo, la cámara parecía estar apuntando hacia mí.
—¡¿Qué carajos?! —pregunté, sintiendo cómo mi ira empezaba a crecer.
—¿Qué? —dijo ella.
—¡Me estás sacando fotos mientras me pajeo! —grité.
Era improbable que mi sospecha fuera infundada. Si realmente tenía que mandar un mensaje, lo podría hacer en otro momento, y ciertamente debería tener la inteligencia de apuntar a otro lado.
—No. Nada que ver —dijo ella, alarmada.
Me puse de pie, y me acerqué a ella, totalmente desnudo.
—No soy estúpido. ¿Para eso hiciste todo esto? ¿Por qué te hiciste la amistosa y me contaste lo de la escuela? Ya veo que sos igual que tu hermana. No… sos peor, porque Samara al menos va de frente.
Abril me miró con cara de consternación. Ver ese gesto me partió el alma, porque inmediatamente me di cuenta de que había meado fuera del tarro.
—¿Me mostrarías el celular? Si no me sacaste ninguna foto, necesito estar seguro de eso —dije, bajando el tono.
Abril desbloqueó el teléfono y me lo entregó, casi golpeándome con él en el pecho. Revisé rápidamente la galería de fotos. Ciertamente, no estaba ahí. Se supone que debería hacer una inspección más profunda, pero, como dije, en ese punto ya tenía en claro que me había equivocado terriblemente.
—Abril, no sabés lo estúpido que me siento —dije.
Realmente no tenía nada para decir en mi favor. Había actuado impulsivamente, y le había dicho cosas horribles. Me agarré de la cabeza y suspiré hondo. Realmente era una situación patética. Estaba en bolas, parado al lado de ella, que ya se había metido en la cama, y ahora la pija casi se había deshinchado por completo.
Eso era probablemente lo más cerca que iba a estar de cogerme a una de mis hermanastras en mi vida, y la había cagado. Ya ni siquiera iba a poder acabar frente a ella. No me daba la cara para hacerlo.
Me metí en la cama, sintiéndome miserable. Ya la había prejuzgado durante casi toda nuestra adolescencia, metiéndola en la misma bolsa que Samara, y ahora lo hacía de nuevo.
—¿Me perdonás? —dije, sintiendo una vergüenza que nunca había sentido.
La vela seguía encendida, y era lo único que ahora iluminaba la habitación. Abril me daba la espalda, y cada segundo que pasaba sin que no respondiera, era un suplicio. También me sentí un estúpido por eso, por sufrir tanto por ella. ¿Qué me estaba pasando con Abril?
—No pasa nada —dijo.
—Sí, pasa. Te traté mal, y no lo merecías —dije—. Muchas veces hicieron eso conmigo, y lo detesto. Es que… supongo que todavía soy el mismo escuálido susceptible de la secundaria.
Abril soltó una risa. Una risa que pareció una luz mil veces más intensa que la de esa vela.
—Además siempre fui medio idiota —dije, dispuesto a hacerla reír nuevamente, sin importarme si tenía que humillarme a mí mismo en el proceso—. De chico comía dentífrico y estaba convencido de que el obispo era un bicho, como las cucarachas o las arañas. Un bicho peligroso que me saba miedo.
Abril se dio vuelta a mirarme, y ahora pude ver, bajo la tenue iluminación de la vela, su hermoso rostro ovalado con una resplandeciente sonrisa que me devolvió el alma al cuerpo.
—Bueno, ¿por qué no terminás lo que empezaste? —dijo—. Se nota que tenés mucha energía s****l acumulada. Sería una pena que no la aproveches.
—Es que ya se me ablandó —respondí—. Ponerme triste me deserotiza.
—¿Triste? Qué exagerado —dijo ella.
—Pero es la verdad.
—Lo que se decía de mí… —dijo Abril, de repente—. No es del todo mentira.
—¿Lo de que… eras una puta? —pregunté.
—Sí. Claramente no cobraba por sexo. Pero en este mundo de mierda, si estás con varios tipos, simplemente sos una puta.
—Y si sos hombre y te acostás con un montón de chicas, sos un genio —agregué. Una frase muy poco original, pero que seguía siendo cierta—. Pero ¿no me dijiste que solo te habían penetrado dos veces? —recordé yo.
—Digamos que técnicamente no cogí con los otros. Pero le hice una paja en el baño a tres de mis compañeros. No sé en qué estaba pensando. Primero me arrinconó uno. Cuando estaba agachada masturbándolo, aparecieron los otros dos. Como me dio miedo que nos mandaran al frente, lo hice con ellos también.
—¡Qué mierda! —dije, escandalizado.
—La vida es una mierda —dijo ella—. Desde ese momento adquirí la costumbre de masturbar a cualquier tipo que quisiera que se lo hiciera. De ahí el mote de puta. Lo que ellos no sabían era que yo dejaba el verdadero sexo para las personas que realmente me importaban. La paja era como un vaso de agua. No se la negaba a nadie.
—Qué raro —dije yo.
No se me ocurría otra cosa que decir. Una chica que masturbaba a todo el mundo, pero que reservaba todo lo demás para quienes consideraba especial, era algo que me costaba asimilar.
—Supongo que después de esa vez que masturbé a mis tres compañeros, hice lo posible para que ese acto fuera lo más natural en mi vida. Una manera peculiar de quitarle importancia —explicó ella.
—De alguna manera, tiene sentido —dije yo. Y de verdad pensaba eso. De alguna retorcida manera, la explicación que me acababa de dar parecía lógica.
La idea quedó flotando en el aire. ¿Ella me masturbaría si se lo pedía? No quería preguntárselo, probablemente era algo que había quedado en el pasado. Así como yo hacía lo posible por desprenderme del adolescente débil que había sido, quizás ella ya no andaba por la vida pajeando a quien lo quisiera.
Entonces ella se salió de su cama y se agachó al lado de la mía.
El sigilo estaba en la mesa de luz, al lado de la mesa. Hice nuevamente las sábanas a un lado. Aparecí desnudo, pues no me había molestado en volver a ponerme la ropa interior. Y efectivamente, tal como lo temía, mi pija ya estaba completamente flácida.
—No me vas a coger. No te la voy a chupar. Y no me vas a manosear —dijo, tajante.
A pesar de que esas palabras eran puras negaciones, me parecieron las más dulces que me podría haber dicho, porque dejaban implícito lo que sí haría ella.
Llevó la mano a mi v***a. Tragué saliva, y asentí con la cabeza, aceptando sumisamente sus reglas. Su mano se sentía cálida. Apenas hizo contacto con mi falo, este pegó un salto, como si acabara de ser revivido. Ciertamente se notaba que era una experta con las manos. Lo hacía a un ritmo perfecto, como si supiera exactamente cuándo aumentar y disminuir la intensidad. Agarré el sigilo y lo observé, deseando con todas mis fuerzas cogerme a todas las mujeres de esa casa. No descarté a Amalia, pero entendía que era la más improbable, y de seguro nunca se concretaría mi sueño de cogerme a mi exprofesora. Si algún día me iba a coger a al menos a una de ellas, claramente sería Abril. Pero ella había sido muy tajante. En ese momento solo debía conformarme con la tarea manual que estaba realizando.
A cada rato la miraba de reojo. Su ondulado pelo corto le caía en su mejilla. Me daban ganas de acariciarla. Pero no solo sus tetas y su trasero, sino su cabello y su hermoso rostro. Pero no lo hice. No quería aprovecharme de la situación y arruinar ese hermoso momento que me estaba regalando.
Mi v***a se puso al palo en cuestión de segundos. Mi calentura llegó a límites que nunca antes había sentido. Lo cierto es que no solo era virgen, sino que nunca me tocaron de esa manera. Lo que me estaba haciendo mi hermanastra era algo totalmente novedoso. Me había masturbado miles de veces, pero sentir una mano ajena en mi v***a hacía que esta pareciera increíblemente sensible.
Empecé a jadear con intensidad.
—Ya voy a acabar —dije, algo avergonzado, pues hacía apenas unos minutos que Abril había comenzado.
Vi cómo ella humedecía su otra mano con la lengua, y luego, sin dejar de masturbarme, usó la yema de esos dedos humedecidos para frotarlo intensamente en el glande. Eso me tomó por sorpresa, porque el placer que sentí en ese momento fue mucho más intenso, lo que era mucho decir, ya que las caricias de Abril desde un principio me generaron un placer muy potente.
El semen brotó con inusitada potencia, cayendo la mayor parte en mi barriga, aunque unas gotas llegaron a mi pectoral.
Quedé agitado y complacido, y sobre todo, increíblemente relajado.
—Quemalo —me indicó Abril.
Arranqué el papel con el sigilo del bloc de notas, y lo quemé con la llama de la vela. Soplé el papel cuando se redujo a apenas un diminuto trozo. Las cenizas cayeron en un pequeño tacho de basura que Abril ya había colocado frente a la mesita de luz.
Después se metió en el baño. Yo vi su lindo trasero alejarse y comprendí que no necesitaría mucho para volver a tener una erección. Pero no tenía que ser tan ambicioso. Volvió unos segundos después, con papel. Me limpié con él. Me fui al baño a tirarlo y a lavarme.
—Gracias por no pasarte de la raya. Eso lo valoro mucho —dijo Abril cuando volví al dormitorio—. Ahora voy a dormir.
Se acurrucó en su cama. Yo también lo hice. De hecho, esa fue la noche en la que mejor dormí, por lejos, en esos primeros días en la casa de Amalia. Un mal día había terminado estupendamente. Ni me acordé de Sofía.
Pero antes de conciliar el sueño tuve un nuevo deseo. En lo profundo de mi corazón deseé ser uno de los privilegiados por los que Abril hacía una excepción y no se limitaba a masturbarlos. Deseé hacer el amor con ella.
Continuará...