Capítulo 5
Me desperté bastante temprano para ser sábado. Pero es que desde la mudanza no había ido al gimnasio siquiera. Ahora me disponía a salir a correr un rato, quizás a la tarde haría algo de fierros, pero lo importante era empezar a ponerme al día con el cuidado de mi cuerpo. Tantos años de ser un alfeñique me transformaron en un obseso por mi cuerpo. No me enorgullezco de eso, pero es la verdad. Tenía un miedo desmedido a volver a ser como antes, o incluso a engordar más de la cuenta.
Abril parecía estar profundamente dormida, mientras yo me vestía con la ropa adecuada (zapatillas cómodas, remera y short). Mejor así. Se me iba a hacer un tanto incómodo, después de lo que sucedió la noche anterior. No sabría cómo actuar. ¿Debía fingir que no había pasado nada? “Para ella no significó nada”, me dije a mí mismo, con una punzada de decepción. Pero era cierto. Abril le había hecho la paja a muchos chicos. Ella misma lo había dicho. Era como que le pidieran un vaso de agua, no se lo negaría a nadie. El sexo verdadero lo dejaba para quienes de verdad le interesaba. “Ojalá fuera uno de ellos”, pensé, mientras me calzaba las zapatillas.
Era raro. Nunca había hecho algo tan íntimo como eso con una mujer, y sin embargo debía seguir considerándome virgen. Había una retorcida ironía en ese hecho. Pero a pesar de todo, me sentía un poco diferente, como si hubiera dado un paso importante en mi vida s****l.
Me pareció escuchar que Samara salía de su habitación. Al menos una puerta se cerró con contundencia. Recordé que a veces también salía a correr a la mañana. Mantener firme ese enorme culo que tenía requería bastante ejercicio. Me pregunté, sorprendido, si mi subconsciente no me había jugado una mala pasada y, sin darme cuenta, había forzado un encuentro con ella.
Aún estaba molesto por la broma de la pileta. Estaba claro que era alguien que se tomaba muchas confianzas con las personas, y que le gustaba humillar a los demás. Eso de dejarme desnudo parecía ser apenas una prueba de lo que sería capaz de hacer para divertirse. Era una chiquilla, pero una chiquilla maliciosa.
Bajé las escaleras. Cuando estuve a punto de salir, escuché unos susurros. Era Samara, que estaba en la cocina. Pero ¿por qué susurraba? Estaba claro que algo se traía entre manos. Me di cuenta de que los escalones de la escalera eran tan firmes, y mis zapatillas tan suaves, que no había hecho ruido en absoluto al bajar. Samara no habría notado mi presencia. Y ahora hablaba con alguien, supuse que por teléfono, como si estuviera conversando sobre un asunto totalmente secreto. Fuese lo que fuese, tal vez podría utilizarlo en su contra, y eso era más que suficiente para espiarla.
Me acerqué a la cocina, sigiloso. No tenía idea de con qué me iba a encontrar, pero estaba claro que mi hermanita ocultaba algo. Y, en el caso de que no consiguiera nada que me sirviera para molestarla, por lo menos le pegaría un susto tremendo entrando de pronto en la cocina.
Me quedé parado cerca de la entrada, escondido detrás de la pared. Samara parecía una niña quejándose de algo. Y de repente escuché una voz masculina. Una voz que yo bien conocía.
—Ya te dije que es una idea muy arriesgada. ¿Te pensás que tu mamá es boluda? —decía mi papá.
Me quedé petrificado. ¿De qué mierda estaban hablando? ¿Qué cosa era muy arriesgada?
—Vos empezaste todo esto. No me vas a dejar de lado como si fuera una cosa —dijo Samara, susurrando, aunque esta vez la oí con mayor claridad.
—Sami… no podemos hablar ahora.
—Entonces veámonos en tu estudio, como hacíamos antes… Los sábados no hay nadie, ¿no? —dijo Samara.
—Shhh —dijo papá—. No. Hoy no voy al estudio. Después hablamos, dale.
Escuché un sonido que podría haber sido un beso. ¡Qué mierda! Retrocedí unos pasos, asqueado. ¿Papá se cogía a Samara? No podía ser, y, sin embargo, esa conversación no dejaba mucho lugar para la duda.
De pronto me sentí molesto. Siempre había dudado de la honestidad de papá. Detrás de su personalidad estructurada había algo que no me cerraba. Y ahora esto, de alguna manera, me hacía darme cuenta de que siempre estuve en lo cierto. ¿Con qué cara ese tipo podía exigirme determinado comportamiento? ¿De qué manera se sentía con la autoridad moral de cuestionarme todas mis actitudes, como lo hacía siempre?
Me percaté de que ya estaba de nuevo al pie de la escalera. Carraspeé la garganta y avancé hacia la cocina, dando pasos ruidosos a propósito. A pesar de que les había dado tiempo para hacerse a la idea de que se acercaba alguien, sus rostros los delataron. Sobre todo a papá, que me regaló una enorme y blanca sonrisa, cosa peculiar, pues jamás me sonreía.
—Buen día, Carlos —me saludó—. ¿Qué tal tu noche?
Le dije que bien, que en el dormitorio de Abril me sentí muy cómodo (un claro palazo a Samara). El doctor Alejo Constantini se recompuso enseguida. Miró su reloj, como si tuviera algo muy importante que hacer. Los fines de semana eran los únicos días en los que no vestía de traje. Pero igual estaba impecable, como siempre. Una camisa blanca, inmaculada, metida dentro de un pantalón de jean perfectamente planchado. En los pies lucía un lustroso zapato puntiagudo. El pelo canoso bien corto. Siempre listo para ver a un colega o a un cliente importante si era necesario. Me repugnó tanta prolijidad, mucho más ahora que sabía que su vida privada no era para nada prolija.
—¿Van a correr juntos? —dijo después.
Vi a Samara. Llevaba una calza gris y una remera musculosa deportiva. Como había supuesto, también pensaba hacer ejercicio.
—Sí —dijo ella, para mi sorpresa—. ¿Vamos? —preguntó después, aunque no esperó mi respuesta.
La seguí, aunque esa no era mi idea. Simplemente no pude decirle que no, quizás porque mi cabeza estaba atontada con esa información nueva que tenía. Me pregunté si sospechaban que los había oído. Había hecho ruido a propósito. Algo me decía que conocer ese secreto era valioso, pero prefería usar ese poder en un momento que me resultara conveniente, así que, mientras tanto, mi idea era que ignoraran que lo sabía.
El parque estaba a apenas unas cuadras, las cuales las caminamos en silencio. Samara se puso el auricular, que estaba conectado al celular que tenía ajustado en el brazo, con uno de esos artilugios que servían para eso. Empezó a correr, dejándome atrás enseguida.
Como es natural, me deleité viendo su profundo y gordo culo. Con esas prendas tan ajustadas, su cuerpo en forma de reloj de arena quedaba totalmente expuesto. Y a esa pendeja se comía papá. Sentí envidia, pero también admiración. Amalia estaba buenísima, y Samara era un caramelito. Mi exprofesora había sido mi sueño s****l durante mucho tiempo, Y Samara, por mucho que me pese, había sido también un fruto de deseo (un deseo inalcanzable). Y ambas habían sucumbido ante los encantos de papá. ¿Cómo se habían dado las cosas? Me parecía evidente que su relación clandestina era de antes de que nos mudáramos. Qué tipo ruin papá, engañando de esa manera tan deleznable a Amalia, que era un amor de mujer. Y Samara… qué perra traicionara. Cogerse a la pareja de su madre. De repente me sentí envuelto en un drama de telenovela mexicana. Estas cosas no les pasaba a las personas comunes.
Y ahí estaba Samara, meneando su enorme y perfecto trasero mientras yo cavilaba sobre todo el asunto. “Mejor no meterme”, pensé. No convenía meter mi mano en ese nido de víboras. Debía apartarme cuanto antes de esa casa. Quizás podría usar ese conocimiento para chantajear a papá y que me dejara vivir en donde vivíamos antes, solo. Y sin embargo, Amalia no merecía lo que le estaban haciendo. Además, ahí estaba Abril. La cosa no era tan simple como me gustaría que lo fuera.
Sacudí la cabeza, sintiéndome un estúpido. No tenía nada con Abril. Solo me había hecho una paja, como lo habría hecho con tantos otros. Debía dejar de hacerme ilusiones.
Me percaté de que la mayor parte del tiempo me mantuve detrás de Samara, sin poder dejar de mirarle su pornográfico orto. Demasiado estímulo visual para alguien a quien las erecciones le aparecían con increíble facilidad. Me vi obligado a acomodar mi v***a, haciendo un gesto obsceno, arriesgándome a que alguien me viera. Pero logré apretar mi m*****o con el elástico del calzoncillo y de esa manera evité que mi erección fuera tan evidente. Luego hice un enorme esfuerzo por concentrarme, y lograr que se ablandara. Qué no daría por ser yo el que me cogiera a esas dos hembras, pensaba continuamente, cosa que no contribuía a lograr mi acometido.
Reafirmé mi idea de que lo más sensato era no entrometerme en el asunto. Papá ya estaba grande, debería saber cómo proceder. De hecho, por la corta conversación que había escuchado, parecía que quería dejar atrás lo sucedido con Samara. Si la cosa iba a terminar explotando por los aires o si iba a quedar enterrado como un perverso secreto entre ellos dos, no lo sabía, ni me incumbía. Aunque no dejaba de darme pena mi madrastra.
Cuando por fin mi v***a volvió a su consistencia blanda, volví para casa. Cuando ya iba caminando la primer cuadra, me sorprendió ver a Samara a mi lado. Estaba seguro de que la había dejado atrás. Tuvo que haberse apresurado para alcanzarme.
Tenía el rostro perlado de sudor, lo que, de alguna extraña manera, la hacía verse más sensual. ¡Qué injusta era la vida! ¿Por qué tenía que fijarse en mi padre? La idea no dejaba de atormentarme, por más que no quisiera pensar en ello. Samara me resultaba insoportable, pero siempre había tenido un secreto deseo hacia ella, y ahora, por extraño que parezca, al conocer su relación con papá, ese deseo volvía con intensidad. La vida era una mierda, definitivamente.
—¿Desde siempre te gustó mi mamá? —me preguntó, de repente. La miré, boquiabierto. Claro, ella me había visto escrutar el impresionante orto de mi madrastra aquel día en la pileta, recordé.
—Nada que ver. Estás haciéndote ideas equivocadas —respondí, haciéndome el tonto.
—No hace falta que mientas —insistió ella—. ¿Te calentaba cuando la tenías de profesora? No sería raro. A todos los chicos que conocí en la escuela les gustaba mamá. Era bastante incómodo que trabajara en la misma escuela que nosotras.
—Es linda, obvio, pero nada más. Además, ahora es mi madrastra. No la vería de esa manera. Me parecería aberrante estar con la mujer de mi papá.
La miré de reojo, para ver cómo reaccionaba ante este último comentario. Estaba claro que si me tocaba el tema de su madre era para tantear el terreno. Si yo hubiese escuchado algo, le respondería con algo parecido a: “¿Y vos? ¿Desde cuándo te gusta mi papá?”. Pero no iba a darle el gusto de confirmarle ni negarle nada. Que se envenenara con la duda, pensé.
—¿Y qué tal tu noche con Abril? —preguntó después.
Me pregunté si se había enterado de lo que había pasado entre nosotros. Preferiría que lo de la paja quedara entre Abril y yo, pero tampoco es que fuera algo comparable a lo que ella había hecho (y quizás aún hacía) con papá.
—Como dije, me resultó más cómoda que tu habitación —respondí.
Recordé el beso que me había dado Samara. Una beso en la boca, corto y sin pasión, pero un beso al fin. Esa noche no había sido tan mala en realidad. Habíamos limado asperezas. Solo que después demostró ser la imbécil de siempre.
—Pero por lo visto para ella no fue tan “cómodo” —comentó Samara después, maliciosamente—. Porque cuando le dije si te podías quedar una noche más con ella, me dijo que ni loca.
Me encogí de hombros. No iba a dejar que me llenara la cabeza con Abril.
—Es lógico. Habían arreglado algo, y lo justo es cumplirlo.
Llegando a casa nos encontramos con una situación extraña. Se habían acumulado varios autos frente casa, y algunos conductores tocaban bocina con insistencia. Noté que alguien estaba en medio de la calle, generando ese pequeño embotellamiento.
—¡Puta madre! —gritó Samara, y fue corriendo hasta la otra cuadra, donde estaban los autos amontonados, justo frente a nuestra casa.
La seguí, preocupado, percatándome de que quizás había ocurrido un accidente. Al mismo tiempo que Samara llegaba al punto en cuestión, papá y Amalia, aparentemente advirtiendo también que algo sucedía, salían de la casa.
Unos instantes después descubrí cuál era el problema. Aurora estaba en mitad de la calle. Se tapaba los oídos y gritaba frases incoherentes. Y lloraba. Lloraba como un niña. Samara apoyó las manos encima de las de su hermana, ahora quedando las cuatro manos cubriendo las orejas de Aurora. Yo la abracé por el hombro y la empujé, con toda la suavidad que pude, para sacarla de la calle. Papá y Amalia se nos unieron enseguida. Aurora estaba teniendo un ataque de histeria o algo así.
Entonces uno de los automovilistas gritó algo desde su vehículo.
—¡Vamos, che! ¡Saquen a esa loca del camino!
El comentario me indignó sobremanera. Estaba claro que Aurora sufría de algún tipo de problema psicológico. Qué culpa tenía la pobre. Instintivamente, y viendo que ya no me necesitaban para correrla de la calle, me acerqué al conductor que gritó esas estupideces, el cual tenía la ventanilla abierta, y le estampé una piña en la cara.
Quedó atontado y sangrando. Quiso bajarse para devolverme el golpe, pero su esposa le gritó que se dejara de joder, y el muy pollerudo le hizo caso, por suerte. Cuando entramos a casa, Aurora se puso en cuclillas y señaló algo en su remera.
—Acá está el problema —dijo Samara.
Salió corriendo, y volvió con una tijera. Luego procedió a cortar la etiqueta que tenía la prenda en la parte de atrás.
—Ayudala. Que se ponga algo cómodo. ¿De dónde salió esa remera? —dijo Amalia.
—Es una de las nuevas. Seguro que nunca la había usado.
Samara desapareció por la escalera junto a su hermana mayor. Abril estaba bajando, y cuando las vio, también ayudó a llevarse a Aurora a su dormitorio.
No entendí qué carajos estaba pasando, pero sí comprendí por qué era la única con la que no dormí hasta el momento. Claramente tenía sus problemas.
—Em —dije, cuando me quedé en la sala de estar con papá y con Amalia—. Es mejor que me cuenten, ¿no?
—¿No le contaste? —le preguntó Amalia a papá, frunciendo el ceño. Era la primera vez que la veía molesta con él. Ciertamente, no me había contado nada. Y sus dos hermanas habían tenido cierta reserva ante la idea de contarme los secretos de Aurora.
—Pensé que le había contado algo —dijo papá, haciéndose el tonto.
—No, no me dijiste nada —me apuré a decir, mandándolo al frente.
—Aurora es autista —dijo Amalia, como si eso explicara todo.
—Pero… —dije yo, dubitativo—. Si parece tan…
—¿Normal? —dijo Amalia, completando la frase por mí—. Suele usarse el término “funcional” —explicó después—. El autismo en las mujeres es diferente que en los hombres. En el caso de Aurora, la mayor parte del tiempo pasa perfectamente por una persona neurotípica. Pero en realidad es neurodivergente.
Supuse que esos términos hacían referencia a los autistas y a los no autistas. Ya lo verificaría después del Google.
—Bueno, pero entonces, ¿qué le pasó? —pregunté.
—Esto es mi culpa —dijo Amalia. Y luego, mirando a papá, agregó—. Nuestra culpa. Le dije a las chicas que ya me encargaría yo o la propia Aurora de explicarte el asunto. Después quedamos en que te lo explicaba Alejo, pero ya veo que nuestra comunicación fue pésima.
—Bueno, no exageremos —dijo papá—. Que tampoco es que el hecho de que Carlos sepa sobre el tema hubiera evitado lo que acaba de pasar.
—No, claro que no. Pero ahora que es de la familia tiene que saber cómo tratar con su nueva hermana —dijo mi madrastra.
Estaba sentada frente a mí. Todavía se la notaba algo nerviosa por lo que acababa de pasar. Sus hermosos ojos azules brillaban, como si estuviera a punto de romper en llanto. Qué hermosa mujer, pensé. Estaba cruzada de brazos, lo que hacía que sus tetas se levantaran y resaltaran más de lo que ya de por sí resaltaban. Qué idiota era papá para poner en riesgo su relación con esta hermosa mujer, pensé.
—En general puede llevar una vida normal —siguió explicando mi madrastra—. Los únicos detalles que la evidencian como autista es que suele fijar su interés en algunos pocos temas muy específicos. Ahora está volcada al maquillaje, y al dibujo. Puede pasarse horas maquillándose y dibujando en su dormitorio. Otra cosa que es característico de ella, y de muchas personas neurodivergentes, es que es hipersensible. Por ejemplo, en las fiestas de navidad o de fin de año, cuando todo el mundo usa pirotecnia, se vuelve loca la pobre.
—¿Como los perros? —pregunté. Pero me arrepentí inmediatamente de hacerlo—. No, perdón. Qué comparación desubicada. Perdón, en serio.
—Al contario —dijo Amalia—. Es un ejemplo perfecto. ¿Viste cómo los perros se asustan en esos momentos? A ella le pasa exactamente lo mismo. Pero no es solo eso. Su hipersensibilidad no es solo auditiva. También es táctil.
—¿Por eso se puso así por la etiqueta de su remera? —pregunté.
—Exacto. Para ella la ropa en sí misma es molesta. Siente la presión de las prendas como algo opresivo. Y los pinchazos de una etiqueta, que en cualquiera puede resultar una simple molestia, en ella puede ser una tortura. Hace tiempo que no pasaba algo así. Normalmente tenemos todo bien controlado para que esté cómoda. Pero bueno, a veces puede pasar. Además, ahora que no está más de novia con Fabián, también es normal que se nos escapen algunas cosas. Y al mismo tiempo está especialmente sensible por esa ruptura. Cualquier pequeño cambio en su rutina puede generar este tipo de ataques.
—Así que dependía mucho de su novio —comenté.
Recordé cuando la vi por primera vez, unos días atrás. Me había confesado sin tapujos que estaba triste, cosa que un “neurotípico” no solía hacer.
—También le cuesta comprender las ironías —acotó papá—. Y suele tomarse todo de manera literal. Así que ojo cuando te comunicás con ella.
Suspiré hondo. Recordé que tanto Samara como Abril me habían mencionado que Aurora era incluso más peculiar que ellas. Por fin lo entendía. No pude más que compadecerme de mi hermanastra mayor. Y eso también llevó a que sintiera una inusitada ternura por ella. Pero al mismo tiempo me recriminé los deseos que había sentido por un momento hacia ella. Si tuviera algo con Aurora, ¿me estaría aprovechando de su condición de autista?
De repente recordé que me había visto desnudo, cosa que me hizo sonrojar.
A la hora del almuerzo Aurora apareció, mucho más calmada, aunque parecía algo avergonzada.
—Nunca recuerdo lo que pasa durante mis episodios —comentó, dirigiéndose a mí, mientras empezábamos a comer—. Pero las chicas me contaron que le pegaste a un tipo que me insultó.
—Ah, sí. Eso… —balbuceé.
¿Por qué lo había hecho? Probablemente el hecho de que ya estaba algo irritado por enterarme de la traición de papá había contribuido a reaccionar de esa manera. Pero no, había algo más. Aurora era otra marginada. Al igual que Abril, al igual que yo. No podía evitar sentir empatía por ella, por más que su condición fuera algo que apenas podía comprender, sí podía entender el hecho de que los otros te señalaran con el dedo solo por ser diferente.
—Te agradezco, pero de todas formas no apruebo la violencia —comentó Aurora.
Abril pareció mirarla con desaprobación, pero no dijo nada. Nadie dijo nada.
—Claro, lo entiendo. Es que fue algo espontáneo. Reamente no suelo pelear —respondí.
Ciertamente, en mi vida, todas las veces que me encontré agarrándome a piñas con alguien, siempre terminaba perdiendo, lo que generó que finalmente me alejara todo lo posible de cualquier posible conflicto. Desde que me convertí a esta nueva versión, no solo más atlética sino también más segura, era la primera vez que tenía una pelea. De hecho ni siquiera fue una pelea. Por dentro me sentí orgulloso de esa piña. Tenía mucha fuerza en mis brazos, y mis reflejos parecían ser muy buenos. Ya quisiera cruzarme con Adrián o con algunos de los chicos que me molestaban hasta hacía apenas unos meses.
—Bueno. Cambiando de tema —dijo Samara, de pronto—. Les comento que en la próxima semana empiezo a trabajar. Día por medio, cierto, pero es un trabajo al fin.
—¿En serio? No me comentaste nada —dijo Amalia—. ¿Y en qué empresa es?
—En ninguna —dijo Samara, y miró de reojo a papá—. Es en el estudio jurídico del doctor Alejo Constantini.
Papá pareció atragantarse con su propia saliva. Tosió un par de veces, y recuperó su compostura.
—Vos tampoco me contaste nada, amor —dijo Amalia, extrañada, aunque no molesta, por ahora.
—Es que apenas lo hablamos hoy —respondió papá—. En realidad… hay algunos asuntos que tengo que resolver para estar seguro de incorporarte —agregó después, tratando de desentenderse del tema.
Los dos eran unos zorros, tal para cual. Samara seguramente había dado la noticia sin consultarla con él, creyendo que así se aseguraría de que no pudiera decirle que no; y papá ahora, sin negar la conversación, daba a entender que su hijastra se estaba adelantando a los hechos.
—Bueno, resolvelos —acotó Samara.
Papá estaba disimulando muy bien, pero si la tonta de Samara no ocultaba su ansiedad, Amalia sospecharía algo.
—Sami, no presiones —dijo mi madrastra.
—No creo que sea justo que ocupes un puesto solo por ser la hijastra de tu empleador —comentó Aurora, inesperadamente—. ¿No preferís ganar las cosas por tu propio mérito?
Samara pareció irritada, pero se controló. Parecía respetar a su hermana mayor. O quizás era una mezcla de respeto y pena debido a su particular condición.
—Es que no pretendo ser socia del estudio. Solo empezaría como una asistente, incluso haría tareas de cadetería. ¿Qué méritos se necesitan para eso?
—Bueno. Eso es cierto —cedió finalmente Aurora.
Abril estaba callada, como siempre. Cada tanto nuestras miradas se cruzaban. Intenté descubrir si había cierto fuego en esos ojos, o, cuanto menos, cierta complicidad por lo de la noche anterior. Pero actuaba como si nada hubiese pasado. No debía sorprenderme. Ella misma me había recalcado lo común que le resultaba masturbar a un tipo. Para ella no significó nada, me repetí una vez más.
Me percaté de que esa casa estaba llena de locas. Pero no pude evitar sentir cierto apego hacia esas chicas. Salvo por Samara, claro, quien me generaba un continuo sentimiento ambiguo, que me llevaba de la fascinación a la animadversión en cuestión de instantes.
Llegando la noche, saqué la cama que usaba de la habitación de Abril, y la llevé a la de Samara. Luego tuve que ir a buscar mi ropa. Esa constante mudanza me estaba molestando mucho. Luego hablaría directamente con Amalia y le exigiría dormir en la sala de estar, o, en su defecto, le exigiría que me asignara un dormitorio en específico. (ojalá que el de Abril, pensaba para mí). Pero ese día en particular no quería pensar en nada. Tenía demasiada información en mi cabeza. ¿Podría estar tranquilo sabiendo lo que pasaba frente a las narices de Amalia? Aunque, ¿qué pasaba realmente? Ahora me daba cuenta de que lo que discutían Samara y papá por la mañana era referente a ese trabajo. Papá le decía que era algo peligroso. Eso podría significar que él pretendía encontrar otra manera de verse con ella, o también podría ser que le estaba metiendo excusas para deshacerse de la lujuriosa adolescente. Sus palabras en el almuerzo iban también en esa dirección.
A la noche me metí en la cama enseguida. Pero esta vez encendí el televisor para pasar el rato. Si a mi dulce hermanastra no le gustaba lo que estaba viendo, que se jodiera.
Samara entró después de un rato. Había salido de compras con unas amigas, y ahora aparecía con unas bolsas. Vestía una faldita corta, color gris con cuadros formados por rayas negras. Una camisa blanca metida dentro de la pollera. El pelo suelto, y un anteojo de sol en la cabeza. debía reconocer que estaba encantadora, parecía una estrella de Hollywood. Se puso a guardar en el ropero lo que fuera que había comprado.
De repente me habló.
—Besémonos —dijo.
Creí haber escuchado mal. La miré de reojo. Estaba con los brazos en jarras, esperando mi respuesta.
—Em… no —respondí.
Fingí estar muy interesado en el catálogo de Netflix. Pero lo cierto es que su propuesta (más bien su orden), me había dejado descolocado. ¿Qué carajos le pasaba? ¿Estaba enojada con papá porque no se la estaba cogiendo y ahora quería vengarse conmigo? Otra posibilidad era que se tratara de una de sus bromas. Aún no olvidaba la que me había hecho en la escuela.
Entonces subió a su cama, y se acercó gateando hasta la mía, ya que estaban pegadas.
Fingí que no la veía, pero en cuestión de unos segundos ya estaba encima de mí. la miré a los ojos. Con el infernal cuerpo que tenía era fácil pasar por alto esos preciosos ojos color miel. Pero ahora los tenía frente a mí, a apenas unos centímetros de los míos, y me parecieron los más hermosos que haya visto.
Mierda, qué fácil soy, pensé. Si fuese una mujer, sería la más puta de todas. Eso sin duda.
Entonces Samara me besó. Y ciertamente no fue como el inocente beso de la primera noche. Fue un beso apasionado, con el que su lengua parecía estar violando la mía. La agarré de la cintura. Sentía sus tetas apretadas en mi torso. Deslicé las manos hacia sus turgentes nalgas y ella no ofreció ninguna resistencia a ello.
“Me la voy a coger”, pensé, sin terminar de creérmelo.
En ese momento no pensaba en ese inesperado enamoramiento por Abril. Ni tampoco pensaba en que probablemente esa misma lengua que ahora hurgaba en mi boca había sido utilizada quién sabe cuántas veces para frotar la v***a de mi padre. No pensaba en nada en absoluto. Solo tenía cabeza para mis sensaciones. Sensaciones que se reducían a una calentura que crecía a una velocidad impresionante. Mi v***a ya estaba dura. Metí una mano por debajo de la pollera de Samara. Me encontré con la divina suavidad de su nalga. Noté que apenas tenía una tanga. Agarré de la tela que estaba metida entre sus dos pomposos glúteos. La saqué de la profunda zanja que la había succionado, y luego tironeé para abajo.
Y entonces me di cuenta de que Samara había dejado de besarme. La miré. Y ella me cruzó la cara de un cachetazo.
—Te dije que nos besáramos. Nada más que eso. ¡Degenerado! —gritó, furiosa, y se apartó de mí.
Continuará...