Capítulo 6

2676 Words
Capítulo 6 —¿De verdad… estás segura de que querés que duerma acá? —le pregunté a Aurora. Estaba en un rincón de su habitación. Su pelo levemente ondulado y levemente rubio le caía a un costado y cubría parte de su hermoso rostro. A diferencia de su madre, quien era la única rubia al completo de la familia (aunque teñida), Aurora conservaba su color original. Un rubio que de seguro en su infancia había sido mucho más intenso, y más unánime, pero que ahora se alternaba con un castaño claro, similar al de Samara. Me sorprendía que sus hermanas la hubieran expuesto a tener que dormir conmigo. Realmente no tenía los conocimientos necesarios como para tratar a una chica con sus problemas. No me sorprendía de Samara, aunque sí hubiese esperado que Abril aceptara dormir de nuevo conmigo. Después de lo que había pasado… Aparté la idea de mi mente, fastidiado conmigo mismo. ¿Es que todavía no podía entender que para ella aquello no significó nada? Y más aún, ¿por qué me sentía herido al reconocer esa verdad? Ni que estuviera enamorado. —Sí, no hay problema. Además, no sería justo para las chicas —dijo. Y después, como meditando sobre lo que acababa de decir, agregó—. Aunque, supongo que esto tampoco es justo para vos. Digo, tener que cambiarte de dormitorio todo los días. —No, la verdad que no lo es —dije, con sinceridad. En realidad, se suponía que iban a ser dos días en cada dormitorio, pero un trato secreto entre Samara y Abril había alternado el orden, y eso me obligó a mudarme de habitación con mayor frecuencia a la que debería, cosa que obviamente no me caía nada bien. —Supongo que es una de esas situaciones en las siempre tiene que haber uno que salga perdiendo. Y en este caso sos vos. Qué pena —comentó ella, encogiéndose de hombros, y volviendo a su dibujo. Era Domingo, pero ni siquiera había pasado el mediodía. No quise pasar más tiempo en el cuarto de Samara. Extrañamente, sentí como si el ardor en la mejilla que ella había abofeteado volvía, como si me acabara de propinar ese golpe. Mi primera reacción ante su agresión había sido irritarme mucho con ella. Es decir, estábamos en la intimidad de su dormitorio, ella se me había tirado encima y me había besado, y llevaba esa pollerita tan linda… ¡Era obvio que iba a tomar eso como una invitación a coger! Y para que mi tortura fuera más larga, luego de su ataque de furia, la pendeja se había desvestido, hasta quedar solo en ropa interior, y se había metido en el baño para ducharse. Mientras acomodaba mis cosas en el dormitorio de Aurora me pareció sentir, al igual que el ardor en la mejilla, la deliciosa sensación en las yemas de mis dedos mientras manoseaba esa tersa circunferencia. Era cierto, lo de la noche anterior había sido un fracaso, pero nunca me olvidaría de lo exquisito que era sentir esas carnosas nalgas en mis manos. Abril me había develado lo maravilloso que era que una mano ajena se apoderara de mi v***a. Pero con Samara experimenté lo morboso y excitante que era meter mano en un trasero tan perfecto como el que tenía. Si el precio por eso era un cachetazo, por mí que me diera mil. Pero debía reconocer que me había propasado. Sí, las señales estaban. Pero había ido demasiado rápido. Había creído que el tiempo que duró entre que mis manos se metieran por adentro de su faldita, y el momento en el que intenté bajarle la tanga había sido considerablemente largo. Pero, viéndolo con detenimiento, todo eso apenas había sucedido en unos instantes. De seguro para ella fue algo muy brusco. No es que me compadeciera por ella, pero tenía sus motivos, no lo podía negar. No obstante, Samara no pareció conservar el enojo que le había producido mis manos inquietas. Cuando volvió del baño solo lucía una toalla que la envolvía. Luego se puso una bombacha limpia, sin quitarse la toalla, obviamente, pero eso no evitó que, cuando la prenda íntima llegó a su destino, la toalla se levantara lo suficiente como para dejar su enorme trasero a la vista. La idea de que me estaba provocando se vio reforzada con ese gesto. Pero después del cachetazo… supuse que solo lo hacía para despertar mi lujuria nuevamente y darle así otro pretexto para molestarse o para burlarse de mí. Esa chica estaba loca. Y yo no iba a darle el gusto de pisar el palito dos veces. Sin embargo su actitud cambió hasta el punto de que vimos una película juntos. De repente sonó un potente trueno que me hizo salir de mi ensimismamiento y verme de nuevo en el dormitorio de Aurora. El día estaba horrible. Papá y Amalia se habían ido a pasar el domingo a una casa que él tiene en el campo. Ambos nos habían advertido de que querrían tener sus momentos de intimidad, y yo los comprendía. Juntarse teniendo, en conjunto, cuatro hijos adolescentes, no debía ser lo más cómodo del mundo para una pareja recién formalizada. Pero los pobres habían elegido un pésimo día. Aunque, pensándolo bien, lo más probable era que aprovecharan para estar encerrados todo el día, cogiendo como conejos. ¿Cómo se tomaría Samara eso? No le quedaba más que aceptarlo, pero no podía evitar pensar que para ella podía ser todo un trauma que su madre se acostara con su amante (o examante, eso aún no lo tenía en claro). No por primera vez medité sobre ese vínculo entre papá y su hijastra. ¿Sería que habían tenido algo incluso antes de que papá comenzara su relación con Amalia? Eso lo cambiaría todo. De repente reparé en que Aurora estaba temblando. Estaba cruzada de brazos, acurrucada en su silla. Pero en realidad no cruzaba los brazos de manera tradicional, sino que era como si estuviera abrazándose a sí misma. ¿Estaba teniendo otro episodio? ¿Por qué? Más truenos rugieron en el cielo. Esta vez parecían más cercanos, y los relámpagos aparecían como un zigzagueante rayo que iluminaba el día oscuro, y se veía claramente a través de la ventana. Aurora se puso de píe, casi como si diera un salto, y fue a buscar algo en uno de los cajones de su cómoda. Era un auricular. Uno de esos grandes, que cubren toda la oreja, y que además son acolchados. Se los puso, y lo conectó enseguida a su celular. Era extraño, parecía como si se hubiese olvidado de que yo estaba en su dormitorio. Entonces se recostó en su cama, en posición fetal, y empezó a hacer movimientos con todo su cuerpo, como si se contrajera y expandiera continuamente. Maldije mentalmente. No esperaba que apenas unos minutos después de entrar en su dormitorio iba a tener que lidiar con su peculiar condición mental. Traté de deducir qué era lo que la había puesto de esa manera. Entonces recordé que Amalia me había explicado que, cuando la gente usaba pirotecnia (generalmente en las fiestas de fin de año), eso la alteraba muchísimo. “Los truenos”, me respondí, orgulloso de haber llegado a la respuesta tan rápidamente. Los auriculares apoyaban esa teoría. No obstante, el hecho de saber la causa de su malestar no me servía de mucho. Nadie me había enseñado cómo debía proceder en esos momentos. Me di cuenta de que no estaba histérica como ese día en el que me la encontré en medio de la calle, gritando cosas que me parecieron incoherentes. Parecía más bien que estaba tratando de controlarse. Di un rodeo por su cama y ahora, viéndola desde otro ángulo, me percaté de que estaba llorando. Su rostro estaba desfigurado por un gesto de sufrimiento y por sus mejillas se deslizaban dos gruesas líneas de lágrimas. Verla así me conmovió profundamente, y me hizo sentir impotente. ¿Qué debía hacer? Parecía que esos movimientos corporales, esa posición fetal y ese autoabrazo que se hacía le servían para mantenerse a raya. Sobre todo el abrazo, decidí, aunque sin fundamentos. Sin saber muy bien qué carajos estaba haciendo, me subí a la cama y apoyé mi mano en su hombro, como para que sintiera que no se encontraba sola. Entonces ella agarró mi mano, con una fuerza impresionante, y tironeó de ella, obligándome a arrimarme a su cuerpo. —Abrazame. Por favor, abrazame —dijo Aurora, suplicando. No iba a permitir que se viera obligada a pedírmelo de nuevo. La abracé por detrás. Ella se acurrucó aún más, tirando el trasero para atrás, lo que, inevitablemente, generó que este se apretujara con mi pubis. Hasta el momento la experiencia me parecía de todo menos erótica. Pero ahora la cosa empezó a cambiar. No podía olvidarme de que Aurora era preciosa. Y ese culo, sin ser tan despampanante como el de Amalia o el de Samara, igual era muy pulposo. Sentía la suavidad de sus glúteos justo en mi v***a. Traté de apartarme un poco, pero ella me tenía aferrado del brazo de tal manera que no logré hacerlo. Además, ese estrecho abrazo, por más sensual que pudiera parecerme, a ella realmente la estaba reconfortando, porque ya dejó de moverse con la misma vehemencia de hacía un rato, y también había dejado de llorar. Así que desistí de mi intento de alejarme, no sin sentirme contrariado, pues mi cuerpo no solía obedecer a mi mente en situaciones como esa. Con la otra mano acaricié su cabello con ternura. Quise decirle algo para acrecentar su sensación de protección, pero estaba escuchando música clásica a todo volumen, lo que de seguro la tranquilizaba, así que me quedé callado, simplemente abrazándola y acariciándola, como lo estaba haciendo. Entonces alguien llamó a la puerta. Aurora no lo oyó, obviamente. Ella seguía en ese extraño mundo en el que habitaba. Golpearon de nuevo. —Em… ¡Aurora tiene un episodio, o algo así! —dije. Inmediatamente la puerta se abrió. Samara y Abril aparecieron en el dormitorio. —¡Degenerado! ¡¿Qué le estás haciendo a mi hermana!? —exclamó Samara. No me estaba gustando nada que repitiera esa palabra nuevamente al referirse a mí. Me di cuenta de que mi pose era bastante comprometedora. Era evidente que el trasero de Aurora estaba apoyado en mi v***a. Y lo peor era que esta ya estaba hinchada, como de costumbre. Miré horrorizado a las chicas. Pero no podía cambiar de posición, porque, si lo hacía, era muy probable que quedara expuesto ante ellas. —Em… ella me pidió que la abrace. Y desde que lo hice está mejor —dije—. No quería que le agarre otro ataque como el de la otra vez. —¿Y hace falta que la abraces así? —dijo Samara. —Em… —balbuceé. —No. Está bien —intervino Abril—. A ella le hace bien que la abracen en estos momentos. Antes lo hacía Fabián, su novio. Qué bueno que estuviste acá cuando te necesitó. Aunque me sorprende que se deje abrazar por alguien que apenas conoce. No pude evitar notar que no parecía para nada molesta por la extraña situación, aunque sí había cierto atisbo de incomodidad. ¿Qué estaría pasando por su cabeza? ¿Creería que de verdad me estaba aprovechando de la situación? No podía ser eso, si no, no me hubiese defendido. ¿Estaría celosa? Ojalá, me dije, aunque no supe explicarme qué beneficio sacaría de ello. A todo esto, Aurora parecía no enterarse de lo que sucedía a su alrededor. Seguía acurrucada, pegada a mí. —Bueno, dejémoslos solos —dijo Abril—. Si hacemos escándalo, podría ponerse peor. La hermosa bruja, vestida de n***o, como de costumbre, abandonó la habitación. Pero Samara se quedó unos instantes más. —Ojo —dijo, acompañando la palabra con el gesto característico. Luego se marchó también, y cerró la puerta. Definitivamente, la situación era rara. Pero en ningún momento pensé en darla por terminada. Me quedé unos minutos más abrazando a Aurora. Ahora se había quedado quieta. Pensé que quizás estaba dormida. Lo malo era que mi v***a seguía reaccionando al contacto con su hermoso culo. Había zafado de que sus hermanas vieran mi semierección, pero si ella salía de su trance, o de lo que fuera que tuviera en ese momento, sentiría en su trasero algo, si bien no sólido, sí de cierta rigidez. Pero antes de que pudiera apartarme un poco, para evitar quedar en evidencia, ella misma giró sobre sí misma, para encontrarnos frente a frente. Al hacerlo, su trasero se restregó con mi v***a, haciendo que me sintiera aún más excitado. Aurora aún tenía los ojos brillosos y rojos. Saqué un pañuelo de mi bolsillo, y se lo entregué. Ella se sonó la nariz y se secó los ojos y la mejilla con el puño de su pulóver. —Perdón —dijo, avergonzada—. Debo tener una imagen deplorable. —Para nada. Además, nunca vas a darme una peor imagen de la que yo te di cuando nos conocimos —dije. Ella soltó una carcajada, recordando la vez que me encontró desnudo en el patio trasero. Me alivié mucho cuando la vi reír. Y sí, tenía una hermosa sonrisa. —Por un momento pensé que eras mi novio Fabián —dijo. De repente se interrumpió, frunciendo el ceño—. Mi exnovio —aclaró después, apesadumbrada—. Por eso te pedí instintivamente que me abraces. Perdón por ponerte en esta situación. —Pero si no tengo nada que perdonar. Además, si pude ayudar un poquito, me alegro mucho. —Sí, la sensación de sentirme abrazada siempre ayuda, aunque normalmente tiene que ser el abrazo de alguien muy cercano. Es raro… después de que me di cuenta de que no estaba con mi novio, me largué a llorar, pero igual no me sentí invadida sabiendo que vos me abrazabas. —Bueno, em. Lo tomo como un halago, supongo —dije. Aurora sonrió. ¡Qué hermosas eran las mujeres de esa casa, la puta que me parió! Afuera llovía con fuerza, y había bastante viento. De repente sonó otro trueno. Entonces Aurora se acercó más a mí. Nuestros rostros quedaron muy cerca uno de otro. —Si ves que actúo raro a veces, como recién, es porque uso ciertos mecanismos reguladores de estrés. A veces me hamaco en una silla, me tapo los oídos y escucho música —otro trueno sonó terriblemente fuerte—. Perdoname. Me voy a poner los auriculares de nuevo. No puedo soportar la tormenta. —Claro. No hay problema —dije. —¿Te molesta si…? —preguntó, sin terminar la frase. No obstante, cuando se arrimó más a mí y extendió un brazo, me quedó en claro lo que quería. La abracé, esta vez estando frente a frente. Ella hundió su cabeza en mi hombro. Realmente podría estar todo el día abrazándola. El problema era que no soy de madera. De hecho mi v***a seguía hinchada. ¿No se daba cuenta de eso? ¿O simplemente no le molestaba? O quizás era exactamente lo que quería sentir, pensé, aunque la idea me parecía inverosímil, más propia de mis fantasías que de la realidad. Imaginé que cuando su novio la estrechaba en sus brazos tampoco podría evitar la reacción de su propio cuerpo. ¿O era yo un mente podrida que solo podía ver a mis hermanastras como objetos de mi deseos? De pronto nuestros cuerpos giraron, producto de un suave pero determinado movimiento de Aurora. Y ahora quedaba encima de ella. Supuse que era lo más cómodo para mi hermanastra. Estar de costado era algo molesto. Pero ahora la pose se parecía mucho más a una pose s****l. Mi pubis estaba apoyado en el de ella. La miré. Parecía muy apacible ahora que tenía el auricular puesto. Tenía los ojos cerrados, pero evidentemente no estaba durmiendo. Escuchaba música a todo volumen y su linda boca dibujaba una leve sonrisa.
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