No, no había segundas intenciones en su actitud, decidí. Se veía demasiado cómoda, demasiado inocente. Simplemente se sentía a gusto conmigo. Qué locura, si recién nos conocíamos.
Y la tormenta seguía azotando. No parecía que fuera a terminar pronto. Me quedé encima de ella unos minutos. Nuestras respiraciones se mezclaban y su rico perfume parecía adherirse a mi cuerpo. Sentí su frustración por ser diferente. Sentí su soledad, al igual que me había pasado con Abril. Y me percaté de que, pese a mi antiguos prejuicios, desde la primera vez que la vi en esa casa, surgió en mi interior una espontánea simpatía hacia ella.
Acaricié su cabello con suavidad. La sonrisa de Aurora se ensanchó. Sentí que mi v***a daba un brinco dentro de mi pantalón. ¿Qué tan sumida en su mecanismo antiestrés estaba como para no percatarse de mi excitación? Aún no tenia una erección plena. La estaba controlando con todas mis fuerzas. Pero la consistencia de mi pija no podía confundirse con un m*****o fláccido.
Aurora tarareó la música instrumental que estaba oyendo. De repente hizo un movimiento pélvico, restregando su entrepierna con mi v***a. ¡Qué carajos! ¿De verdad me estaba provocando? Traté de controlarme. Era una persona cuya mentalidad era muy diferente a la mía. No sabía qué había en su cabeza, y hasta hacía unos instantes me había advertido que me estaba confundiendo con su novio.
Ahora todo su cuerpo se movió, ondulante. Como si una ola lo atravesara arriba abajo, restregando esta vez cada parte de su humanidad en mí. Sentí sus senos apretarse en mi torso. Eran senos firmes y de un tamaño más que apetecible. Como no era de utilizar ropa escotada ni tampoco muy ajustada, era fácil pasar por alto esas tetas, cosa que ahora, con la inmensa proximidad de nuestros cuerpos, no sucedía.
Y ahora sí, estaba al palo. Mi v***a parecía querer atravesar mi pantalón y meterse en la dulce hendidura de Aurora. Acaricié su cabello nuevamente, y nuevamente ella sonrió. Luego acaricié su mejilla. Era preciosa. Si se evaluaba solo el rostro, era la más linda de la casa, indiscutiblemente. Sus labios eran carnosos y en la mitad de ellos tenían una sutil marquita que los dividía y lo convertían en algo exuberante. El mentón estaba levemente hundido en el medio, lo que le daba a su rostro de pómulos prominentes un aspecto tan singular como bello.
—Cogeme —dijo—. Eso siempre me alivia en momentos como estos —susurró después.
Me quedé boquiabierto. ¿De verdad me estaba pidiendo que la penetrara? Ciertamente no era el momento más oportuno. Sus hermanas andaban por ahí, y podrían entrar al dormitorio de nuevo en cualquier momento. Y sin embargo ahí estaba mi v***a endurecida por completo, palpitando, queriendo ser liberada y por fin dejar la virginidad en el pasado. Y esas dulces palabras parecían instarla a cumplir sus deseos. Deseos primitivos que mi cabeza no podía reprimir.
Sin dejar de hacerle sentir la calidez de todo mi cuerpo en ella, para no romper con el hechizo del momento, me bajé el cierre del pantalón. Aurora pareció percibir el movimiento, porque, una vez que lo hice, su pelvis se frotó nuevamente con ella, y esta vez con una intensidad mayor. De pronto su mano envolvió mi tronco desnudo.
El placer de sentir una mano ajena nuevamente en mi sexo fue tanto, que sentí que la eyaculación podría venir en un santiamén.
—Cogeme Fabi, cogeme —susurró Aurora.
El alma se me vino al suelo. Fabián, su exnovio. Mi primera impresión había sido acertada. No entendía si estaba dormida o qué, pero evidentemente, el peculiar estado en el que se encontraba no le permitía discernir la realidad por completo. Su mente vagaba por otros mundos, y en esa lejanía solo reconocía que su expareja solía cogérsela para aliviar su estrés.
Con una profunda decepción, y con mucho esfuerzo, liberé mi m*****o de su tenaz mano, procurando no hacer movimientos bruscos que pudieran sacarla de manera violenta de ese extraño estado en el que se encontraba. Metí mi v***a dentro del pantalón, no sin esfuerzo, pues su consistencia hacía la tarea difícil, y finalmente levanté el cierre, una acción que representaba el final de mis fantasías con Aurora.
No obstante me quedé un rato más encima de ella, haciéndole sentir que estaba presente, aunque esta vez evité que sintiera mi erección. Finalmente abrió los ojos. Pareció sorprendida cuando me miró. Se quitó los auriculares, de donde aún salía música clásica.
—Carlos —dijo—. Gracias. ¿Todo bien? A veces mi mente se escapa, para evitar enloquecer. Por suerte parece que la tormenta ya pasó.
En efecto, había sido una de esas tormentas veraniegas, furiosas pero efímeras. Aunque el día seguía encapotado. Esperaba que los truenos no comenzaran de nuevo.
—Todo bien, como me pediste que te abrace… —dije.
Giré sobre mí mismo y me puse de pie, dándole la espalda. Mi v***a estaba parada en horizontal, lo que me podía dejar por completo expuesto. Agarré el cinto y tiré hacia arriba, procurando que el movimiento fuera lo menos evidente posible. Pero me vi obligado a repetirlo para que mi v***a quedara en una posición vertical. Ahora sí, con la remera que me cubría, podía pasar desapercibido. O al menos eso esperaba.
—No te dije nada malo, ¿no? —preguntó ella—. A veces cuando estoy así, divago y puedo llegar a insultar a alguien.
—No, para nada. Parecía que estabas dormida —dije, tragando saliva.
Terminé de acomodar mis cosas en el dormitorio de Aurora, procurando darle la espalda en todo momento, hasta que la dureza de mi v***a por fin desapareciera. Me sentí un estúpido. Desde un principio me había dicho a mí mismo que debía ser cuidadoso con la condición de mi hermanastra mayor. Hasta me recriminé haber sentido atracción s****l por ella. Y ahora estuve a punto de cogérmela. Qué locura.
—¿Vamos a almorzar? —preguntó Aurora.
Era la primera vez que almorzaríamos los cuatro juntos. Siempre faltaba alguna, y siempre estaban papá y mamá en la mesa. Después de lo que había pasado, tanto con Samara como con Abril, me generaba cierto nerviosismo estar con ambas. Y lo de Aurora, bueno… se suponía que ella no estaba al tanto de lo que había pasado. No tenía por qué desconfiar de ella.
—¿Y quién va a cocinar? —pregunté.
En general cocinaba Amalia o directamente comprábamos comida hecha. Supuse que en algún momento me iba a tocar hacerlo a mí, aunque no sabía hacer casi nada. Pero no podía ser el parásito de la casa.
—Buena pregunta. Pero seguro que debe haber algo en la heladera —dijo Aurora—. O en todo caso pedimos un delivery.
Cuando fuimos a la cocina, la cual estaba en un ambiente diferente al comedor, aunque no había ninguna pared entre ellos, nos encontramos con Abril y Samara.
—¿Ya terminaron con los arrumacos? —preguntó Samara—. Tené cuidado que este es peligroso —agregó después, dirigiéndose a Aurora, pero señalándome a mí con un gesto de cabeza.
Me sonrojé. Y me pregunté si le había contado a Abril lo que había pasado entre nosotros. Pero la excéntrica chica estaba revisando qué había en la heladera, y no parecía prestar atención a las idioteces que hablaba su hermana. No sabía si tomar su indiferencia como algo bueno o malo. Supuse que tenía un poco de ambas cosas.
—¿Peligroso? —preguntó Aurora, con el ceño fruncido, dirigiendo su mirada hacia mí.
Me sorprendió la pregunta. Parecía de verdad confundida con el término, aunque sí parecía ver la connotación negativa que había en él. Entonces recordé que, entre sus muchas peculiaridades, estaba el hecho de que le costaba interpretar las ironías y los dobles sentidos.
—Peligroso, ya sabés. De esas personas a las que le das la mano y te agarran el codo. De esos tipos que, cuando ven a una dulce chica inocente, se aprovechan y sus manos se meten en lugares en donde no deberían meterse —explicó Samara, fulminándome con la mirada. ¿No era que ya se le había pasado el enojo?, me pregunté—. Ya sabés cuáles son las partes que no te pueden tocar los desconocidos, ¿no? —le preguntó a Aurora—. Mamá nos lo enseñó desde chiquitas.
Aurora puso los ojos en blanco. Abril se irguió y cerró la puerta de la heladera. Estaba sonriendo. Parecía divertirle el monólogo de su hermana. No obstante, intervino.
—Aurora no es una niña —dijo—. Sabe dónde pueden meter o no meter mano los hombres. Y si los deja, es porque quiere.
Me sorprendió el comentario. Pero no iba cargado de veneno. Simplemente exponía su punto. Y ese comentario iluminó mi mente. Seguía sin saber casi nada de las personas con autismo. Pero siempre tuve la idea de que eran seres puros e inocentes, casi angelicales. Pero Aurora había tenido una pareja, ¿no? Disfrutaba del sexo como cualquier otra chica de su edad. Claramente tenía una visión idealizada e infantil de las personas con autismo.
—Además, si empezamos a hablar de las personas que dejaron que desconocidos la manoseen —dijo Aurora, mirando a Samara—. Ya sabemos quién va a salir perdiendo, ¿no?
Abril soltó una risita que me contagió. No sabía que Samara también tuviera la fama de chica promiscua. Pero eso no empeoraba la imagen que tenía de ella. Lo malo era que se cogiera a papá y que fuera insoportable. Fuera de eso, que se acostara con los tipos que quisiera (aunque tampoco estaría mal que yo fuera uno de esos tipos).
—Yo seré la campeona de recibir manos ajenas, pero quien metió mano a más pijas es otra —dijo Samara, dirigiendo su mirada a Abril.
La aludida se ensombreció. Era la primera vez que la veía molesta con su hermana. Claramente la pendeja de Samara había tocado una fibra muy sensible. Y encima la que había hecho el comentario sobre Samara ni siquiera había sido ella. Sentí la necesidad de defenderla.
—Bueno, ya estamos en el siglo Veintiuno. Eso de criticar a las mujeres por con cuántos hombres intimó, ya parece algo prehistórico, ¿no? —esgrimí.
Abril pareció aplacar su enojo, cosa que a su vez me tranquilizó.
—No te tenía tan deconstruido —acotó Samara, siempre tratando de molestar.
—No lo estoy del todo —expliqué—. Pero en ese punto, tengo en claro mi postura.
—¡Ay, sos un tierno! —dijo Aurora. Me tomó del brazo y apoyó su cabeza en mi hombro.
—Se ve que hiciste algo muy bien en ese cuarto —dijo Samara—. Nunca había visto que hiciera contacto físico con alguien tan pronto.
Aurora pareció percatarse de lo inusual que era para ella esa proximidad con otra persona, y se apartó, algo avergonzada.
—Bueno, ¿qué vamos a comer? —interrumpió Abril—. Si quieren puedo preparar unas tartas.
—Dale, pero Haceme una tarta de jamón y queso para mí, porfa —pidió Samara—. Sorry, pero odio tus tartas veganas.
—¿Sos vegana? —le pregunté a Abril.
—Y Aurora también —respondió ella.
—No me había dado cuenta. Qué tonto —dije, verdaderamente sorprendido, y algo molesto por no saber una característica tan básica de Abril.
—Al menos lo reconoce —acotó Samara, siempre lista para agraviarme.
Abril se puso a preparar el almuerzo. Aurora y yo la auxiliamos, y Samara fingió también hacerlo, aunque solo se limitaba a alcanzarle algún que otro utensilio cuando no estaba mirando su celular.
—¿Piensan que están cogiendo? —preguntó de pronto Samara.
—¿Quiénes? —quiso saber Aurora.
—Mamá y el doctor Alejo —explicó Samara.
—¿Todavía le decís el doctor Alejo? —dijo Abril.
Noté en esa pregunta que había algo que se me había escapado.
—¿Lo conocen a papá de antes? —pregunté—. Digo, más allá de haberlo visto por el barrio.
—Claro, si fue el abogado que se encargó del juicio de mamá contra el papá de Abril y de Sami —explicó Aurora.
Otro dato desconocido. Aurora tenía padre diferente a sus hermanas. Pero había otra cosa que me llamaba mucho más la atención.
—Pero si papá no se dedica a los divorcios, ni a ninguna cuestión de familia —dije. Y después me percaté de que la respuesta estaba en mis narices—. Se dedica al fuero penal.
—Sí. Por eso. Mamá le hizo un juicio por violencia de género a nuestro papá —explicó Abril—. Algo de lo que prefiero no hablar.
—Claro, lo entiendo —dije.
Samara se había puesto seria de repente. Evidentemente tampoco quería ahondar en el tema. O quizás lo que la había puesto así era recordar el momento en el que había empezado su aventura con papá. Ahora tenía en claro cómo se habían acercado el uno al otro. ¿Hacía cuánto había sido eso? ¿Había seducido a Amalia a la par que a su hija? Viejo lobo, pensé, indignado con mi progenitor. Se había aprovechado de una situación de vulnerabilidad de esas chicas, para acostarse con esa voluptuosa adolescente y con su madre. Cada vez que me adentraba más en esa historia, papá quedaba peor parado.
—En este mismo momento… no creo. Estarán almorzando, ¿no? —dijo Aurora.
—¿Qué? —pregunté, confundido. No tenía idea de qué estaba hablando.
Samara y Abril soltaron una risita.
—Está respondiendo la pregunta que hizo Samara hace un rato —explicó Abril—. Ya te vas a acostumbrar a los tiempos de Aurora.
—Bueno. Pero ese era el tema original que estábamos debatiendo, ¿no? —dijo Aurora, con una seguridad que me divirtió. Era como si considerara que los raros fuéramos nosotros y no ella. Lo que, en cierto punto, era verdad.
—En lo personal no me interesa saber cuándo o cómo coge mi papá con Amalia —expliqué.
—Sí, sí, porque te ponés celoso, ¿no? —dijo Samara, soltando una risita diabólica.
—¿Y por qué se iba a poner celoso? —preguntó Aurora, quien, para quien no conociera su condición, podría llegar a pensar que era un poco tontita. Un error garrafal evidentemente, ya que, a su manera, era muy inteligente—. No me digas que no te gusta que tu papá esté de novio con alguien que no sea tu mamá. Bueno, supongo que en cierto punto es entendible —dijo después, meditando.
Abril sonrió, dirigiendo su mirada hacia mí. Evidentemente sabía a qué se refería Samara, lo que hizo sonrojarme.
—No le hagas caso a tu hermana —le dije a Aurora—. Sabés mejor que yo que le gusta decir tonterías.
—Eso es verdad —concedió la mayor de las hermanas.
—¡Ey! Yo no digo tonterías. Solo digo las verdades que a los demás no les gusta escuchar —se defendió Samara.
—Creer que tus creencias son la verdad, es un poco arrogante, Sami —la reprendió Abril—. Y no, no creo que estén cogiendo ahora. Lo más probable es que lo hubieran hecho a media mañana, acurrucados mientras llovía. Y quizás lo hagan de nuevo a la siesta, y luego otra vez a la noche.
—¿Tres veces? —pregunté, sorprendido.
—Si lo dice la bruja debe ser cierto —dijo Samara—. Mamá es muy intensa. Le gusta mucho coger.
Pensé que alguna de sus hermanas la reprendería, pero se tomaron el comentario con total naturalidad. Recordé que había escuchado gemir a Amalia en aquella ocasión en la que Samara me había quitado el traje de baño. Ciertamente, no habían podido esperar a asegurarse de que todos estuviéramos ya en nuestros cuartos. Suponía que debía ser normal. Era una mujer aún muy joven y estaba buenísima. Tenía todo el derecho del mundo de disfrutar del sexo. No obstante, pensar en ella en el plano s****l no era algo que quisiera hacer frente a mis hermanastras.
—¿Y tu papá? —preguntó Aurora, de repente—. ¿Pensás que podrá hacerlo tres veces?
—¡Aurora! ¡Esas cosas no se preguntan! —la reprendió Abril, aunque sin ninguna dureza.
Ciertamente la propia Abril se había mostrado muy sincera al hablar de su sexualidad, pero por lo visto ahora notaba mi incomodidad, y se solidarizaba conmigo. Buena chica Abril. Y muy linda.
—Pero, si estamos hablando de eso —se defendió Aurora, imperturbable.
—Bueno… no sé. Ni idea —respondí, sintiendo mi rostro cada vez más ardiente—. Supongo que sí. Su relación empezó hace relativamente poco. Deben tener la calentura de unos adolescentes.
—Además, para eso está el viagra —comentó Samara—. Si no le da el cuero, se toma una pastilla azul y listo. Para los hombres todo es más fácil.
Las otras dos rieron. Una risa alegre y musical. No hubiera imaginado que hablar de sexo, más concretamente sobre la sexualidad de nuestros padres, fuera algo que nos uniera a los cuatro.
Cuando la comida estaba casi hecha, Aurora y yo pusimos la mesa.
—Gracias por cuidarme —dijo—. Me di cuenta de que no te había dado las gracias como te merecías.
—No es nada.
Entonces se acercó a mí, y me dio un beso en los labios. No fue un beso con lengua, claro. Pero tampoco fue un beso tan corto como el que me había dado Samara la primera noche que dormí con ella. Los labios de Aurora se posaron unos buenos segundos en los míos. Sentí su humedad, su aliento, su respiración. Finalmente se apartó y siguió poniendo la mesa, como si nada hubiera pasado.
Esas chicas me iban a enloquecer.
Continuará...