Capítulo 7
Era difícil no erotizarme cuando estaba con alguna de mis hermanastras, ya ni hablemos cuando me encontraba con las tres. Después del almuerzo el día gris se prestaba para ver una película. Abril propuso ver un slasher de los noventa, y el resto aceptó. Era la primera vez que teníamos una actividad los cuatro juntos. No quise desairarlas. Eran chicas muy peculiares, y en ese punto me di cuenta de que no sería difícil tomarles cariño. Salvo a Samara, con quien siempre las cosas eran más complicadas, obviamente.
Justamente era ella a quien me había quedado mirando mientras la película había llegado a la típica escena en donde un misterioso asesino serial empezaba a matar a unos supuestos adolescentes en un campamento. Samara había traído un cubrecama que tiró al suelo para acostarse sobre él. Estaba boca abajo, con el mentón apoyado en un almohadón, justo frente al televisor del living. Llevaba un pantalón de jean azul claro y, cuándo no, su enorme culo parecía estar puesto ahí para provocarme. Era muy difícil no desviar la mirada de la pantalla hacia ella. De hecho, era muy fácil deleitarme con su gordo culo haciendo un mínimo esfuerzo. Pero tampoco quería quedar mal con mis otras hermanastras.
Yo estaba sentado entre Aurora y Abril. Me sentí complacido por el hecho de que ninguna eligiera uno de los sofás individuales. Aurora estaba muy pegada a mí, y hasta tenía apoyada la cabeza en mi hombro, con total naturalidad.
Era curioso. Con las tres ya había tenido cierta intimidad. En mi época de colegial nunca hubiera imaginado tener una cercanía con tres mujeres tan atractivas en tan poco tiempo. Pero ahí estaba. No obstante, aún no tenía en claro qué implicaba ese dulce beso que me había dado Aurora. ¿Había sido solo un gesto de agradecimiento? Parecía algo demasiado excesivo, y no podía olvidarme de que esa chica era muy diferente a cualquier otra que haya conocido. Y con Abril la cosa no era muy diferente. El hecho de que me hubiera pajeado no me garantizaba nada. Samara, por su parte, era una histérica. En un momento podía pretender que la besara y al minuto siguiente me volvería a tratar como en la escuela, burlándose de mí o agrediéndome. Ni siquiera debería plantearme tener algo con ella. Pero estaba tan buena que, pese a sus actitudes volátiles, no podía dejar de fantasear con cogérmela. Recordé la divina sensación en mis manos cuando estaba hurgando en su trasero. Había sido una experiencia inolvidable. Hacía apenas unos meses ni siquiera me podía dar el lujo de fantasear con acariciar tan perfecto trasero. Era sorprendente cómo estaba cambiando mi vida.
Traté de no pensar en eso, porque no quería tener una erección estando en medio de las otras dos. Pero el orto de Samara irrumpía a cada rato en mi visión. Por momentos se removía en su lugar, y hacía un sensual movimiento de caderas que atraía mi vista una vez más hacia ella. Ni siquiera la violenta escena de un asesino masacrando a unos chicos en un campamento me distraía lo suficiente.
—¿Y se cumplió lo que pediste? —me preguntó Abril al oído—. Hablo de lo del sigilo —dijo después, susurrando.
Nunca me olvidaría de ese extraño ritual en el que había participado junto a ella. No había dudado en desear cogerme a todas las mujeres que conformaban mi nueva familia, incluyendo a Amalia, por supuesto. Me percaté, sorprendido, de que si bien mi deseo estaba lejos de haberse cumplido, sí que había tenido varios momentos en los que pareció que me estaba acercando a concretarlo.
—La cosa va lenta, pero parece que funcionó —respondí.
Aproveché la situación para hablarle suavemente al oído. Sentir su piel tan cerca de mis labios me dieron muchas ganas de besarla. Era raro. Abril era con quien más lejos había llegado, y, sin embargo, había sido la única con la que no me había besado.
—Igual, a lo mejor debería hacerlo de nuevo. Para estar seguro —dije después.
Abril soltó una risita, claramente comprendiendo lo que le estaba insinuando, cosa que me entusiasmó mucho. Hasta el momento me había preguntado varias veces si ella había sentido algo por mí, pero quizás era hora de accionar para que las cosas sucedieran en lugar de esperar determinada actitud de los demás.
—Es maleducación cuchillear —dijo Samara de repente. Giró sobre sí misma, y nos miró, con severidad. Al girar, sus senos se sacudieron, y ahora la imagen que daba era mucho más sensual que antes, porque su trasero seguía a la vista, y solo giró su torso, para que sus senos, tapados con una ceñida remera, quedaran expuestos.
—No te preocupes. No estamos hablando de vos. No sos tan importante –dije.
—Si no soy tan importante, podrías dejar de mirarme el culo cada dos por tres —retrucó ella.
—Pero si yo no… —dije, balbuceando—. Yo no te estoy mirando el culo.
Aurora soltó una risita. ¿Acaso todas se habían dado cuenta de que estaba mirando a Samara? ¡Si había estado seguro de que lo estaba disimulando! Que pendeja hija de puta, pensé, irritado. No solo me había cortado la conversación con Abril, sino que ahora me dejaba como un pajero frente a ella.
—No te preocupes, Carlos. A Sami le gusta hacer estas cosas a propósito —intervino Aurora—. Cuando mamá salía con otros tipos, se la pasaba levantando cosas del piso, solo para poner su trasero en pompa frente a ellos—explicó.
—Y resultó ser un test muy eficiente —dijo Samara, con cierto orgullo—. Mamá se sacó de encima a varios babosos gracias a mí.
—Pero eso solo vale con las parejas de mamá. No con sus hijastros, ¿no? —preguntó Aurora, con total inocencia—. Digo, es normal que Carlos te mire. Más si te ponés a propósito frente a él, y usás ese pantalón tan ajustado. ¿Quién no te miraría el culo? Hasta yo te le miro de vez en cuando.
No pude evitar reírme ante los comentarios de Aurora. Pero luego pensé en Abril. No había emitido ningún comentario al respecto. ¿Cómo se tomaría eso de que estuve mirando a Samara?
—Supongo que papá sí pasó el test —dije.
Mi idea había sido descolocarla. Papá había hecho mucho más que mirarle el trasero, y ciertamente Samara no usó esa información para que Amalia terminara con él. No obstante, no pareció ser ella la única aludida. En la sala de estar se hizo un silencio unánime. Durante unos instantes solo se oyó el sonido del televisor. Miré a Aurora de reojo. Parecía ensimismada, casi apesadumbrada. Luego de un rato, disimulando, miré también a Abril. Parecía estar atenta a la película, pero noté cierta incomodidad en su semblante. ¿Sería que todas sabían que había algo entre Samara y papá? ¿O había una verdad oculta aún más oscura que esa? De momento, no quise saberlo.
—Además, insisto. No te estaba mirando el culo —dije.
Quizás no me lo creerían, pero era de esas cosas que era mejor negar a muerte.
—Claro, claro —dijo Samara, recomponiéndose, volviendo a su tono jocoso, cosa que me alivió—. Para tu información, cuando la pantalla está oscura refleja lo que tiene adelante. Y en las películas de terror la pantalla se pone oscura a cada rato.
Tragué saliva. ¡Qué idiota había sido! Por lo visto ella había estado muy atenta viendo el reflejo en el televisor. Me había puesto una trampa, y yo había caído.
—Bueno basta, Sami —intervino por fin Abril. Parecía que siempre podía contar con ella, y eso me hacía desearla más—. Es como dice Aurora. Tu culo es muy llamativo. Obvio que te va a mirar. Además, te pusiste ahí justamente para que te mirara, ¿no?
Eso me tomó por sorpresa, y a la propia Samara también. Ciertamente, ese jueguito tenía dos caras. Una de ellas podía ser exponerme a mí, pero la otra era que ella pretendía atraer mi atención, y erotizarme. Por algo lo hacía.
—Yo solo me puse acá porque estoy más cómoda —retrucó—. ¿Acaso no puedo ponerme en la posición que quiera sin que me estén acosando?
—¡¿Acosando!? —exclamé yo. Ya se estaba pasando de la raya, como siempre.
—Bueno, una mirada insistente puede considerarse acoso —dijo Aurora, pensativa—. Aunque, por otra parte, es normal que los hombres miren a las mujeres. Hasta yo pesqué a Fabián varias veces viéndole el trasero a otras mujeres. Y ahora que lo pienso —agregó después, poniendo su dedo índice entre su barbilla y sus labios, con el ceño levemente fruncido, como si su nivel de concentración hubiera aumentado—, ¿por qué a los hombres les gusta tanto los culos de las mujeres.
Abril soltó una risita. Samara volvió a darse vuelta. Cuando me miró, me puse inmediatamente colorado.
—Eso, Carlitos, ¿por qué a los hombres les obsesiona tanto el culo de las mujeres?
Aurora lo había preguntado con total inocencia (por lo visto nunca había tocado el tema con su novio), pero Samara lo hacía con malicia, como de costumbre. Esperaba que Abril fuera la voz de la razón, pero no dijo nada. ¿Sería que también le daba curiosidad conocer la perspectiva de un hombre? Y para colmo Samara había puesto la película en pausa. Sentía los tres pares de ojos clavados en mí. ¿Qué pretendían que les dijera? Pero no quería quedar como un tonto con ellas. Hice un esfuerzo para que el color rojo de mi cara disminuyera. Ya estaba grande, no podía ponerme incómodo cuando se tocaba un tema s****l. Sin embargo, me sorprendí a mí mismo percatándome de que no tenía una respuesta a la pregunta de las chicas. No tenía idea de cuál era el motivo de por qué los hombres nos erotizábamos tanto con determinadas características físicas en las mujeres, más concretamente, sus traseros.
—Em… En realidad. No tengo idea —respondí, con sinceridad—. Supongo que es algo cultural. Sociológico. Em… Realmente no tengo idea de por qué a los hombres nos gustan los culos de las mujeres.
—Es verdad, es algo cultural —intervino Abril—. En una época, en China, las mujeres vendaban sus pies, para que quedaran así —señaló después, haciendo un gesto que ilustraba su explicación. Su pie se dobló en dos, como si fuera una mano que intentaba cerrarse, solo que el pie obviamente no podía hacerlo—. Esto generaba una enorme atracción s****l en los hombres.
—¿Unos pies deformes calentaban a los chinos? —comentó Samara—. No me extraña. Pero no porque viniera de los chinos, sino porque viene de los hombres —dijo después.
—Bueno, Fabián decía que los hombres siempre fueron más básicos que las mujeres, en lo referente al erotismo. Le dan mucha importancia a lo visual —comentó Aurora, quien por lo visto aún extrañaba mucho a su ex.
—¡Pero eso también pasa con ustedes! —exclamé, en un intento por defender a mi género. Estaba en gran desventaja—. Por algo los actores más famosos son rubios, de ojos celestes, con el cuerpo escultural. ¡No sean hipócritas!
—A mí no me interesa lo físico —dijo Aurora—. Para mí lo principal es tener una conexión emocional e intelectual con la persona con la que estoy.
A ella podía creérselo, pero a las otras dos… Además, su silencio me decía que yo estaba en lo cierto.
—Tenés razón —aceptó por fin Abril—. Pero la gran diferencia entre hombres y mujeres no es que nosotras no nos fijemos en lo físico, sino que no es algo determinante a la hora de elegir una pareja s****l. Si bien no te niego que tiene su importancia, no es lo esencial. En cambio los hombres pueden llegar a perder la cabeza por una mujer que consideren muy atractiva, sin importarles lo demás. Eso es mucho más difícil que nos pase a las mujeres. Obvio que estoy generalizando. Pero suele ser así.
—Es cierto. Si no preguntale a Sami cuántos hombres estuvieron dispuestos a dejar su familia por ella —acotó Aurora.
—Los hombres son como animalitos lujuriosos —dijo la aludida—. Muy fáciles de manipular desde lo s****l.
Esbozó una sonrisa odiosa. Prácticamente estaba confesando que eso era justamente lo que estaba haciendo conmigo: manipularme. Pero no sabía por qué. Esa pendeja estaba jugando con fuego, y se iba a terminar quemando.
—Y de nosotras tres —preguntó Aurora—. ¿Quién pensás que tiene mejor culo?
Esa pregunta sí que no me la esperaba. La mayor de las hermanastras podría llegar a ser casi tan irritante como Samara, si se lo proponía. No es que nunca hubiese pensado en eso. Si me lo hubiese preguntado en la intimidad hasta me parecería una pregunta muy motivadora. Pero dadas las circunstancias, resultaba muy chocante.
La respuesta obvia era Samara. Tenía un trasero que a algunos podía parecerle demasiado grande, pero, a sus dieciocho años, toda esa enorme masa de carne se mantenía firme y poseía una redondez exquisita. Y a juzgar por el culo que tenía Amalia, era probable que su hija más pequeña pudiera conservar ese par de pompas tan eróticas por mucho tiempo, siempre que siguiera haciendo ejercicio.
Estuve a punto de decir que no había pensado en eso. Pero lo más probable era que supieran que estaba mintiendo. ¿Abril tampoco me salvaría en esta ocasión? Quizás no debí haber participado de esa conversación desde un principio. Pero ya era tarde para esquivar el tema. Tragué saliva. Me dije que ya era hora de madurar. Debía poder hablar de esas cosas sin avergonzarme. Si ellas querían respuestas, se las daría, aunque igual me iba a cuidar de no hacer que a Samara le subiera el ego más alto de lo que ya lo tenía.
—Em… creo que las tres tienen un lindo cuerpo en general. Cada una a su manera.
—Pero yo te pregunté concretamente sobre nuestros traseros —dijo Aurora.
Se suponía que hablar de los cuerpos de los demás estaba mal, pero, al menos en ese momento, a ninguna de las tres parecía molestarle la idea.
—Son muy diferentes —reconocí al fin—. El de Samara es más grande. El de Abril es más parecido al de una modelo. Y el tuyo… em. Supongo que es un intermedio entre el de ellas. Cualquier hombre se sentirían atraídos por cualquiera de las tres. Aunque supongo que el de Samara es el más llamativo.
—Por obvias razones —dijo Abril, señalando el trasero de su hermana.
A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar sentirme incómodo. Ciertamente, no es que estuviéramos hablando de algo tabú, pero había algo raro en la naturalidad con la que me preguntaban esas cosas. O quizás simplemente no estaba acostumbrado a tener ese tipo de conversaciones con las mujeres.
—¿Y el sexo anal? —preguntó de repente Aurora—. ¿Por qué les gusta el sexo anal? Digo… por ahí se caga, ¿no les parece asqueroso?
La nena estaba curiosa. ¿De verdad nunca había hablado de esas cosas con su novio?
—En realidad… el sexo anal es algo que les gusta tanto a hombres como a mujeres —dije—. O al menos eso creo.
No pude evitar mirar de reojo a Abril. Ella no podía tener sexo de la manera tradicional. Solo le quedaba el sexo oral y el anal. Sabía que podía alcanzar el clímax cuando le hacían sexo oral, o incluso con ciertos masajes, pero también recordé que me había contado, como al pasar, que ya había practicado sexo anal, aunque era imposible que acabara de esa manera. No obstante, era la única forma en que podría experimentar una verdadera penetración, por lo que supuse que no era algo que le desagradara. Pensar en eso me hizo percatarme de que estaba excitado. Y no era que la excitación hubiera aparecido en ese momento, sino que, seguramente, ya había empezado a calentarme desde que estuve mirando a Samara. Traté de controlarme. ¿Mi erección sería notoria? De todas formas, era algo natural, dado el contexto, ¿no?
—Es cierto. Es un morbo que tenemos tanto hombres como mujeres. Y no creo que tenga explicación —dijo Samara. Imaginarla a ella siendo penetrada por el culo no fue de mucha ayuda—. ¿Vos nunca lo hiciste con tu novio? —le preguntó después a Aurora.
—¡Ni loca! —respondió ella, escandalizada—. Me lo pidió varias veces, pero siempre me negué.
—No es malo, siempre que el tipo lo haga bien —explicó Samara—. Es raro, pero se siente bien. Y una vez que te acostumbrás, ya te lo tomás como algo normal. ¿No cierto, Abril? —preguntó después, tirándole la pelota a su hermana.
El rubor nuevamente cubrió mi rostro, como si el que hubiera recibido una pregunta tan íntima como esa hubiera sido yo.
—No creo que lo haya hecho tantas veces como vos —dijo Abril, con cierta acidez—. Pero por momentos es disfrutable, sí.
—¿Será que a mamá le gusta hacerlo de esa manera? —preguntó Aurora, quien ese día parecía tener una curiosidad voraz.
—Obvio que sí —dijo Samara—. Ya saben cómo es mamá.
—¿Y cómo es? —preguntó Aurora.
—Le gusta demasiado la v***a —respondió Samara, encogiéndose de hombros—. Habrá hecho cosas que ni siquiera nos imaginamos.
Traté de deducir si había cierto rencor en esas palabras. Pero por esta vez parecía que lo decía sin dobles intenciones. Aunque, eso sí, tomé nota de la visión que tenían de su madre. Ya sabía que era una hembra muy s****l, por comentarios que me habían dicho ellas, pero ahora parecía haber algo más allá del normal deseo s****l. Me había compadecido de ella por la aparente infidelidad de papá con su propia hija, pero ahora me preguntaba también qué clase de mujer era Amalia realmente. No obstante, me negué a pensar negativamente en ella. Después de todo, siempre había sido un amor conmigo.
—Bueno, los padres también cogen —dije yo—. En lo personal, no es algo en lo que me guste pensar. Pero tanto papá como Amalia son muy jóvenes. Deben disfrutar del sexo tanto como nosotros. No me extrañaría que también les guste el sexo anal.
Me sorprendí a mí mismo diciendo esas palabras. Ciertamente, Amalia llevaba un culo ideal para ser penetrado. Era demasiado tentador. Me resultaba difícil imaginar que el hombre que estuviera con ella (o sea, mi padre), no quisiera hacerlo de esa forma en algún momento.
—Bueno, creo que es mejor que dejemos de hablar de esto —dijo Aurora. Para mi completo horror, estaba mirando mi entrepierna—. Le estamos haciendo la vida difícil al pobre Carlitos.
Las dos hermanas miraron en la misma dirección. Yo las imité, descubriendo que, a pesar de que me encontraba sentado, mi erección era bastante notoria. Mierda, eso sí que era bochornoso. No obstante, Aurora no lo había hecho con malas intenciones, sino que era parte de su personalidad. No tenía filtros, y no comprendía que algunas cosas no eran convenientes señalarse en determinado contexto. Abril también había demostrado ser en extremo sincera, pero al menos tenía un sentido común del que carecía su hermana. Justamente fue ella quien sonrió al ver mi v***a dura. Pero al igual que pasaba con Aurora, su sonrisa no llevaba ninguna maldad. Al contrario, parecía simplemente divertida, y hasta enternecida.
Lo más sorprendente era que Samara no dijera nada. Pero me puse a la defensiva. Quizás lo haría enseguida.
—Em… Perdón. Sinceramente no me había dado cuenta —dije.
No era del todo mentira. Hacía solo unos minutos me había percatado de mi erección. Ojalá hubiese llevado un pantalón y un calzoncillo más ajustados, para que sintiera la presión de mi pija cuando crecía. Pero ya era tarde para pensar en eso.
—No pasa nada. Fuimos nosotras las que estuvimos insistiendo con que hables de esas cosas —dijo Abril—. Es sabido que los hombres son muy susceptibles. Además, no fuiste el único que se excitó —agregó después, mirando a Samara.
¿La pendeja maldita también se había calentado? Con razón no había dicho nada. Pero ¿Cómo era que Abril lo había notado? La propia Samara fue la que se encargó de responder a esa pregunta que ni siquiera había formulado. Llevó las manos a sus senos y los movió hacía arriba, como si estuviera calculando su peso. En ese momento me di cuenta de que sus pezones estaban marcados en la remera. Estaban duros, erectos. Sabía que el cuerpo de las mujeres podían tener esa reacción, pero nunca me había percatado de que podrían quedar tan en evidencia como quedaba un hombre con una erección. Estaba aprendiendo algunas cosas esa tarde lluviosa.
—¿Vos también te excitaste, Abril? —preguntó Aurora.
—Para nada. Puedo hablar de estas cosas sin sentirme erotizada.
—Ah —dijo la mayor de las hermanas, quien sin embargo, en la práctica, siempre parecía ser la menor—. Yo creo que… un poquito sí.
Abril y Samara soltaron una carcajada. Aurora se ruborizó, pensando, quizás, que había dicho algo malo.
—No pasa nada. Es tu cuerpo reaccionando a ciertos estímulos —la tranquilizó Abril—. Aunque tengo que reconocer que tengo miedo de estar rodeada de tres libidinosos —agregó después.
Me pregunté si de verdad no estaba excitada. No es que hubiéramos dicho nada especial. Pero suponía que, al igual que me pasaba a mí, tanto Aurora como Samara se habían excitado por el hecho mismo de hablar sobre sexo con alguien que conocían poco, alguien que además era del sexo opuesto.
Me di cuenta de que todas eran muy abiertas al hablar de esas cosas, y que se tomaban todo con total naturalidad. De seguro en eso tenía que ver la crianza con Amalia. Estaba claro que tenía una visión muy inocente e idealizada de mi madrastra.
De pronto Samara volvió a darle play a la película, la cual ni siquiera iba por la mitad. Se recostó en la misma pose de antes. Tragué saliva. Hice un esfuerzo por no mirarla. Además, necesitaba que se me bajara la erección. Por más que ellas se lo habían tomado con naturalidad, si seguía con la pija dura, podía quedar como un pajero. Una cosa era la reacción natural del cuerpo ante un estímulo, por más que ese estímulo fueran meras palabras e imaginaciones, y otra era seguir así sin causa aparente. Por suerte, la propia incomodidad que empecé a sentir fue la que me ayudó a que mi v***a por fin se ablandase.
La película terminó, sin pena ni gloria. Era bastante mala. Ni siquiera Abril pareció muy entusiasmada al verla, y eso que había sido idea suya. Pero en fin, por más que en muchos momentos me sentí incómodo, de alguna manera ese par de horas me parecieron muy positivas.
Más tarde Samara pareció meterse en la cocina y Aurora dijo algo sobre que tenía que dibujar. Lo recalcó como si fuera un deber, aunque, que yo supiera, no sacaba dinero de ello. La cuestión es que me quedé a solas con Abril, con quien hacía tiempo que quería tener algo de intimidad.
—Gracias por salvarme —dije, haciendo alusión a cuando señaló que Samara también estaba excitada, corriendo la atención de mi persona.
—De nada —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Quería provocarte, y le salió el tiro por la culata. Igual no lo tomes a mal. No lo hace porque te tenga bronca. De hecho, creo que le gustás.
La miré sorprendido, preguntándome si estaba bromeando. Aunque Abril no era de tomarme el pelo.
—¿Por qué pensás eso? —le pregunté.
—No sé. La conozco. Si trata de llamar tu atención todo el tiempo, como lo hace, es porque le gustás. Es como esos nenes que molestan a la chica que les gusta. En cierto sentido en muy inmadura. Pero no te hagas ilusiones. Así como se puede encaprichar con vos, a los dos días se le pasa —explicó Abril, como si fuera una vieja amiga dándome un consejo desinteresado—. Lo que te aconsejo que hagas es que no le des mucha importancia. Solo esperá el momento oportuno, cuando tenga la guardia baja, y puede que te la cojas.
—¿Y a vos no te molestaría que me acueste con tu hermana? —Largué la pregunta con total espontaneidad.
Abril soltó una risita.
—Si entre nosotros no pasó nada —dijo.
—En realidad, sí pasó —retruqué, poniéndome serio—. Me hiciste una paja. Digo… entiendo que eso no signifique que haya un compromiso entre nosotros, pero igual, me parece raro que no te genere nada que un tipo con el que hiciste eso se acueste con tu hermana.
—Bueno, creo que nunca compartí un amante con mis hermanas, así que supongo que puede ser algo raro —dijo, susurrando, con una hermosa sonrisa cargada de picardía—. Pero como se nota que te gusta ella… Deberías intentarlo… creo.
—Qué raro que justo vos me digas eso —comenté.
Estábamos aún sentados en el mismo sofá, uno al lado de otro. Ahora que estábamos solos se había creado un lindo clima de intimidad.
—¿Por qué raro? —preguntó ella, aunque por su gesto deduje que sabía muy bien a qué me refería, solo que quería que se lo dijera yo mismo.
—Porque es obvio que la que más me gusta sos vos —dije.
Me sentí orgulloso de por fin decir lo que sentía. No obstante, me percaté de mi error al instante. “La que más me gusta”.
—Así que ella también te gusta —dijo Abril—. Bueno, supongo que es un halago que te guste más que ella. En general es al revés.
—No me gusta Samara —dije—. Digo… tiene buen cuerpo y todo, pero es infumable.
—A todos les gusta Samara —respondió ella, como si fuera un hecho fuera de discusión. Como si la belleza física de su hermana fuera una ley de la naturaleza que no se podía cuestionar—. Pero no importa. No tenés que darme explicaciones. Y gracias por el halago.
—Y lo de la otra noche… —dije. Me concentré para no volver a decir algo que pudiera luego jugarme en contra—. Me hiciste sentir muy bien.
—Esa es mi especialidad. Hacer sentir bien a los hombres. Pero son muy pocos los que logran hacerme sentir bien a mí. —Cuando dijo esto, mi rostro se ensombreció de inmediato. Ella lo notó y agregó—. Bueno, no digo que no me haya sentido cómoda con vos. Solo que… vos entendés.
—Sí, claro que lo entiendo. No pretendería que sintieras lo mismo que yo —reconocí—. Igual, fue raro. Digo, haber hecho eso, sin siquiera habernos besado antes.
—Es que soy rara. Puedo hacerte una paja sin problemas, pero darte un beso es otra cosa.
—Comprendo —dije, sin poder ocultar mi frustración.
De pronto Abril llevó su mano a mi v***a y cerró sus dedos en ella.
—Si querés —dijo—, podría hacértelo ahora.
Sin esperar respuesta, empezó a masajear mi v***a con ímpetu. En apenas unos segundos mi falo empezó a endurecerse. Miré para todos lados. Era probable que Samara apareciera en cualquier momento.
—Tranquilo. Si viene, nos vamos a mi cuarto, y listo —dijo Abril, intuyendo mis temores.
Realmente se sentía muy bien esa hábil mano masajeando mi pija. Pero ¿después qué? No quería ser uno de los tantos tipos a los que Abril les hacía el favor de practicarle una paja. No quería que al otro día actuara como si entre nosotros no había pasado nada, cuando en realidad sí estaba pasando. Quería que eso significara algo para ella.
Agarré su mano, y la aparté de mi entrepierna.
—Gracias —le dije con sinceridad. Quería verme resuelto, pero no quería herir sus sentimientos, haciéndola sentir como a una puta—. Realmente me gustaría que me hagas esto, solo si sentís algo por mí. Solo si yo puedo ser capaz de retribuírtelo. Entiendo que no quieras hacer más que eso, pero espero que entiendas que yo tengo muchas ganas de besarte, y de acariciarte. Me parece un desperdicio hacerlo de esta manera.
—Claro —dijo ella, algo descolocada. Por lo visto no se le había ocurrido que pudiera reaccionar de esa manera.
—Si alguna vez de verdad tenés ganas de hacerlo, y no solo para complacerme, no tengas ninguna duda de que voy a estar dispuesto —agregué.
Y entonces me sorprendí a mí mismo al darle un beso en la boca. Ahora sí, ya había besado a mis tres hermanastras.
Continuará...