Enojado como estaba no se hallaba ni siquiera dentro de su propia casa. Salió espantado de sí mismo. Despertar y no encontrar a Peyton a su lado fue la comprobación de cuán monstruoso puede llegar a ser bajo un estado de odio incontrolable, y más si es influenciado por los efectos del alcohol. Se le estaba haciendo costumbre no solo sentía satisfacción mínima de hacer sufrir aunque fuera a una sola mujer, lo malo de eso era que en quien estaba volcando su odio era la persona más vulnerable. No terminaba de entender por qué no lograba la satisfacción plena. Odia sentirse mal, tal como estaba experimentandolo en ese momento. —Buenos días, señor —lo saludó Migdi apenas hizo actos de presencia fuera del ascensor. —Buenos días —le devolvió el saludo—. Llévame un café fuerte y dos analgésicos

