Recordando que había llevado una grabadora para tener una prueba que presentarle a Orestes y tal vez a las autoridades en Grecia, el hombre pensó que aunque ya habían avanzando un poco, no habían dicho lo más relevante del caso, por lo que fingió revisar su maletín para activar el dispositivo. Sacó dos billetes del bolso y lo guardó en el bolsillo de su camisa para despistarlas de lo que había hecho realmente. —Estoy esperando —advirtió a las mujeres antes de llevarse al borde de los labios su taza—. Deme nombres y apellidos de los doctores —exigió dirigiéndole una mirada suspicaz—. Y el de la enfermera, no me creo eso que no sepas quién era. —Es verdad —le respondió la mujer fingiendo inocencia. —Los que hacen semejante fechoría se reúnen en un círculo bastante cerrado, eso de que no

