Oakridge, 1822.
Camino lentamente por las calles, abrazando con fuerza el pedazo de pan duro que he encontrado entre la basura. Es todo lo que tengo para comer hoy. Está asqueroso, verde y tan viejo que si le doy una mordida mis dientes caerán, pero en este momento es lo menos que me importa.
Mi estómago ruge de hambre, me obligo a ir despacio para ir guardando todas las fuerzas posibles.
Cada paso me duele, mis pies hinchados y mis músculos cansados. Estuve horas deambulando, buscando comida entre los cestos de basura y canaletas, no soy la única, niños y hombres adultos se peleaban por las migajas.
Odio encontrarme así.
Sigo caminando, debo llegar al hotel, ese pequeño cuarto, que estoy rentando con lo que puede llevarme, es el único refugio que me queda, cada vez queda menos y a medida que me acerco, los alrededores maloliente y asqueroso se hace presente, mujeres con sus vestidos subidos mostrando rodillas, piernas y bustos predominan en la cuadra, algunos hombres ebrios se me acercan, alejo la idea de aceptar las propuestas indecorosas de esos hombres que rondan por aquí.
Prefiero morir de hambre antes que vender mi cuerpo.
Cuando observo el destartalado hotel, siento un pequeño alivio. Casi he llegado. Pero entonces, un hombre se acerca a mí, con una mirada hambrienta y una sonrisa desagradable, amarillentos, le falta algunos de adelante, huele a orina y retengo las ganas de vomitar.
—Hola, preciosa. ¿Qué haces tú sola por aquí? —dice, acercándose demasiado a mí.
Me alejo instintivamente, abrazando con más fuerza el pan.
—Nada que le importe. Déjeme pasar —respondo con tono firme.
Él suelta una carcajada y me agarra del brazo con fuerza.
—¿Por qué la prisa? Tengo una oferta que no podrás rechazar. —Sus dedos se clavan en mi piel y siento un escalofrío de miedo.
—¡Suélteme! —grito, tratando de zafarme. Pero él me empuja contra la pared, acorralándome.
Comienza a refregarse en mí, como un perro que tiene sarnilla.
—Vamos, cariño. Unos cuantos billetes a cambio de un buen rato. Será divertido, ya verás —sus manos recorren mi cuerpo y el pánico me apodera.
Sin pensar, levanto el pedazo de pan y se lo estrello en la cara. Él se queja y me suelta, aturdido. Aprovecho la oportunidad y echo a correr hacia el hotel, las lágrimas nublando mi visión.
Entro a la habitación y cierro la puerta con llave, dejándome caer al piso, temblando. Abrazo mis rodillas, el pan olvidado a un lado. No puedo contener los sollozos que sacuden mi cuerpo.
¿Cómo he llegado a esta situación? Sola, embarazada, sin un centavo y ahora con la amenaza constante de esos hombres. Me siento perdida, sin saber qué hacer. Pero debo ser fuerte, por mí y por mi bebé. No puedo rendirme, no cuando una vida depende de mí.
Lentamente, me pongo de pie y voy a la cama, acurrucándome bajo las mantas. Cierro los ojos, tratando de encontrar un poco de paz y descanso. Mañana será otro día, y tendré que luchar de nuevo por sobrevivir. Pero por ahora, lo único que me queda es este estrecho refugio, mi único hogar.
Abro los ojos con pesar, la débil luz de la mañana filtrándose a través de las viejas cortinas. Me levanto con esfuerzo, sintiendo el hambre sacudir mis entrañas. Tengo que encontrar una forma de ganar dinero, o me quedaré en la calle, ya no cuento con más dinero, llevo dos semanas viviendo acá.
Tomo un respiro profundo y me preparo para enfrentar el día. Salgo de la habitación, envolviendo mi delgado abrigo alrededor de mí, y comienzo a caminar por las calles. Debo encontrar trabajo, lo que sea, antes de que me quede sin opciones.
Paso por la pequeña tienda al final de la calle, donde una mujer mayor atiende el mostrador. Me acerco con timidez.
—Buenos días, señora. Disculpe, ¿necesita ayuda en la tienda? —pregunto, con esperanza.
Ella me mira de arriba abajo, arrugando la nariz con desaprobación.
—Lo siento, no estoy buscando personal en este momento. Quizás deberías intentar en otro lugar —responde secamente y vuelve a su trabajo.
Suspiro y me alejo, derrotada. Continúo caminando, deteniéndome en cada negocio, pero las respuestas son siempre las mismas: rechazo y miradas de lástima.
—Lo siento, no podemos contratar a alguien en tu... condición —dice un hombre de una panadería, mirando mi vientre abultado.
Una mujer en una tienda de ropa me mira con desdén.
—No, no tenemos nada para ti. Deberías estar en casa, cuidando de tu familia.
Siento que las lágrimas se acumulan en mis ojos, pero me niego a dejarlas caer. No puedo rendirme, no cuando mi vida y la de mi bebé dependen de ello.
Finalmente, me doy por vencida y regreso al hotel. Al pasar por la calle, escucho que alguien susurra a mi espalda.
—Oye, preciosa. ¿Necesitas ganar unos cuantos billetes rápidos? —Un hombre me sonríe con malicia.
Me estremezco y apresuro el paso, ignorándolo. Sé lo que quiere, y me niego a caer en esa trampa. Pero la desesperación comienza a asfixiarme. ¿Qué voy a hacer? Hoy es mi última noche paga, mañana ya no podré regresar.
Al llegar a la habitación, me dejo caer sobre la cama, agotada y hambrienta. Miro a mi alrededor, consciente de que este pequeño espacio se está convirtiendo cada vez más en mi único refugio. Pero no puedo vivir aquí para siempre. Necesito encontrar una solución, y pronto.
Con determinación, me levanto y comienzo a planear mi siguiente movimiento. No me rendiré, no puedo hacerlo. Por mi bebé y por mí, debo encontrar la manera de salir adelante, sin importar lo difícil que parezca. Todavía queda esperanza... solo tengo que encontrarla.
Suspiro profundamente y comienzo a hablar en voz alta, como si estuviera conversando con alguien más, siempre me ayuda a poder organizar mis ideas.
—Bueno, Evangelina, parece que has llegado a un punto en el que tienes que considerar... opciones más extremas —Hago una mueca al decir eso.
—Digo, ¿qué tan difícil puede ser, no? Solo tienes que... ya sabes, dejar que algunos hombres te toquen y... ¡Ugh, ni siquiera puedo terminar esa frase! —Sacudo la cabeza, sintiéndome ridícula.
—¿Qué voy a hacer? Soy pésima actuando como una de esas mujeres seductoras y misteriosas. ¡Ni siquiera sé cómo caminar con tacones sin caerme de boca! —Miro hacia abajo a mis pies, que parecen demasiado grandes y torpes.
—Y ni hablar de saber cómo atender a esos hombres. ¿Qué se supone que debo decir? '¿Quiere un poco de té, señor?' ¡Pfff, seguro que eso los pondría a mil! —Resoplo y me dejo caer en la cama, enterrando la cara entre las manos.
—Ay, Dios, ¿en qué me he metido? Embarazada, sola y ahora tengo que vender mi cuerpo para sobrevivir. ¡Esto es un desastre total! —Contengo un sollozo, sintiendo que las lágrimas amenazan con brotar.
—¿Qué voy a hacer? No puedo vivir así para siempre. Pero tampoco puedo imaginarme... haciendo eso. ¡Ni siquiera sé cómo seducir a un hombre! Probablemente terminaría espantándolos a todos. —Suelto una risa triste y amarga.
Suspiro otra vez, mirando a mi alrededor con derrota.
—Bueno, Evangelina, parece que tienes que aprender rápido si quieres sobrevivir. Porque de lo contrario, tú y tu bebé terminarán en la calle. Y eso no es una opción. Así que... a practicar, supongo.
Me estremezco ante la idea, pero sé que no tengo más remedio. Tendré que ser valiente y hacer lo que sea necesario para proteger a mi hijo. Aunque me odie a mí misma por ello.
Caigo en la cama haciéndolo crujir, en la esquina de la habitación, una rata recorre con total libertad, la observo detalladamente, sintiendo un nudo en la garganta, pienso en mis padres. Dios mío, ¿cómo les voy a explicar esto? Ellos ya tienen tantas cargas, tantas preocupaciones, y ahora tendré que sumarles mi propia desgracia.
Mi padre, ese hombre trabajador y honesto que se esfuerza cada día por sacar adelante a nuestra familia. Y mi madre, con su corazón bondadoso y esa fortaleza inquebrantable. ¿Cómo voy a mirarlos a los ojos sabiendo que les he fallado?
Y mi bebé... mi pequeño, mi única esperanza en medio de esta oscuridad. ¿Qué futuro le espera, condenado a nacer en la pobreza, sin un hogar ni un padre que lo reconozca? Me estremezco al imaginar lo difícil que será para él crecer en estas circunstancias tan precarias.
Aprieto los puños con frustración. ¿Cómo pude caer tan bajo? Alejandro, ese hombre que decía amarme, me ha dejado sola y vulnerable. Me utilizó, jugó con mis sentimientos y ahora me veo atrapada en esta trampa sin salida.
¡Maldito sea!
¡Te maldigo!
¡Te deseo todo lo mal en esté mundo!
Siento que las lágrimas arden en mis ojos, pero me niego a dejarlas caer. No puedo darme el lujo de ser débil. Tengo que ser fuerte.
Sin embargo, me siento tan utilizada, tan desesperada. ¿Acaso mi vida se ha reducido a esto? ¿A tener que vender mi cuerpo para poder comer y tener un techo sobre mi cabeza? No, no puedo aceptarlo. Aún queda un poquito de orgullo en mí que se niega a doblegarse.
Respiro hondo, tratando de encontrar la fuerza que sé que aún vive en mi interior. Por mis padres, por mi hijo, tengo que salir adelante. No puedo rendirme, no ahora. Juntos, los dos, encontraremos la manera de reconstruir nuestras vidas, de crear un futuro mejor. Sé que será una lucha constante, pero no puedo darme por vencida.
No voy a perder la fe, sé que pronto estaremos mejor, lo presiento.