El día gris y nublado parece reflejar el sombrío estado de mi alma. Camino con pasos vacilantes a través de la plaza, mi antes elegante vestido ahora reducido a harapos, cubierto de polvo y manchas. El frío cala hasta los huesos, a pesar de que me envuelvo en mi delgada y desgastada capa, incapaz de brindarme el calor que necesito.
Cabizbaja y con la capucha cubriendo mi cabeza, me niego a que me vean en estas condiciones. Acaricio mi abultado vientre, que me recuerda cada día al pequeño ser que crece dentro de mí, indefenso e inocente. El hambre me devora, el dolor de los pies hinchados y la fatiga que me agobia hacen que cada movimiento sea una agonía. Y aún así, debo seguir adelante, buscar refugio, encontrar la manera de sobrevivir otra noche más.
De pronto, una figura familiar capta mi atención, y mi corazón se detiene. Alejandro, erguido y elegante, paseando tranquilamente del brazo de una mujer bellamente arreglada. Mis ojos se llenan de lágrimas al reconocer el vestido que viste, idéntico al que yo usaba con tanto orgullo cuando éramos prometidos.
Una oleada de rabia y dolor me recorre. ¿Cómo se atreve a reemplazarme tan pronto, a borrar nuestros juramentos de amor y fidelidad como si nunca hubieran existido? ¿Cómo se atreve a darle mis pertenencias a una desconocida?
—¡Alejandro! —grito, mi voz quebrada por la angustia.
Él se detiene y me mira con desprecio, sus ojos recorriendo mi deplorable apariencia.
—¿Quién eres tú? —espeta con desdén—. Aléjate de nosotros, podrías estar enferma, no queremos contagiarnos de tus enfermedades o pestes. ¡Fuera, mujer horrenda!
La mujer a su lado me observa de arriba abajo con una mueca de asco.
—Mírala, parece que se está muriendo de hambre y frío —susurra, su tono burlón—. Qué lamentable.
Las palabras de Alejandro caen sobre mí como piedras, sacudiendo mi ya tambaleante ánimo. Siento que las fuerzas me abandonan y caigo de rodillas, un sollozo quebrado escapando de mis labios.
—¿Cómo pudiste? —susurro, las lágrimas corriendo por mis mejillas—. Alejandro, yo... yo te amaba. Teníamos planes, un futuro juntos. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma!
Acaricio mi vientre con desesperación, pensando en el niño que crece dentro de mí, un niño que nunca conocerá el amor de su padre.
—¿Y qué hay de nuestro bebé? —sollozo—. ¿Acaso no significa nada para ti?
Alejandro me mira con frialdad, su rostro una máscara de indiferencia.
—No te conozco, vuelvo a repetirlo, aléjate de nosotros —dice, con absoluta calma—. Vete y déjanos en paz.
La desconocida lo toma del brazo y lo aleja, lanzándome una última mirada despectiva. Observo impotente cómo se alejan, mi corazón hecho pedazos. El mundo a mi alrededor se desvanece, dejándome sola con mi dolor y mi desesperación.
¿Cómo voy a sobrevivir a esta pesadilla? ¿Cómo voy a criar a mi hijo sin el apoyo de él? El mundo es duro, nadie quiere a los bastardos, nadie acepta a una mujer embarazada en mis condiciones. Seré una nada en este mundo. Mis lágrimas fluyen sin control, y me siento desvalida, alejada de todo lo que alguna vez soñé.
Tirada en el suelo, el frío de la plaza cala hasta mis huesos mientras los sollozos sacuden mi cuerpo. El mundo a mi alrededor parece haberse acabado para mí, dejándome sola y sin esperanza alguna.
Los carruajes pasan a mi lado, sus ruedas pisando los trozos rotos de mi vestido que alguna vez fue confeccionado únicamente para mí.
Siento miradas, pero las ignoro, incapaz de enfrentar a nadie más. Quizás son transeúntes que me observan con lástima o repugnancia, juzgando mi patética situación.
Ya no me importa. Nada importa.
Acaricio mi vientre, pensando en el pequeño ser que llevo conmigo, ese hijo que Alejandro ha rechazado sin piedad. No se merecía llegar al mundo en estas condiciones.
Las lágrimas siguen fluyendo sin control, empapando el polvoriento suelo a mi alrededor. Mis sueños de una vida feliz junto a Alejandro se han transformado en cenizas, dejándome sumida en una oscuridad, totalmente perdida.
Permanezco allí, inmersa en mí, sin fuerzas para levantarme y enfrentar el cruel mundo que me rodea. Tal vez, si me quedo aquí el tiempo suficiente, todo desaparezca y pueda encontrar la paz que tanto anhelo.
No me gusta tener estos pensamientos oscuros y perversos. Sacudo la cabeza, no puedo darme por vencida. Tengo que seguir sobreviviendo, debo hacerlo. Aunque el futuro se vea incierto y aterrador, debo encontrar la fuerza para continuar.
No puedo rendirme, no ahora.
Con un esfuerzo sobrehumano, logro ponerme de pie, limpiando las lágrimas de mi rostro. Aún hay esperanza, todavía queda algo de ella.
Limpio furiosamente el suelo asqueroso del bar, mis rodillas doliéndome mientras froto la superficie pegajosa y manchada. El olor a cerveza rancia y cigarrillos me revuelve el estómago, pero no puedo permitirme el lujo de vomitar. Este trabajo, por miserable que sea, es mi única esperanza de estos días.
Mis manos temblorosas se mueven con desesperación mientras restriego con más fuerza, desesperada por terminar rápido y poder encontrar un lugar seco y cálido donde descansar. El dueño del bar me ha prometido una pequeña habitación en el almacén si termino mi tarea a satisfacción. No es mucho, pero al menos será un techo sobre mi cabeza por unas noches.
Paso la escoba una y otra vez, quitando los restos de cerveza y colillas de cigarro de este mundo que parece haberse vuelto en mi contra y mandarme pruebas continuamente. Siento como si mi espalda fuera a romperse en cualquier momento.
Las lágrimas arden en mis ojos, pero me obligo a parpadearlas, concentrándome solo en terminar mi tarea. No puedo permitirme el lujo de la autocompasión, no ahora.
Finalmente, el piso queda reluciente, y me levanto con esfuerzo, mi vientre abultado pesando más con cada día que pasa. El dueño del bar me observa con una expresión cínica, pero para mi sorpresa, asiente con aprobación.
—Bien hecho, muchacha —dice con voz rasposa—. Sígueme, te mostraré dónde puedes descansar.
Lo sigo a través de una puerta lateral, y me encuentro en un pequeño cuarto lleno de cajas y equipos. No es lindo, pero al menos está limpio y seco. Suspiro de alivio y me dejo caer sobre un catre desvencijado, mi cuerpo entumecido por el esfuerzo.
—Puedes quedarte aquí por unas noches —murmura el hombre—. Pero mañana tendrás que volver a trabajar. No toleraré holgazanes.
Asiento en silencio, demasiado agotada para responder. Cierro los ojos, permitiendo que el agotamiento me reclame. Al menos por ahora, tengo un techo sobre mi cabeza y un trabajo, por miserable que sea. Es más de lo que he tenido en días.
Acaricio con delicadeza mi vientre, susurrándole palabras de consuelo a mi pequeño, agradeciendo que sea mi único compañero en esos momentos tan difíciles.
A medida que pasan los días, continúo limpiando incansablemente el bar, mi cabeza gacha mientras froto las superficies llenas de suciedad. Aunque trato de mantenerme enfocada en mi tarea, no puedo evitar sentir las miradas y los comentarios vulgares de los parroquianos que deambulan a mi alrededor.
Algunos se detienen para darme palmadas en el trasero o susurrarme obscenidades al pasar, pero me niego a levantar la mirada o confrontarlos. Debo mantener la cabeza baja y seguir trabajando, no puedo arriesgar este precario empleo que me brinda al menos un techo y un mínimo sustento.
Cierro los ojos, respiro y finjo que no hay nadie a mi alrededor, entregada a mi tarea.
—¡Aléjese de mí! —exclamo, mi voz temblando de ira y miedo.
Siento una mano intrusa acariciando mi muslo. Me sobresalto y me alejo rápidamente, encarando al hombre con una mirada feroz.
El hombre, un individuo ebrio y corpulento, me mira con una sonrisa depredadora.
—Vamos, no te hagas la difícil —susurra, acercándose más—. Sé que lo disfrutarás.
Retrocedo, buscando desesperadamente una manera de escapar, pero el hombre me acorrala contra la pared, sus manos empezando a recorrer mi cuerpo.
—¡Déjeme en paz! —grito, intentando empujarlo—. ¡Socorrooooo!
El alboroto atrae la atención del dueño del bar, quien se acerca con pasos rápidos.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —exclama, mirando con enojo al hombre—. ¡Te dije que no quiero escándalos en mi establecimiento!
El hombre se aparta de mí, gruñendo con molestia.
—Esta mujer empezó a causar problemas —se queja—. Sólo quería divertirme un poco con ella.
El dueño del bar me mira con una mezcla de irritación y desdén.
—Bien, si no puedes mantener el orden, será mejor que te largues de aquí —dice, señalando la puerta—. ¡Fuera, los dos! No quiero más problemas en mi bar.
Me quedo atónita, incapaz de creer que esté siendo expulsada por defenderme. Abro la boca para protestar, pero el hombre me agarra del brazo y me empuja hacia la salida.
—Vamos, zorra, te enseñaré a respetar a los hombres—gruñe, su aliento apestando a alcohol.
Forcejeo con todas mis fuerzas, gritando y pataleando, pero él es mucho más fuerte. En un último acto de desesperación, me suelto y le doy una bofetada con todas mis fuerzas.
—¡No volverá a tocarme, cerdo asqueroso! —chillo con voz temblorosa.
El hombre me mira con furia, levantando su mano para golpearme, pero el dueño del bar interviene, agarrándolo del brazo.
—Te dije que te largues de aquí —sisea observándolo—. Y tú —dice, mirándome con desdén—, más te vale que no vuelvas a causar problemas. ¡Veté de acá y no regreses más!
Empujado por el dueño, el hombre se retira maldiciendo, y yo me quedo sola en la calle, mi corazón latiendo con fuerza y la respiración acelerada. Eso fue aterrador.
Miro a mi alrededor, sin saber a dónde ir, mi único refugio arrebatado por defender mi honor. Levanto la cabeza hacía el cielo un instante ¿Cuándo acabará esto?
Decido emprender viaje y camino y camino sin rumbo, las calles vacías y oscuras a medida que la noche avanza. Mis pies duelen y mi cuerpo está agotado, debo encontrar un lugar donde pasar la noche.
Finalmente, agotada, diviso una estructura elevada que parece ofrecer un poco de resguardo. Me acerco con pasos tambaleantes y me dejo caer debajo del puente, acurrucándome en el suelo frío y húmedo.
A mi alrededor, puedo ver pequeños movimientos y escuchar los sonidos de las ratas y los insectos, pero en este momento, no me importa. Es un lugar donde puedo descansar, al menos por unas horas.
Me envuelvo en mis propios brazos, intentando mantener el calor. Siento el frío calar hasta los huesos y el miedo que me atenaza el corazón, pero trato de ahuyentarlo.
Cierro los ojos, tratando de bloquear todo lo que me rodea. Por un instante, me siento tranquila, lejos de las miradas lascivas y los comentarios ofensivos.
Suspiro con alivio, dejando que el agotamiento me reclame. Sé que mañana tendré que volver otra vez en busca de un trabajo:
—Estaremos bien, mi amor —murmuro—. No te abandonaré, no lo haré.
No puedo evitar pensar en mis padres. Imagino sus rostros preocupados, preguntándose porque no han recibido noticias de mí.
Inevitablemente, la idea de volver con ellos cruza mi mente. Sería un alivio inmenso estar de vuelta en mi hogar, recibiendo su consuelo y su apoyo. Pero entonces recuerdo la difícil situación en la que se encuentran. Ellos también están luchando por sobrevivir en estos tiempos tan duros y no cuentan con los recursos para mantener a una hija embarazada.
Además, no puedo permitir que se enteren de lo que Alejandro me hizo. La vergüenza caería sobre toda la familia, y mi condición de mujer embarazada sin esposo sería un escándalo que no podrían soportar. No puedo convertirme en una carga más para ellos.
Me acurruco aún más, haciéndome pequeña, como si pudiera desaparecer en la oscuridad.
Cierro los ojos y elevo una plegaria silenciosa, rezando a Dios que me brinde la fuerza e imploro su misericordia: "Por favor, Señor, dame el coraje y la esperanza para seguir adelante. Cuida de mí y de mi bebé, y muéstranos la luz al final de este túnel. No me abandones en mi hora más oscura."
Acaricio suavemente mi vientre, susurrando palabras de consuelo a mi pequeño. Juntos, encontraremos la manera de sobrevivir y prosperar, sin importar los obstáculos que se interpongan en nuestro camino, mañana será un día mejor que el de hoy.