MILO 3

2269 Words
Los rizos obscuros de Ariana caen sobre la almohada blanca de nuestra cama. Yace recostada durmiendo mientras sus pestañas obscuras reposan sobre sus pupilas, levanto mi mano para apartarle un mechón de cabello que estorba la apreciación que tengo de su hermoso rostro, y lo coloco detrás de su oreja. Paso mis dedos por su mejilla y recorro con delicadeza el perfilado de su mandíbula. Ella despierta, se remueve por la sensación de mi mano y de apoco comienza a abrir los ojos. No encuentro el brillo en su mirada ni el color ni la sensación de vida en ellos, salvo un par de cuencas vacías que me sobresaltan y me hacen revivir el dolor. Despierto del maldito sueño agridulce, solo para darme cuenta de que mi realidad es más amarga que aquella que mientras duermo se revela en mi subconsciente. De vuelta a la vida de carne y hueso observo la habitación incólume, cada cosa en su lugar sin rastros de polvo o vestigios de que alguien viva aquí. Es como si toda la casa estuviera completamente lista para ser mostrada a un comprador, cosa que si me tienta… en parte. Pero por otro lado, no podría apartarme de el único lugar que parece ser ese nicho de recuerdos, que aunque me atormentan, a veces me dan la paz que necesito para sosegar la desesperación y la necesidad de hacer algo contra mí mismo. Según el psiquiatra que me atiende, necesito estar rodeado de actividades que no me permitan quedarme eclipsado en la autocompasión y el sufrimiento. Lo que me ha llevado a obtener un nuevo ciclo obsesivo compulsivo en mi vida, mantener la casa impoluta es como un pasatiempo para mi cabeza. Pienso luego limpio… Hace cinco meses desde la primera y última vez que intenté suicidarme. Hace siete meses que ella, el amor de mi vida falleció. Desde que salí del hospital tengo a los de un grupo de apoyo saturándome el móvil con mensajes de texto. Quieren que me una a su pequeño club como si eso fuera a ser la solución a todos mis problemas, y aunque el Doctor Kent insiste… no quiero. Me desperezo del largo sueño y reviso el móvil de vieja tecnología pero que al menos me sirve para llamadas y SMS. Como lo sospeché, tengo dos mensajes invitándome a asistir hoy por la tarde al grupo de apoyo. Uno es de Kent y otro es del líder de «Nuevos comienzos» el lugar al que me quieren arrastrar. Los ignoro. Camino hasta la cocina y comienzo mi día con el ritual de siempre preparándome un café n***o y un sándwich con doble jamón. Junto a la cafetera la foto de Ariana reposa adornando el escueto lugar. Saco todo del refrigerador y lo pongo sobre el desayunador, me siento en un taburete y comienzo a preparar todo. Justo cuando termino de hacer el emparedado el café está listo. Desayuno en silencio, uno que ensordece y molesta. Puedo oír cada mordida que doy al desayuno y es incluso incómodo para mí. Me permito pensar en ella, en el día que tomé esa foto. Estaba nublado por las recientes lluvias y fuera hacía frio, el viento otoñal había hecho de las suyas y miles de hojas amarillentas cubrían el suelo de cualquier lugar a donde miraba. Ese día en la mañana el médico nos habló para pedirnos que fuéramos de inmediato con él. El diagnóstico que nos dio era irreversible e incurable, yo me sentí morir en ese momento, ella tenía esperanzas. No dijo nada sobre el hecho inevitable que ella iba a morir, no, todo lo contrario. Al salir de ahí actuó tan normal, me pidió que la llevara a desayunar, lo hice. Luego me pidió que fuéramos por un helado, lo hice. Ella pidió de arándanos, yo pedí de queso con moras. Después me pidió que fuéramos a hacer las compras de la alacena, fuimos. Ella actuaba como si no nos hubieran dado la segunda peor noticia, no, la primera. Si llegué a pensar una vez que la peor noticia era que nunca pudiéramos tener hijos, esta lo supera por mucho. Hubiera preferido toda una vida sin hijos pero con ella. Ya hechas las compras me pidió que fuéramos a comer alitas, yo le dije que eso no era alimento sino una deliciosa botana. Todo el camino a «Hot alitas» discutimos sobre si era un alimento o una botana. Al llegar ahí nos sentamos en la misma mesa de siempre y comimos hasta hartarnos. Ella quedó llena, yo también. De camino a casa pasamos por un parque tapizado por los restos del otoño, me pidió parar y yo solo podía obedecer a todo lo que ella me dijera, era como su fiel eunuco siguiéndola a todos lados esperando el momento para servirla, porque ella era mi reina. Me llevó hasta los juegos y me arrastró con ella hasta que me convenció de jugar y de subirme a un columpio. Ella reía mucho, yo no. En un momento de cansancio por el ir y venir del día fue y se tumbó junto a un árbol admirando el cielo, mientras las hojas caían parsimoniosas hasta adornar sus cabellos. La imagen era perfecta, yo solo quise robarle ese momento al presente y tratar de encuadrarlo para capturarlo en la eternidad. •*'¨'*•.¸¸.•*¨*•.¸¸❤¸¸.•*'¨'*•.¸¸.•*¨*• De vuelta al trabajo todo ha sido un suplicio, las miradas cargadas de lástima, los murmullos cuando me ven pasar y piensan que no me doy cuenta. Aún las miradas que no me dan cada que bajan la cabeza por no saber cómo reaccionar. Todo ha pasado de ser incomodo a vergonzoso, no solo por el hecho de saber que mi esposa falleció, sino que yo mismo intenté terminar con mi vida. Realmente las personas no están preparadas para saber cómo actuar ante estas situaciones. Yo mismo no sabía qué hacer cuando volví al mes de que Kent me dio de alta. El saber que debía volver, más por voluntad propia que por obligación me era difícil no solo por no saber cómo se la tomarían mis empleados, sino porque sabía quería que seguir adelante sin ella y no sabía cómo hacerlo; bueno, aun sigo sin saberlo. Me estaciono en el lugar de siempre, fundé esta compañía cuando apenas tenía veinte años. Muchos me tildaron de loco pero sabía lo que quería hacer y lo hice. Es una empresa pequeña de refacciones, autopartes y servicio automotriz en constante crecimiento, ni siquiera eso me motivó en su momento para detenerme, en realidad nunca pensé en eso. El trayecto de la entrada a mi oficina es un suplicio y solo trato de ignorarlos, todos reaccionan ante mi apatía por saludar excepto Diego. —Hola, Milo —me da una palmada en la espalda—. ¿Ya viste que el día esta como para irnos a la playa? Camina por delante de mí solo para entrar antes a mi despacho y abrir las ventanas. —Sí, ya veo que es un día soleado —digo cortante—. ¿Tienes el corte de caja de anoche? Intento cambiar la conversación. No lo logro. —Sí —responde con una sonrisa estúpida en su cara—, y también tengo para ti esto. Levanto la cabeza solo para mirar que trae en una mano un bloqueador solar y en otra un par de sombreros. —¿Qué mierdas significa eso, Diego? —el nota la molestia en mi voz, pero ni se inmuta. —Solo puede significar una cosa, día libre —hace una bailecito al mero estilo de Van Damme en Kickboxer—. Además hoy es mi cumpleaños y me lo merezco. Eso es golpe bajo. Me siento un poco culpable por haberlo olvidado pero en estos días no tengo cabeza para otra cosa que no sea trabajo y el recuerdo de Ari. —De acuerdo, eres libre de irte. Soy lo más cortante que puedo y ni así detiene su alegría. —Ok, me iré pero tú vienes conmigo —abre la puerta y me invita a salir—. Tómalo como un regalo de cumpleaños extra para mí. —Te estoy dando el día libre, ese es tu regalo de cumpleaños —entrecierro los ojos. Con él no se puede. —No, tú me das el día libre porque me lo merezco —tiene razón—. Así que mi regalo sería que salieras conmigo. Froto mi cara con ambas manos en señal de rendición porque sé que si no voy con él me estará jodiendo todo el día, toda la semana, mes y quizás toda la vida. —De acuerdo, tu ganas —me levanto a la vez que guardo el portátil en la mochila. —Deja ese portátil, nada de trabajo por hoy. Sale sin decir nada más y se dirige a uno de los otros supervisores de la tienda, imagino que para dejarle algunas instrucciones. No le hago caso y termino de guardar algunos documentos en la mochila. Salgo de la oficina y le digo a Amy que me mande por correo todos los pendientes. Firmo algunos cheques para depositar y alcanzo a Diego que yace despidiéndose de todo mundo como si fuera a volver. —Hasta mañana, chicos —alza los brazos y comienza a lanzarles besos a todos, tanto clientela como empleados—. No lloren por mí, mañana regreso. La gente del lugar se despide de él con el mismo entusiasmo con el que les habla. Yo nunca podría causar ese tipo de reacción en las personas. Soy un muerto en vida. Ni siquiera sé porque se esfuerza en hacerme salir de mi zona de confort… es un maldito grano en el trasero. —Venga Diego, apresúrate. No tenemos todo el día para que te despidas. Camino directo a mi camioneta y me subo. Él me sigue detrás con una bolsa cargada de sabe dios que cosas. Cuando se sube saca su teléfono y pone música, yo me pongo en marcha mientras que mi querido acompañante comienza a sacar todas las cosas de la bolsa. —¿Qué tanta mierda traes ahí, Diego? —Salgo del estacionamiento y tomo la avenida principal. —Unas bermudas, sandalias, toallas, bloqueador, sombreros… —dejo de oírlo. El sigue murmurando un sinfín de cosas por hacer pero que en realidad a mí no me llaman en absoluto la atención. Es un vacío el que siento que no importa lo que diga, lo que haga o lo que piense, todo lo hago como en modo automático. Al final Diego se rinde por un breve instante y noto que se queda mirando por la ventana, realmente él no tiene por qué pagar el que yo me sienta o comporte. Él no tiene la culpa. —¿Qué vas a querer almorzar? —hago el esfuerzo por no cagarla, y parecer normal—. Yo aun no desayuno —miento. Me mira de reojo y me ignora. —Ok, si no quieres hablar es mejor que volvamos a la oficina. Le doy un ultimátum a pesar de que soy yo el que se comporta como el peor amigo. —Ya, vale. Tampoco he desayunado, vamos aquí cerca —señala la siguiente calle—. Dobla a la derecha y avanza dos calles más. Hay una señora que tiene un puesto de tacos, riquísimos. Se chupa los dedos como si ya los estuviera saboreando. —Sabes —intento verlo mientras conduzco pero está jugando alguna mierda en el celular—, a veces pienso que eres un adolescente de catorce años en vez de uno hombre adulto de veintiocho enamorado de la comida mexicana. —Quizás… Avanzo por las calles y me estaciono frente al famoso puesto. Ya no decimos nada y bajamos a comer. El lugar es limpio y la carreta de tacos esta fuera, pero frente a ella está el local con mesas y sillas para los comensales. Decorado con un ambiente rustico y campesino que te trasladan a cualquier casa de campo que te puedas imaginar. Nos sentamos en una de las mesas desocupadas y esperamos a que nos tomen la orden. Diego, una vez más es esclavizado por el móvil y no lo deja. —Deberías de guardar eso —señalo el cacharro sofisticado—. Mejor dime a donde iremos. —¿Como que a dónde? —Me mira confundido—. Es claro que no oíste una sola palabra de lo que te dije cuando nos subimos a la camioneta. —Me descubriste… pero podrías repetírmelo. —Le hago morritos—. Por favor. —Vale, te digo. Esta por contarme cuando se acerca una señora a tomarnos la orden. —Yo voy a querer una orden de tacos al pastor y una coca cola. Por favor. Es claro que Diego ha venido antes porque ni se inmuta en preguntar de que son los tacos. —A mí me trae lo mismo. Tengo hambre. La señora se retira y él vuelve a decirme los planes que tan cuidadosamente organizó. Después de almorzar, salgo de la ciudad y tomo la carretera a la playa. No se tarda mucho en llegar pero el entusiasmo de mi amigo me agobia. Simplemente me esfuerzo por parecer feliz aunque no lo sea, me repito una y otra vez que él no se merece que le arruine el día, por eso me esfuerzo. Me esfuerzo por estar alegre… pero no puedo.
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