3.MAYA

2207 Words
El inicio de mis primeras vacaciones del año son lo que yo llamo la entrada. Es como cuando vas a comer y te dan tres platillos, la entrada, el plato fuerte y el postre. El primer y segundo día son mi entrada por lo que decido tomármelo con calma, limpiar el departamento, dormir hasta tarde y dar alguna vuelta por ahí. Hoy es el segundo día así que duermo hasta tarde… muy tarde. Es medio día cuando me levanto. Camino con la mayor flojera del mundo y me como un cereal. Abro las ventanas de la sala y me doy cuenta de que el día es soleado y caluroso. Perfecto para un coctel en la playa, pero no sola. Llamo a mi mejor amiga, Dakota y quedamos en vernos a las dos en el restaurante de siempre. Tengo tiempo de prepararme y alistar las cosas. A la una salgo del departamento y me subo a «Raven», el Honda Civic 2010 n***o que mi padre me regaló cuando me vine a vivir a San Francisco. Fue difícil para mí encontrar un departamento acorde a mis necesidades y mi presupuesto, pero al cabo de un año logré encontrar lo que buscaba. En una ciudad tan grande y cara con esta es muy difícil encontrar un buen departamento a un precio accesible, sin embargo los hay. Ahora vivo en Castro y es muy cómodo para mí, no pienso vivir en ningún otro lugar que no sea aquí. Abro la ventana de mi lado y dejo que el viento entre regalándome una sensación de libertad. Con mi cabello rubio suelto y unos lentes RayBan me adentro en el tráfico y me permito no pensar en trabajo, disfrutar del paisaje, el clima y el viento… más del viento. Al ritmo de One Republic tomo la noventa y dos hasta llegar por fin a mi destino Cuando llego al restaurante, busco a Dakota pero aún no llega. Es normal que siempre se le haga tarde. Pido una mesa para dos y me siento a esperarla. Reviso la carta y voy pidiendo una cerveza corona para empezar junto con unos chiles caribes rellenos de camarón. Justo me sirven cuando Dakota atraviesa la puerta… pero no viene sola. Maldita sea. —¡Guapa! —extiende los brazos para abrazarme—. Debí imaginar que como siempre llegarías temprano. La abrazo, a quien no le daría gusto ver a su mejor amiga después de casi seis meses de no verla. Nuestro horarios de trabajo nunca concuerdan y eso lo hace difícil. —¡Dakieee! Me da mucho gusto verte. Le doy un par de besos y la giro en su lugar solo para comprobar que siga completa. —Te ves muy guapa hoy —le refiero, yo ando en short de mezclilla y una blusa de tirante con sandalias, ella viene de vestido veraniego. Ella sonríe y se gira para presentarme a las moscas… o acompañantes. —Mira Maya, —jala a un chico de cabello rubio como el mío de ojos verdes, alto, muy alto— te presento a Diego. Mi novio. ¿Novio? Ni siquiera lo sabía, me siento un poco olvidada. —Mucho gusto, Maya. Soy Diego —este me regala una sonrisa y me saluda de beso. —Igualmente —respondo el saludo lo más cordial que puedo. Trato de ocultar que me incomoda tener que compartir mi tiempo de «chicas» con un par de desconocidos. Yo que quería ponerme al corriente con Dakota, menuda forma de contarme las cosas. El otro hombre que los acompaña yace distraído admirando el lugar con un ridículo sombrero de paja que cubre su rostro. Aunque si puedo decir que es alto. —Maya, él es mi mejor amigo, Milo —Al instante reconozco el nombre, Diego llama la atención de su acompañante y este gira a verme—. Milo, ella es Maya, la mejor amiga de Dakota. Me gustaría decir que sentí fuegos artificiales en mi interior cuando lo vi, pero no fue así. Sentí nervios, muchos nervios. Una vez que le pasé el paciente a Greyson por mi bien emocional evité a toda costa verlo en su habitación hasta que fue dado de alta a las dos semanas. Milo no me reconoce puesto que las únicas veces que coincidimos él estaba sedado o confundido, y yo estaba tratando de que no muriera o huyendo de la habitación. Él no estira su mano, solo asiente y susurra un escueto «mucho gusto». Saludo con la cabeza desde mi lugar y tomo asiento. Dakota y sus acompañantes hacen lo mismo. La muy malvada deja que su amigo se siente aun lado mío dejando su raro sombrero en el respaldo de la silla y ella toma lugar al otro, quedando Diego frente a mí. —¿Y hace mucho que se conocen? —pregunto casual tratando de saber más de ellos y por qué Dakie lo mantuvo en secreto. —Sí, bueno no tanto —responde Diego por mi amiga—. Hace como cinco meses. —Ah… Es todo lo que logro decir antes de darle un sorbo a mi cerveza. En realidad todo es completamente incomodo, así que dejaré que esta vez Dakota lleve la conversación… o Diego. —Perdona que no te avisara antes, pero es que —ella señala a su novio—. Diego está de cumpleaños y ya habíamos quedado en vernos para cenar. Cuando le mandé mensaje de que vendría acá contigo y casualmente ellos ya tenían aquí un par de horas así que se me hizo fácil invitarles, espero no te incomode. —Ah mira, ¡Muchas felicidades! Que coincidencia… —Si que lo es —murmura Milo por lo bajo. Nadie le escucha pero yo sí y no tengo la menor idea de a que se refiere. —¡A que sí! —Dakota emana felicidad—. Si lo hubiésemos planeado no hubiese salido tal cosa. —Tienes razón, amor. —El novio le hace un cariño en la nariz pecosa de mi amiga. —Bien, ya tengo hambre —dice Milo a la vez que hace una seña al mesero—. Nos puede traer las cartas por favor. El mesero por arte de magia asiente a la vez que se las pasa. Todos comienza a leerlas mientras que yo me mastico uno de los deliciosos chiles rellenos. —¿Gustan? —pregunto con la boca llena, pero tratando de que no se note. —Yo paso —responde el novio de mi amiga. —Yo si quiero —dice ella a la vez que toma uno. —¿Puedo? —pregunta Milo. —Claro, adelante. Le paso el plato para que tome uno y me doy cuenta de que no es timidez lo que tiene, es inseguridad. No me sostiene la mirada y la agacha cuando trato de hacer contacto visual. Supongo que es normal luego de todo por lo que ha pasado. Además está el hecho de que no había dicho palabra alguna con tono normal hasta que dijo que tenía hambre. Tomo una de las cartas para verla, estoy entre un molcajete o un ceviche de sierra. El par de tortolitos enmelados revisan la carta para que van a pedir, seguro quieren algo diferente para comer del plato de otro. Yo y mi eterna indecisión no terminamos de elegir cuando llaman de nuevo a mesero. —A mí me traes una orden de chicharrones de pescado y una corona —pide Diego—. Y para la dama unas tostadas de salmón y otra corona. Por favor. ¿Dama?... sí que está enamorado. El chico que atiende la mesa anota todo con gran habilidad. —A mí me traes una orden de mariscos fríos, por favor —le pide Milo. El chico nos mira a todos y yo por un breve momento me pierdo pero luego comprendo. —Milo, verás. Es que esa orden es para dos o tres personas —intento con las manos dar la forma a un plato muy grande—. Es como de este tamaño. —Exactamente —señala el chico. —Oh, ya veo. Milo nos mira de nuevo a todos y toma la carta. Su mirada perdida viaja en el menú sin realmente ver algo en específico. —¿Te importa si compartimos? —pregunto para librarme de mi indecisión y del bochorno que de apoco se forma en rojo por sus mejillas. —No hay problema. Me sonríe, una sonrisa pequeña. Una sonrisa triste. —Entonces que sea eso —giro a ver el mesero que no ha quitado su mirada impaciente—. Una orden de mariscos fríos, dos coronas más, una orden extra de totopos y otra orden de chiles rellenos, por favor. Para Dakota es normal que yo coma mucho, cuando puedo. Para este par de chicos no. Ambos me ven con cara de sorpresa pero se sobreponen enseguida, excepto el mesero que irónico se atreve a preguntar si ocupo algo más. —No, por el momento es todo. Gracias. Y de esta manera comienza mi calvario. Maldita Dakota me obliga a socializar más allá de los confines de mi trabajo. —Y dime, Maya, ¿a qué te dedicas? —la pregunta del millón se la debemos a Diego. —Algunas cosas por aquí, otras por allá. Respondo escueta pues si algo sé es que los hombres son unos patanes en su mayoría, se asustan muy fácil o tratan de presumir cuando conocen una mujer que tiene un buen puesto en el lugar que sea. —¡Ay, Maya! No seas modesta —Pateo a mi amiga por debajo de la mesa, dándole a entender que se calle pero no lo hace—. Es jefa de urgencias en el hospital general. Ella presume por mí. —¡Eso es genial! —responde efusivo Diego—. Yo conozco ese hospital, hace unos meses estuve ahí en varias ocasiones. Me imagino por qué, pero no digo nada. —¿Sí? ¿Te pasó algo? —inquiere la novia imprudente… Él sabe que la ha cagado, Milo sabe que la ha cagado y yo también lo sé, aunque ellos no saben que yo sé. Yo no suelo cambiar las conversaciones pero creo que es lo mejor. Su amigo pone una mano sobre su frente y pretende que se puede esconder detrás de ella. —¿Y tú a que te dedicas? —Dakota me ve como preguntándose porque he ignorado su comentario, pero no me importa. —Yo, soy gerente de un tienda de refacciones y autopartes. Ahora él presume. —Sí, y él —mi amiga señala al hombre sentado a mi lado— es su jefe. —No solo es mi jefe —Diego palma en la espalda a su camarada—, es mi mejor amigo y es el dueño de la tienda. Lo que veo a continuación me aclara el papel de cada uno de estos como amigos. Diego presume de su puesto y esta orgullo de estar en él, pero no así su amigo. Al contrario parece que le avergüenza que las personas lo sepan. Es claro que son la antítesis uno del otro. Milo no dice nada y solo nos regala una sonrisa forzada pero yo trato de restarle importancia y que de esta manera no se sienta cohibido. Quizás le ha pasado que las personas se acercan a él por conveniencia, o quizás no. —A mira, que bien. Los chiles llegan y de inmediato me como uno, para después darle otro trago a la cerveza. Lo que sigue a continuación son un par de trivialidades, en su mayoría dichas por el par de novios. Tanto yo como Milo nos dedicamos a seguirles la charla lo mejor que podemos. Al cabo de unos minutos la comida llega y degustamos los manjares marinos dispuestos en la mesa para nosotros. Terminamos comiendo todo e incluso pedimos dos órdenes de tostadas de sierra para probarlas. Diego es un auténtico parlanchín y entiendo cómo es que encaja tan bien con Dakota, con la cual aún tengo una charla pendiente. Entre cervezas y comida decidimos ir a dar un paseo por la playa y disfrutar de lo que queda de la tarde. Milo se ofrece a pagar la cuenta pero no lo dejo y pago la mitad de ella. Al salir del restaurante mi amiga y su nuevo novio se toman de la mano pasando por enfrente de nosotros guiando la caminata. Yo les sigo detrás cargando un pequeño bolso y Milo a su vez detrás de mí poniéndose de nuevo el sombrero ridículo. Les pido que me esperen y corro a mi auto, Diego se acerca también a una camioneta. Cuando vuelvo a donde están ya cargando mi mochila y mi Nikon veo que ellos también fueron por sus mochilas. Una vez más los novios caminan por delante de mí ignorando que vengo detrás y aprovecho para sacarles una foto, cuando giro a buscar a Milo yace perdido parado por un lado del camino en la orilla del balcón mirando hacia el mar, preparo la cámara y le tomo una foto, en eso el voltea y me sorprende haciéndolo. Sonríe, una autentica sonrisa y yo lo fotografío de nuevo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD