4. MILO

1282 Words
Pareciera que el destino me juega una estúpida broma al llevarme al restaurante donde por primera vez Ariana y yo nos dijimos te amo. No es que no lo supiéramos, si lo sabíamos, pero nunca estás completamente seguro hasta que la persona que amas te lo dice también. Al llegar no pude dejar de notar las diferencias del lugar, aunque está casi igual a excepción del mobiliario y alguna que otra decoración. A pesar de mi renuencia de estar aquí hago un esfuerzo extra solamente por Diego, pero siendo sincero conmigo mismo tanto la novia de Diego (de la cual nunca deja de hablar) y su amiga hacen la pequeña reunión algo más llevadera. Esta última me parece conocida, pero no logro recordar de donde, quizás la vi en el hospital mientras estuve ahí o cuando Ari estuvo internada… quizás. Ella no pareció conocerme por eso me hace dudar de que sea de ahí de donde la conozco y si no es así, supo disimular bien que si sabe quién soy. De una o cualquier forma no importa, el sitio está impregnado de recuerdos a mi bella y difunta esposa, los cuales me hacen rememorarla una y otra vez mientras todos hablaban. Todo fue de mal en peor cuando salimos del restaurante y pude divisar el mar y cielo en todo su esplendor haciéndome recordar la primera vez que me dijo que estaba embarazada, lo cual hizo que por un breve momento pudiera sentirme feliz con tan hermoso recuerdo. Lo que no esperaba era que Maya me tomara de sorpresa al fotografiarme. Eso me hizo sentir en breve molesto y no sé por qué, ya que no noté segundas intenciones de ella hacia mí. Y aunque las hubiera, en mi vida volvería a pensar en alguien como una vez pensé en Ariana. Ella fue y será siempre el amor de mi vida. —Disculpa, no era mi intención incomodarte —pide la doctora al ver como cambie mi sonrisa por un ceño fruncido—. Te vi ahí parado y me pareció una imagen perfecta. Sonríe con vergüenza y sé que ella no lleva culpa en mis cambios de humor pero tampoco es quien para tomarse la libertad de fotografiarme. Sin embargo con tal de no alargar una conversación incomoda decido ser cortante. —Está bien —respondo cortante mientras le paso por un lado para alcanzar a los chicos. Trato de llegar a ellos para que la chica no me saque charla. No es que me caiga mal, no, pero no tengo ánimo de entablar una conversación. En realidad no tengo ánimos de nada. Giro un poco la cabeza para ver si me sigue y no lo hace, se ha ido a parar justo donde yo segundos antes estuve parado y suspira cuando observa lo mismo que yo. Ahora es ella quien sonríe y de nuevo comienza a capturar el panorama. La dejo de ver solo porque sé que se siente no tener esa privacidad que otorga la soledad. Sigo andando detrás de los chicos y saco el pequeño móvil donde encuentro otro mensaje del dichoso grupo de apoyo. Pueden ser insistentes cuando se lo proponen. —¿Y, siempre iras hoy? —Diego se acerca cuando nota mi cercanía. —No creo. —¿A dónde va a ir? —pregunta la metiche de su novia. —A ningún lugar —respondo una vez más cortante y me adelanto a ellos. Camino por delante rebasándoles en un completo silencio, las pocas personas en la playa en su mayoría están tomando el sol. Me les uniré con gusto. Por inercia camino hasta donde solíamos acampar Ariana y yo, sin dejar de pensar como seria si ella estuviera aquí en este momento. —Este lugar es perfecto —dice Maya parada junto a los chicos. Ni cuenta me di que nos alcanzó. —¡No! —me niego justo cuando están por quitarse las mochilas—. Vayamos más adelante, hay un lugar donde hay unas piedras y mayor privacidad. Todos me ven con sorpresa ante mi impulsividad pero no me importa. —Vale, vayamos allá —esta vez responde Diego. Siempre tan comprensivo… Andamos todos en silencio o eso creo, en realidad no les tomo atención. Las olas llegan hasta la orilla de la playa y unas cuantas huellas que antes dejé fueron borradas. ¿Será que así es la existencia? En un momento estas aquí en la tierra dejando huellas por donde caminas, y en un abrir y cerrar de ojos todo es borrado por algo. Una ola de ansiedad o de tristeza que llega hasta que consume todo de ti, eliminando así todo rastro de humanidad en tu interior y ponerle fin a esta efímera existencia. —¿Estas bien? —no es la voz la que me saca de mis cavilaciones, es el tacto de la mano de Maya en mi hombro la que me sobresalta. Ni siquiera me di cuenta de que dejé de caminar y me quedé mirando la orilla de la playa. —Sí, claro. Me aparto de inmediato de ella y me giro hacia donde los novios ya están acomodando sus cosas para ir hacía allá. Pero de nuevo ella me detiene. —No, no lo estas —afirma con mucha intensidad, y yo me giro a verla con enojo. Como si en realidad me conociera. —No lo puedes saber, no me conoces —le reto. No a conocerme, si no a afirmar que no es quien para meterse en mi vida. —Cierto, no te conozco —me mira con molestia—. Pero no es necesario hacerlo para ofrecer mi ayuda, pero para aceptarla primero debes reconocer que la necesitas. ¿Quién mierdas se cree esta chica para estar molesta conmigo? Y aparte de todo se cree mi psiquiatra… Me toma apenas unos segundos en cuadrar todo para reconocerla. —A lo mucho me has visto ni una hora y ya te crees con el derecho de sermonearme. Que me hayas salvado la vida, cosa que no te agradezco, no significa que puedas irrumpir en ella solo porque sí. Ella sabe que yo sé, y yo sé quién es ella. Todos en el hospital estaban totalmente eufóricos cuando desperté, emocionados y felices de haber salvado una vida, lo que no sabían es que yo no quería ser salvado. Aun así en medio de toda esa alegría, el ir y venir del personal médico me mostraron la fotografía de «mi salvadora». Quien diría que meses después me la encontraría. —Quizás tengas razón, pero no te pido agradecimiento. Solo que aceptes ayuda y si no lo haces cumplirás al final el propósito que quisiste alcanzar antes, serás un muerto en vida. Ella me reta con la mirada, no hay lastima en sus ojos, no hay compasión. Ella juega ser mi juez y yo por supuesto soy el verdugo que se auto flagela. Al ver que no pienso responderle se marcha, yo la sigo con la mirada notando las huellas que va dejando a su paso y que entre más camina en dirección contraria al mar, las olas menos alcanzan a borrarlas. Quizás eso es lo que necesito, caminar en dirección contraria al actual lugar en donde mi vida se encuentra, o quizás es lo que debo pero no quiero. Me uno a los chicos quienes ya están en sus trajes de baño. Dejo mi mochila y saco un tapete para sentarme sobre él, saco uno de mis libros de economía y me pongo a leer. Los demás parecen disfrutar del día y me da gusto por Diego, su antigua novia fue un dolor de cabeza. Ya es hora de que sea feliz.
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