El trayecto en tren hacia la oficina satélite de la editorial en las afueras de Londres fue el primer acto de voluntad propia que ejecuté en años.
El vagón olía a café recalentado y a periódicos húmedos.
Me pegué a la ventanilla, observando cómo el paisaje urbano de ladrillo gris se transformaba lentamente en el verde empañado de los campos de Surrey.
Llevaba puesta una gabardina color arena y mis auriculares canceladores de ruido.
No escuchaba música; solo buscaba el silencio.
Necesitaba que el eco de la voz de Victoria se extinguiera por inanición.
En mi bolso, el teléfono seguía apagado.
Había decidido que la "desaparición" que Zoe sugirió no sería un acto de despecho, sino de supervivencia.
Si no escuchaba las notificaciones, los mensajes de Oliver no existían.
Si no veía sus disculpas mediocres, no tenía que gastar energía en perdonarlo.
Llegué a la pequeña sede de la editorial cerca de las diez de la mañana.
Era un edificio antiguo, una antigua imprenta de techos altos y vigas de madera vista que albergaba el archivo y el departamento de ediciones especiales.
Mi jefe, un hombre que medía el éxito en la calidad de la encuadernación y no en los seguidores de i********:, me recibió con un asentimiento breve.
—Mila. Me alegra que hayas aceptado el traslado temporal.
Necesitamos a alguien con buen ojo para la colección de invierno —dijo, señalando una pila de manuscritos sobre un escritorio de roble que parecía haber sobrevivido a dos guerras mundiales.
Me senté y, por primera vez en tres días, sentí que mis pulmones se expandían por completo. Nadie aquí me miraba evaluándome.
Nadie esperaba que fuera el accesorio perfecto para una cena de gala.
Era simplemente Mila, la editora que sabía distinguir un buen arco narrativo a un kilómetro de distancia.
Me sumergí en el trabajo con una voracidad casi violenta. Tachaba adjetivos innecesarios, corregía estructuras y buscaba esa chispa de verdad en los textos ajenos que me faltaba en mi propia vida.
El trabajo era mi anestesia.
Sin embargo, a media mañana, la puerta de la oficina de archivos se abrió y entró alguien que no pertenecía al ecosistema de bibliotecarios y correctores de estilo.
Era un hombre alto, con una contextura sólida que llenaba el espacio de una manera natural, sin pedir disculpas.
Llevaba unos vaqueros oscuros manchados, y una camisa de lino azul con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y curtidos por el trabajo físico. Su cabello era oscuro y algo rebelde, como si hubiera pasado las últimas horas peleando con el viento.
Se detuvo frente al mostrador, buscando algo entre los estantes de libros antiguos.
Yo levanté la vista, atrapada por la forma en que se movía.
—Busco los planos originales de la biblioteca de St. Jude —dijo. Su voz era profunda —. Me dijeron que la editorial los guardaba en el archivo histórico para una futura edición.
Me aclaré la garganta, sintiendo una extraña punzada con la intensidad de su mirada. Sus ojos eran de un marrón oscuro, casi cobrizo, y me observaban con una curiosidad directa.
—Esos planos están en la sección de cartografía, al fondo a la derecha —respondí, señalando hacia el pasillo de madera—.
Pero están bajo llave. Necesitas una autorización del director de arte.
Él sonrió, una sonrisa lenta que no llegó a ser arrogante, sino más bien cómplice.
—Soy Dante.
El arquitecto encargado de la restauración —dijo, extendiendo una mano grande y cálida—.
Y sospecho que el director de arte está almorzando, así que me preguntaba si una cara amable podría hacerme el favor de ahorrarme una hora de espera.
Me quedé mirando su mano un segundo antes de aceptarla.
Cuando nuestras palmas se tocaron, sentí una descarga eléctrica, un recordatorio de que mi cuerpo aún estaba vivo, a pesar de mis intentos por enterrarlo bajo capas de tristeza.
Su piel era áspera, la piel de alguien que construía cosas con sus manos.
—Soy Mila —dije, retirando mi mano con una rapidez que delató mi nerviosismo—. Y las reglas de archivo son estrictas por una razón, Dante.
Él se apoyó en el borde de mi escritorio, invadiendo sutilmente mi espacio personal, pero de una forma que no me hizo sentir pequeña, sino... rara.
No me miró como si fuera un problema . Me miró como si fuera la persona más interesante que había encontrado en todo el día.
—Las reglas son solo sugerencias para personas sin imaginación, Mila —replicó él, bajando un poco la voz—.
Y tú tienes cara de tener mucha imaginación. ¿Me equivoco?
Me sorprendí a mí misma esbozando una sonrisa.
Era la primera vez que sonreía en dias.
Había algo en su energía, algo sólido y sin pretensiones, que me hizo bajar la guardia por un instante.
—Te equivocas.
Soy editora.
Mi trabajo es, precisamente, poner orden en el caos de la imaginación de otros —dije, levantándome de la silla—.
Pero... da la casualidad de que tengo la llave maestra porque estoy organizando la colección histórica.
Sígueme.
Mientras caminábamos hacia el fondo del archivo, sentí su presencia detrás de mí.
Por un segundo, olvidé a Oliver, olvidé a Victoria y olvidé la balanza que solía atormentarme cada mañana.
Solo existía el crujido de la madera bajo nuestros pies y el aroma a papel viejo y a algo que solo podía describir como "tierra después de la lluvia" que emanaba de él.