—¡Otro hombre! ¿Qué otro hombre? —Quizás Duncan Forbes. Ha sido amigo nuestro toda la vida. Y es un pintor bastante conocido. Y le gusto. —¡Pero leches! ¡Pobre Duncan! ¿Y él qué va a sacar de todo esto? —No lo sé. Pero hasta puede que le guste. —Puede, ¿verdad? Pues es un bicho raro si le gusta. Pero si tú nunca has tenido una aventura con él, ¿o me equivoco? —¡No! Pero tampoco creas que le importa. Le encanta que esté a su lado, pero no que le toque. —¡Dios mío, qué generación! —Lo que más le gustaría es que posara para él. Pero me he negado siempre. —¡Que Dios le ampare! Pero de ese aspecto de piltrafa puede esperarse cualquier cosa. —Pero no te importaría tanto que las habladurías se refirieran a él. —¡Dios, Connie! ¡La cantidad de puñeterías que se te ocurren! —Lo sé. Es rep

