—¿Y tú por qué siempre estás a la defensiva? —rebatió él y sonrió con nervios. —¿Por qué no?. —Te lo dije esta mañana en la universidad: no soy tu enemigo, Fabiana. Ella soltó un suspiro y pensó que tal vez sí estaba exagerado un poco, al estar tan prevenida. —¡Lo siento!... Es que no estoy acostumbrada a esto y... —No te preocupes... Yo entiendo —interrumpió el rubio—. Aquí cerca venden unas hamburguesas deliciosas, ¿Vamos? —insistió. —De acuerdo, vamos —respondió ella y el ojiverde le extendió su brazo, el cual la chica tomó y caminaron unas cuadras, hasta que llegaron a la hamburguesería. —Hola, doña Esther —saludó el joven, a la mujer encargada del negocio. —Hola, Thiago... ¡Que gusto tenerlos por acá! —respondió ella, como siempre tan formal. —Le presento a Fabiana, una compa

