1. Mi jefe

1840 Words
Trabajar. Una conducta humana totalmente necesaria al ser mayor de edad y obviamente llegar a la adultez. Siempre quise hacerlo, desde chiquita anhelaba poder ayudar en casa y ganar dinero de alguna forma. Me gustaba trabajar, excepto por la pequeña línea en mi historia que dice "no tener más que un puesto de asistente y no estar optando por nada más" actualmente es eso a lo que me dedico. Quizá porque no he optado por algo más alto, o no he visto más allá de estar junto a Eduardo todos los días. O por la sencilla razón de que, no quiero alejarme tanto de él y todos los conocimientos y lecciones que me enseña a diario. Eduardo. Mi jefe y la persona más insoportable de toda la empresa. Aunque, no me refiero a insoportable fastidioso y molesto, o quizá si un poco, pero, el punto es que, estoy cómoda en mi puesto de trabajo como su asistente. Y tal vez ese sea un gran problema, porque debería de optar por algo mejor y menos... Cansado. Más lejos de él. Yo, por mi parte ahora mismo estaba corriendo como una loca por todas las oficinas de la empresa intentando llevarle un ridículo café a la señorita de la cual está enamorado, o cortejando que se yo. Todo este tema estaba dándome dolor de panza y haciéndome rodar los ojos por ser yo, quien haga el papel de cupido, como si tuviese algún interés en establecer estás relaciones entre ambos. Yo solo sigo sus órdenes de llevarle un café todos los viernes a las ocho en punto a tal señorita, y podría decir que en contra de mi voluntad. Desde que me había ordenado hacerlo hace unas semanas yo era la que más había sufrido, aparte de todo el desastre que dejaba a mi paso por llegar tarde algunos días. Me valía tres kilos de madera lo que sucediera entre ellos, pero usarme a mí como cupido ya era demasiado. Ni siquiera sabía si en realidad tenían algo... - Ada, deja de correr por los pasillos tan temprano - grito Yuli desde su puesto de trabajo atrayendo unas pocas miradas, desde un pequeño cubículo junto a la puerta de la señorita Gen. De la que el jefe estaba...Lo que sea que estaba de ella. Pero allí era donde se encontraba la dueña del café por el cual yo corría por la empresa con el cabello alborotado. Un pavo real se quedaría corto junto a mí. - Se te ven los calzones cada vez que brincas como una vaca enloquecida por todos lados. -- Cállate! - le respondo poniendo el café dentro de la oficina de Gen, cerrando la puerta tras de mi al salir rápidamente. De forma sigilosa intentando no llamar mucho la atención, evitando las miradas de los demás. Paso por el lado de Yuli y la esquivo sonriendo y negando a la vez con la cabeza. Me falta entregar dos carpetas también en la administración, y no puedo evitar preguntarme sino hay alguien más que se encargue de estos trabajos. Muy poco personal para lo mucho que hay que hacer, en realidad. Estoy sosteniendo más peso del que debería y en este trabajo no se me paga por hacer estos deberes. Y aunque quisiera quejarme, prefiero seguir manteniendo una buena relación de trabajo con todos. Así que decido quedarme un poco más de tiempo callada para no crear conflictos en la oficina. He trabajado para el señor Eduardo desde hace alrededor de dos años y medio. Tiene veintiocho años. Lo conozco a la perfección, aunque en el fondo desearía no hacerlo. Y, tengo que destacar su estúpida obsesión por la pasta. Olvide desayunar. Pero puedo aguantar un poco más. Dejó una mano sobre mi estómago y suspiro intentando calmar los mareos que me embriagan por un momento poniendo el lugar de cabeza. Ada. Así me llamo. Es un nombre corto, pero bastante complicado en el momento de describir el porqué de él. Estudie en Oclacyom, la ciudad vecina. Me gradué en negocios de empresas, y algunos meses después hice un curso de asistente en publicidad. Y me refirieron a esta gran empresa. Desde que entre a trabajar no he visto más que cambios y evoluciones para bien, así que me encanta muchísimo el trabajo que estoy haciendo aquí, viendo como todo si es capaz de mejorar. Así como mi esfuerzo por ser mejor todos los días, aprender y conocer cosas nuevas si así lo deseo, y ser cercana al jefe. Vivo sola en un pequeño departamento bastante lejos de aquí. De solo pensar en todos los colectivos que debo tomar me duele la cabeza nuevamente, ya que por desgracia aun no tengo auto, el sueldo no me ha dado para cubrir tantos gastos. Desde los míos, hasta los gastos de mis padres y la incapacitante enfermedad que padece mi padre. Hablar sobre ello es difícil. Y aún más cuando vez la tristeza en sus ojos por estar en una silla de ruedas desde hace más de cinco años. Sin tener suficiente para una operación porque hay otros gastos que pagar. Como la comida, el arriendo de mi apartamento, mi ropa, la de ellos, sus gastos personales, los servicios eléctricos, agua, y mucho más. Mis padres son lo único que tengo. Ellos viven en Toshbill. Un pueblo retirado lejos de Damasc, que es donde resido ahora gracias a mi trabajo, y no me quejo. Me gusta muchísimo. Es una ciudad bastante movida como me suelen gustar los lugares. Pese a que es una de las ciudades donde más millonarios viven, incluyendo a mi jefe Eduardo. Heredero de esta compañía de publicidad, soltero, sin hijos, y con sus padres viviendo fuera del país. Todo un sueño comprado para él. Tomo el ascensor que me lleva hasta el tercer piso y cuando llega me bajo, caminando a paso rápido hasta mi lugar de trabajo junto a la oficina de Eduardo. El cual tiene la puerta entre abierta y alcanza a verse una r*****a llena de luz, nada más por todo el lugar. Paso junto a la puerta intentando que no me vea y canto victoria sentándome en la silla de rueditas junto a mí escritorio. Encendiendo el computador de inmediato viendo como la pantalla me pide una contraseña que tecleo de una vez, desbloqueando mi usuario. - Señorita Ada. - su voz llega a mis oídos, esos que se embelesan con el tono de voz y sacudo la cabeza espabilando. Me está llamando, si se ha dado cuenta de que merodee más de lo que debía esta mañana... tarde Ada. Llegas tarde... Camino con paciencia hasta la oficina alargando el momento de mi muerte y contengo la respiración cuando tomo el pomo de la puerta abriéndola para mí. No veo su rostro, pero si algo de su cuerpo y termino por cerrar la puerta. Maldecir por lo bajo y acercarme a su escritorio con la cabeza gacha. - Tarde Ada. Llegas tarde. - gruñe sin empatía y me amarro mentalmente la falda de tubo porque siento que se me va a caer por la estruendosa voz que tiene. Hoy lleva un traje azul. Uno de los tantos e infinitos trajes que siempre trae para lucirse, y pavonearse con ellos remarcando esos perfectos brazos, y las piernas apretadas en los pantalones entallados a ellas. Es sexy... Y yo una babosa mirona. Si. Ya lo sabía. ¿Pero cómo no hacerlo? Era complicado ignorar su hermosa presencia. Y mucho más cada palabra que salía de esa carnosa boca. Eduardo era atractivo. No iba a negar eso. Pero odiaba su manera de expresarme todo el rencor que me tenía por ser excelente en mi trabajo, sabía que odiaba lo buena que era. Así que, siempre estaba exigiéndome más. Y yo, de forma inteligente, siempre correspondía de la manera más sutil que podía, dándole lo que quería. Porque necesitaba el empleo, la experiencia, y el dinero. Y el, de cierta forma hacia que mis hormonas chillaran de emoción cada vez que lo veían. Pero el jamás lo había notado y estaba agradecida por eso. - Estuve haciendo algunas cosas importantes antes de venir. - aclare con la cabeza en alto. Observando como esas facciones endurecidas se moldeaban a su rostro angular. Con esa pequeña y desaparecida barba en sus mejillas. Y los ojos azules como el mar, me escudriñaban haciéndome añicos en su mente. Si. siempre esperaba lo peor de él. - ¿Y? Esa no es razón suficiente para llegar tarde. Mucho menos para tener que escuchar ese desagradable taconeo apresurado desde que llegaste. Y por supuesto, también tengo que decirte que el café de Gen, estaba frio. Sin mencionar los papeles que tiraste en recepción cuando te aguantaste del mostrador para no caerte mientras corrías, por llegar, tarde. Obviamente. Entonces Ada, ¿Crees que tus razones valen todo el desastre que has hecho? Un flash back de la noche anterior atravesó mis neuronas. Yuli y yo divirtiéndonos en un antro con otras compañeras de trabajo. Con el único inconveniente de que era domingo, y no debemos salir los domingos porque por supuesto los lunes se trabaja... - Los lunes se trabaja desde las siete y media, Ada. ¿Cuántas veces repetiré esto? - dijo juntando sus palmas. Criticándome con esa mirada llena de odio y maldad. O eso era lo que yo creía desde mi lugar. Ni siquiera me había invitado a sentarme. Que maleducado. Tan cansada que venía hoy... - Lo siento señor. - fue lo único que pude articular y ya no quería hacerme frente a él la indignada. Casi quería salir corriendo con esa cara enfadada observándome. Eduardo odiaba que no llegara temprano y lo sabía, pero tenía tanto tiempo sin salir, que anoche me divertí de más... Mucho más de lo que yo tenía permitido hacer por mí misma. Yo misma me ponía límites. Y no, no es absurdo. Así es como debo conseguir el balance en mi vida. - ¿Lo siento? Por suerte no están los directivos aquí para que desaprueben este comportamiento inmaduro de tu parte Ada. No es la primera vez que pasa esto y lo sabes. Mi paciencia se agota. - No volverá a suceder - respondí dura mirándolo. Él sabía perfectamente que lo que salía de mi boca era muy diferente a lo que reflejaban mis ojos. No estaba arrepentida. Pero tampoco quería ser impertinente poniendo en riesgo mi trabajo, el único sustento que tenía mi familia ahora mismo. Me reparo nuevamente. Revoloteando sus pestañas a lo largo de mi vestimenta. Paseándose por mis curvas no tan marcadas para luego, detenerse en esa camisa blanca de botones que llevaba puesta y esa pequeña gota de café que me había caído en una de las alas del cuello. Y si, volví a maldecir. Era detallista. Y un maldito obsesivo de la perfección. Virgo, siempre lo supe. Nos quedamos en silencio durante un minuto que se sintió como una eternidad. Una que, no era precisamente fea. Era algo difícil de explicar, casi podía rozar la palabra cómoda...
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