VIII

1324 Words
Dejó su mente vagar hasta que dos golpes a la puerta le hicieron reaccionar. - Iré al pueblo a comprar algo de provisiones - Arturo permanecía en la puerta - Puedes quedarte aquí y descansar. No demoraré - - Humm… te acompaño - respondió Gustavo. - Como prefieras - - Solo buscaré mi chaqueta - y se dirigió a la cama, donde había dejado sus cosas. - Te veo abajo - No demoró en reunirse con él y mientras aseguraba la puerta, Arturo dijo: - Pensaba ir a pie. ¿Está bien? - - Por supuesto - Gustavo sonrió - Me hará bien una caminata - - Bien - dijo Arturo con algo de alivio. Echaron a andar. El lugar era tranquilo y silencioso, apenas se cruzaron con unos pocos autos. - ¿Creciste aquí? - - Mis padres dejaron Valencia cuando yo tenía seis años - respondió Arturo sin mirarlo - Papá obtuvo una promoción y mi madre dejó su trabajo por un tiempo. Ella no quería vivir en Londres, así que compraron la casa. Pasé aquí mi infancia y adolescencia hasta que ingresé a la universidad - - Es un lugar muy hermoso - dijo Gustavo, pensativo. - No has visto mucho aún - Algo en su tono le hizo mirarlo. Era tal vez, nostalgia lo que había percibido en su voz. Por alguna razón, le era posible distinguir los más sutiles matices de su voz y cómo su expresión variaba, aunque fuera de manera casi imperceptible. En cuanto llegaron a la tienda tomaron una canasta y recorrieron los pasillos uno al lado del otro. Arturo le consultaba con frecuencia qué prefería y su canasta se llenó con más de lo que se requiere para una estadía de dos días. Tuvieron una pequeña discusión sobre quién pagaría y al final, Gustavo ganó, muy a pesar de Arturo. Cuando volvieron a la calle, él dijo: - Bien, al menos déjame invitarte a una bebida - recorrió la calle con la mirada - Hay lugares muy buenos - - ¿Qué tal ahí? - Gustavo señaló un pequeño local con un letrero muy discreto. Arturo tardó en responder. - Sí, claro - dijo al fin, con tono forzado. - Si no te agrada podemos ir a donde quieras - agregó Gustavo rápidamente. - No, no. Ahí está bien. Vamos - dijo rehaciéndose y cruzaron la calle rápidamente. Algunos parroquianos bebían y conversaban en la barra, mientras la mayoría de las mesas estaban vacías. - ¡Pero qué ven mis ojos! - se oyó una potente voz que hizo a todos voltear la cabeza - Arturo Lloyd en persona, señores - Un hombre de más de dos metros de altura, con cabello rubio cenizo sujeto con descuido en una cola y gruesa barba dejó la barra y se acercó a ellos. - Seamus - dijo Arturo con una sonrisa algo tensa - Es bueno verte, amigo. No has cambiado - - ¡Tú no has cambiado! - le dio un fuerte abrazo - ¡Demonios! Si el viejo te viera - sacudió la cabeza - Tenías siglos de poner un pie en Hertford - - Sí, ha pasado tiempo - - Anda, estás en tu casa. ¿Qué bebes? ¿Lo de siempre? - Antes que Arturo pudiera responder, Seamus volvió a la barra y de inmediato colocó una cerveza frente a él. - ¿Qué bebes, amigo? - se volvió a Gustavo. - Lo mismo - dijo rápidamente y tomó asiento en el taburete junto a Arturo. - ¿Qué ha sido de ti, Seamus? - preguntó Arturo probando su bebida. - Ya ves, hombre. Lo mismo de siempre. Nada cambia por estos rumbos - dijo con algo de solemnidad - Es bueno verte, Arturo - Él no respondió. Gustavo observaba el intercambio con curiosidad. - ¿Te enteraste que Stacy tuvo una niña? - decía el hombre sin dejar de servir a los clientes. Pero Arturo no atendía a lo que decía. Su mirada estaba fija en una fotografía que destacaba entre un grupo de imágenes en la pared. Era la única foto a color. Un hombre alto y rubio, muy parecido a Seamus, apoyaba los brazos en dos chicos de unos trece años. A su derecha, un joven de cabello castaño y ojos verdes de mirada pícara e inteligente. A la izquierda, un chico blanco, de cabello rojizo y pecas que sonreía con algo de timidez. No era difícil adivinar que se trataba de Arturo. - Ha pasado mucho tiempo - dijo Seamus siguiendo la mirada de Arturo - a veces creo que entraré al bar y encontraré a Jamie tras la barra. Aquí mismo - el rostro del hombre se había ensombrecido - Pero bueno, si él estuviera aquí, sabrá Dios donde estaría yo - sacudió la cabeza - Lo extraño, amigo - - Lo sé - dijo Arturo con tono grave - Sirve otro par, ¿sí? - señaló las botellas y se incorporó - Tomaremos una mesa - - Claro, amigo - Seamus le tendió las dos botellas y Arturo hizo un gesto a Gustavo que lo siguió rápidamente. Era evidente que el hombre había tocado un tema sensible. El rostro de Arturo estaba tenso y evitaba mirarlo. Ocuparon una mesa junto a la ventana que daba a la calle. - ¿Estás bien? - preguntó Gustavo observándolo con atención. - Sí, todo está bien - respondió tratando de sonreír. - Oye, sé que apenas nos conocemos, pero… - Seamus es un viejo amigo - dijo Arturo exhalando un suspiro - Cuando mi familia llegó aquí, este bar era manejado por su tío, Sean. Un hombre de apariencia recia, temperamento de los diablos, pero un gran hombre. Tenía un hijo, Jamie - ese nombre escapó con un suspiro - Su esposa y él lo adoptaron cuando solo tenía unos meses de vida y se volvió mi mejor amigo casi de inmediato. Crecimos juntos y yo veía a Sean como un tío… Un segundo padre, tal vez - tomó un trago grande de su cerveza, mientras Gustavo seguía atento su historia - De jóvenes pasábamos mucho tiempo aquí. Fines de semana, especialmente. Le ayudábamos a Sean a recibir la mercadería, limpiar el local y esas cosas. Aquí aprendimos a beber… A medida que crecimos… la relación entre Jamie y yo cambió - miró un momento a Gustavo y volvió el rostro de nuevo a la calle - Jamie fue el primer chico del que me enamoré. Fue mi primera vez. A nadie le sorprendió que estuviéramos juntos. Éramos inseparables desde los seis años. Era lo más natural del mundo - deslizó la mano por la botella - Cuando acabó el colegio… Jamie empezó a asumir más responsabilidades en el bar. Sean empezó a entrenarlo para que lo administrara. Era ya un hombre mayor y su salud se había deteriorado. Jamie siempre supo que su destino era hacerse cargo del bar y estaba contento con su destino. Yo, por mi parte, me había esforzado mucho para entrar a la universidad, tener una carrera, instalarme en Londres… - se acomodó en su silla, apoyó los brazos en la mesa y miró a Gustavo - Las cosas entre nosotros empezaron a marchar mal. Jamie se sentía celoso de lo que él creía era mi glamorosa vida en Londres… Nada más lejos de la realidad. Mi vida de universitario no tenía nada de glamorosa. Pero él sentía que lo había abandonado y… nos separamos. Yo comencé a salir con chicos, visitar clubes, vivir un poco, ¿sabes? Y cada vez visitaba con menos frecuencia el pueblo y si visitaba a mis padres, evitaba este lugar - - Lo siento - dijo Gustavo y sentía el irrefrenable deseo de tomar sus manos - Si hubiera sabido… - No lo sabías - dijo Arturo con un susurro y le miró, su rostro se había suavizado - No tienes que disculparte - Se hizo un breve silencio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD