El coche avanza por la entrada.
Volteo a ver a todos lados, en cualquier momento sé que veré al Señor Bala y al Señor Tanque en cualquier esquina. Debo planear una manera de comunicarme con ellos sin que el Señor Mendoza y su hijo me vean. Sino…
Estoy jodido.
El coche sale por la puerta principal. Jonás nos despide desde la entrada. Giramos a la derecha, a la calle que sale por Buganvilias. Toda la calle parece mágica a esta hora, cada mansión es un monumento a una vida mejor. Me llena de envidia la buena suerte de algunos, al mismo tiempo me siento triste por todos aquellos que se encierran en sus mansiones y que no pueden ni salir a la calle sin temer que alguien les haga daño.
La calle principal se encuentra al principio vacía, hasta que un carro rojo pasa a toda velocidad zumbando en el carril izquierdo. En él veo la sombra de un hombre que me recuerda un poco a… No. Ni siquiera tengo que pensarlo, sé que es él.
— Salvajes — grita Juan Carlos — . A algunos les llega un poco de dinero y ya se sienten dueños del mundo.
«El burro hablando de orejas» pienso, y por lo que veo en la cara sorprendida de Carlos, también él.
Juan Carlos nos mira.
— Al mundo le falta más consciencia de clase — le dice Juan Carlos a su hijo.
— ¿Quieres más comunistas en el mundo papá? — dice Carlos.
— ¿Qué? No, que asco.
— Es que lo que dijiste significa … bueno olvídalo.
— A lo que me refiero es que les falta ser consciente que ciertas clases somos mejores, y debemos comportarnos a la altura.
— Por supuesto que sí — dice Carlos riéndose, no con su padre sino de él.
Yo continuo acelerando, aprovechando la calle vacía. De vez en cuando volteo a ver al espejo retrovisor, sé que en cualquier momento saliendo del horizonte veré al coche rojo oscuro siguiéndonos. Conozco demasiado bien a la furia arrebatada del Señor Bala como para no saber que en estos momentos está pensando en como castigarme, importándole poco todo lo demás. Si tan sólo me hubiera contestado el señor Tanque otra cosa sería. Hasta para eso la suerte me había jugado una mala mano.
Sonrío amargamente.
Ahora entendía las palabras del segundo Jefe.
— Alfredo, vas muy rápido — dice Juan Carlos.
— Alfredo, vas muy lento — dice Carlos.
Comienzo a bajar la velocidad justo cuando salimos del complejo de mansiones.
Las Buganvilias abren paso a palmeras situadas justo en medio de la calle separando los carriles. El camino es ahora una serpiente que se curvea suavemente de lado a lado por varios kilómetros. A mi lado izquierdo veo a la playa. De vez en cuando se deja ver entre los árboles y matorrales de terreno salvaje que la ciudad y la zona lujosa no han logrado domar. De pronto nos detenemos por el trafico cerca de el puente que une la casi isla donde se alojan las mansiones. Esta aunque es parte de la masa de tierra del resto de la ciudad es separada por un río ancho que lleva agua desde los manglares hasta el mar.
Uno ve la ciudad, la costa, y se le olvida que esta tierra solía ser un pantano antes de que el hombre lo transformara en el puerto vacacional más importante del país.
— Turistas — bufa Juan Carlos.
Carlos mira al mar y suspira.
— Deberíamos ir a la playa.
— Cuando se vayan esos sucios, después de año nuevo iremos.
— ¿Hace cuanto que no vamos, padre?
— No lo sé. Como siete años.
— ¿Y tu Alfredo, has ido a la playa recientemente?
Sonrío.
— Yo no puedo ni recordar cuando fue la última vez que fui — le respondo honestamente.
— ¿Es curioso no? — dice Carlos.
— ¿Qué?
— Bueno. La gente que vive en lugares con playa rara vez va a la playa.
— Pues sí ¿Tu crees que los que viven en la capital van a ir todos los días al volcán? — dice Juan Carlos.
Todos asentimos.
Me relajo un poco, ya no veo al coche rojo por ningún lado. Frente a nosotros hay una camioneta blanca y luego una fila interminable de coches. Enciendo la radio, quiero relajarme. Miro al mar tratando de aclarar mis pensamientos mientras en la radio el hombre canta sobre una mujer con perfume de gardenias en la boca, la mujer según dice la canción tiene una belleza mística pues todas las envidian al pasar.
— Que montonal de cursilería. Quita eso Alfredo — dice Juan Carlos.
Le cambio a la radio. Noticias de economía, al parecer la moneda nacional subió un cuarto de tercio de centavo.
— Esa es música para mí — dice Juan Carlos mientras se ríe.
Carlos se ríe, otra vez de él, no con él. Juan Carlos parece no notar la diferencia entre ambos conceptos y parece muy orgulloso de haber dicho algo que haga sonreír a su hijo.
Pasan unos minutos y Juan Carlos parece enojado otra vez. El calor comienza a aumentar dentro del coche.
— ¿Podemos prender el aire acondicionado? — pregunta Carlos.
— ¿Y quién va a pagar eso? ¿Sabes el costo que tiene tener el aire acondicionado todo el día?
— Sólo es un rato. Además somos millonarios papá.
— Corrección, yo soy millonario. Y yo digo que no vale la pena el gasto.
Carlos parece cansado de discutir, así que se calla y se recarga sobre el vidrio como si fuera su almohada.
— Alfredo, toca el claxón.
— ¿Para qué señor? — le respondo.
— Para que vayan más rápido.
— Papá, probablemente se volcó un camión o algo. ¿Cómo hará el claxón que se apuren a quitarlo?
— Les haremos saber que estamos apurados, así le echarán más ganas. Nadie que se respete hará sentir a gente importante como nosotros esperar por mucho rato.
— Así no funciona la gente papá.
— Tú toca el claxón Alfredo.
Le hago caso. El claxón es como una trompeta que lastima los oídos. Otros carros responden. Empieza una lluvia de trompetazos de cada uno de los coches. Uno de ellos suena a una mentada de madre así que alejo mis manos del volante unos segundos.
La camioneta de adelante nos toca el claxón también. Veo una mano saludarnos desde el asiento del conductor, en la mano tiene algo, pero no logro ver que es. Es un collar del que algo cuelga.
Carlos saca la mano y lo saluda sin ponerle atención.
De pronto suena el teléfono rojo.
— Otra vez — dice Juan Carlos.
— Voy a ver que buscan — digo.
— Adelante.
Abro el teléfono. Sólo está un mensaje:
«“Saludos ¿Te gusta mi collar?
-S.B”»
Después una carita sonriente.
«¿Collar?» pienso.
Se escucha otra vez el claxón de adelante.
Lo ignoro.
Trato de concentrarme «¿De que collar está hablando?»
El claxón otra vez.
El teléfono vibra en mis manos, otro mensaje.
«”Aquí adelante”»
Volteo hacía adelante. De la camioneta blanca vuelve a salir una mano que nos saluda. Esta vez miro bien. En ella está un collar. Al principio no puedo enfocar bien. Después entiendo completamente y un frío me sube desde la espalda a la cabeza.
En el collar cuelga, un poco amarillo y todavía un poco cubierto de sangre mi muela atravesada a la mitad.
Tengo ganas de vomitar.
El teléfono rojo suena otra vez. Un tercer mensaje.
«“Detrás de ti
-S.T.”»
A siete coches detrás de mí suena otro claxón. Saco la cabeza, ahí está el coche rojo oscuro. El rostro de el Señor Tanque se ve sudoroso, preocupado.
Se acabó el juego, me tienen rodeado.
En ese momento la fila comienza a moverse. Sin embargo la camioneta se mantiene estática. La puerta se abre y una pierna sale quedándose afuera. Nada más sale. Es una amenaza clara y obvia.
— ¿Qué le pasa a ese idiota? — dice Juan Carlos.
— No sé pero me da miedo — dice Carlos.
— ¿Qué? — dice Juan Carlos.
— Alfredo, acelera — dice Carlos. Su voz suena aterrada.
Los carros alrededor de nosotros comienzan a sonar su claxón como enloquecidos. El teléfono rojo comienza a vibrar, vibrar y vibrar.
— ¡Alfredo, acelera! — grita Carlos.
Mi mente pasa de una cosa a la otra. Personas gritando, claxón llorando en cada coche, el teléfono en mis piernas vibrando.
Entonces sin pensarlo acelero.
Hago una maniobra rápida para no atropellar la pierna afuera y sigo por todo el camino acelerando como un demente.
Por un segundo, al pasar a su lado observo dentro de la camioneta. Ahí vi con claridad, de pasada rápida al Señor Bala, ocultando bajo una bolsa la figura de un arma grande; más grande que el torso de un hombre. El Señor Bala me sonreía al verme pasar. Su sonrisa me comunicaba un solo mensaje:
“Date por muerto”.
Sigo acelerando por toda la calle, no me importa estamparme contra la carretera si es necesario. La persecución apenas había comenzado.