El Amanecer de una noche muy dura.

3259 Words
Son cerca de las cuatro y media de la madrugada. Llevamos menos de quince minutos que salimos del callejón. Conduzco lentamente en silencio. De vez en cuando volteo a ver detrás de mí, Carlos tiene la mirada ausente de quien se está desesperado. Me recuerda mucho a mí cuando iba de camino a casa tras el incidente de la gasolinera. No han sido más que unos días de eso. Y sin embargo se siente tan lejos en este momento. El coche rebota por un momento, en las calles las cuales suben y bajan dependiendo de que tan rotas estén. Ya ni sé por donde estamos. He conducido en círculos desde hace un tiempo. Sólo estoy haciendo tiempo. Necesito saber más de lo que está pasando, no sólo porqué yo mismo tengo a un grupo de personas dementes con pistola siguiéndome, los cuales me harán daño si no les informo de cada movimiento de la vida de Carlos y su padre. Sino también porqué de verdad me preocupa su bienestar. Nadie debería nunca pasar por lo que los dos hemos pasado. Carlos parece al borde de las lagrimas. Sus labios tiemblan. Veo como sus ojos brillan por las pequeñas gotitas que no deja salir, pues él aprieta tan fuerte sus emociones que si no fuera porqué yo soy muy similar a él, no podría darme cuenta de eso. — ¿Tienes hambre? — le pregunto. — Un poco. — Por aquí debe haber un Moxxo. Carlos asiente. Parece que trata de sonreír. Su voz tiembla al hablar. — Dicen que hay uno cada doscientos metros. — Sí, lo creo. Giramos a la izquierda, y como por arte de magia ahí hay uno. Los Moxxos son una cadena de tiendas de conveniencia chiquitas, todas similares, en las que te venden casi de todo. Seguro tú mismo conoces alguna tienda similar cerca tuyo. Las reconocerás porqué parecen estar en todos lados, y porqué jamás cierran sin importar la hora o la fecha. Entramos y compramos hot dogs, agua, algunos refrescos y un café para cada uno. Sabemos que será una noche larga, ninguno de los dos llegará a casa esta noche. Él por que apesta a alcohol, yo porqué no lo puedo abandonar, es como un trato silencioso que ninguno de los dos propuso, pero que ambos aceptamos. Nos mantenemos en completo silencio hasta volver al coche. — Que semana más horrible — dice Carlos. — Y que lo digas. Apenas va empezando y ya quiero que termine. — Nada más faltaba que en el Moxxo llegaran a asaltarnos. Ambos nos reímos de manera nerviosa, tratando de destilar toda preocupación de nuestro cuerpo. La risa dura un rato. Se apaga lentamente cuando vemos un sujeto flaco con una sudadera negra entrar a la tienda. Entonces la risa de repente enmudece quedando solo una mueca congelada en perpetua incomodidad con dos cuartas partes de terror. Vemos que el sujeto trae la mano en su bolsa de enfrente. Carlos y yo nos quedamos paralizados observando cada movimiento del sujeto. El sujeto pasa de refrigerador a refrigerador, toma un jugo y un litro de leche. Miro a Carlos, y él parece pensar lo mismo. El sujeto se acerca a la caja registradora y vuelve a meter su mano en la bolsa de enfrente. Luego saca su cartera y se va dejando a Carlos y a mí como un par de idiotas. Carlos se tapa la boca con la mano. — En nuestra defensa, tener la mano en un bolsillo, en una tienda de autoservicio, a esta hora de la noche, en este país es señal de sólo una cosa — le digo. — A lo mejor tenemos prejuicios sobre la gente muy feos, Alfredo — dice Carlos. — Sí… De igual manera, mejor no tentemos a la suerte — digo mientras enciendo el motor con una mano y miro a todos lados en caso de encontrarnos cualquier silueta en la noche. Aceleramos, alejándonos lo más pronto posible de ese lugar. A las cinco y cuarto llegamos a la playa a sentarnos. Veremos el amanecer desde la arena. La playa está vacía y un ligero tono azulado comienza a mezclarse en abismo de la negra noche. Carlos llega tambaleándose por la arena. En parte por la oscuridad, en parte por el alcohol. De un momento a otro se cae. Parece que no lo nota. Probablemente le dolerá mañana… O mejor dicho, más tarde cuando la sobriedad comience a asomarse. Bebo de mi café, es amargo y sin sabor. Vigilo de reojo a Carlos mientras me quito los zapatos para evitar que se llenen de Arena. Ya comienzo a sentir el cansancio propio de los que se desvelan. Mi estomago me duele, y siento las piernas flaquearme. Aparte tengo todo el cansancio en mis ojos. Mi cuerpo se siente descansado, fresco incluso, pero mis ojos me duelen como si ellos cargaran con todo el peso de mis piernas. Tal vez lo hagan, no lo sé. Sólo puedo imaginar lo pesado que debe ser para Carlos. Yo al menos dormí un poco. Carlos se sienta al borde del mar, entre la arena y donde el océano comienza a mojar la playa. No puedo ver más que su silueta oscura, la cual solo se distingue gracias a que cubre con su cuerpo el brillo de la luna reflejado en el mar; por un momento su silueta pareciera estar cubierta de un aura espectral, fantástica incluso. Como el aura que envuelve a los ángeles. ¿Qué podría hacer un efecto tan celestial en un hombre tan impío? Jamás sabré decirles. Me siento junto a él. Una ola choca frente a nosotros salpicándonos de su fría agua. — ¿Tú sabías qué le tengo miedo al mar, Alfredo? — Eh… Bueno. No, la verdad es que no. ¿Gustas que nos vayamos ahora mismo? No es problema. Sólo elegí este lugar al azar. — No. Está bien, hay que quedarnos. Nos quedamos en silencio. Debo admitir que no podía ver bien ni siquiera mis manos aún si las ponía cerca de mi cara, y sin embargo veía la silueta de Carlos observando al inmenso y oscuro mar frente a nosotros. Parece meditativo, mueve los labios pero no habla, es casi como si hiciera una oración. — El mar es mi lugar favorito — dice Carlos después de un rato. — ¿No decías que le tienes miedo? — Sí. Es complicado. Toda la vida he visto al océano y pienso en su belleza. Míralo. Es tan amplio que parece interminable. Me encanta como cambia de color dependiendo de la hora del día, como parece n***o en la noche, gris en los días de lluvia y azul en los días claros. Es como el cielo pero aquí, a nuestro alcance. Carlos estira su mano y el mar estira sus olas hacía él. Parece por un segundo como un perro que lame la mano de su amo, o incluso tal vez, como dos personas que se entienden y se saludan luego de años de no verse. Carlos parece sonreírle al mar. — Pero, su misma inmensidad me aterra. Al meterme en el agua tengo miedo de aquello que no puedo ver, aquello que no puedo controlar. ¿Qué hay bajo la fachada del mar? — ¿Peces? — respondo. — Un abismo, Alfredo. Carlos me mira, no logro ver sus facciones claramente pero si veo en sus ojos pequeños brillos como lagrimas. Sé que sus ojos no lloran de tristeza, sino del horror de aquel mar oscuro, infinito. Tiene razón, bajo esa fachada de belleza no hay más que un abismo donde todas las personas pueden perderse. Miles han muerto bajo sus aguas. No por nada los marineros dicen que el mar es una dama cruel, que tanto seduce como destruye. — No lo había pensado así. — Ni yo, hasta que cumplí seis años. — ¿Qué pasó? Carlos mira a la luna como pidiendo ayuda. — Tú conoces a mi padre. Él… me quiere, sí. Claro que me quiere. Pero, si te soy sincero parece ser que quiere más su imagen publica que a mí. Cuando estamos ante alguien que él quiere impresionar, tiende a olvidarme. A mí, solamente a mí. — ¿Cómo sabes qué sólo a ti? — ¿Conoces a mi hermana? — Llevo dos días aquí Carlos, no la he visto. — Bueno. Ella es la favorita de mi padre. No, no digas nada. Yo lo sé, ella lo sabe. Todo mundo lo sabe. Cuando ella se comprometió, le hicieron una gran fiesta ¿Cuando yo volví de mi encierro de unos meses? Nada, sólo una felicitación. Hoy ella se fue de viaje a no sé donde. Otra vez, gran fiesta. Todo el día me la pasé en mi habitación, llorando. Me siento invisible. Asiento, sus palabras llegan hasta lo profundo de mí y comienzan a revolver algo dentro de mí. Algo que yacía semi-durmiente y sólo había salido en partes el día en que renuncié. — Una vez, cuando tenía seis años mi hermana tuvo una fiesta de cumpleaños en un yate. Bonito lugar, en medio de la bahía — continúa Carlos —. Recuerdo como estaban todos sus amigos, los amigos de mi papá. La familia e incluso gente de la empresa. Antes de las tiendas, antes de los Bancos. — Hace mucho tiempo entonces. Carlos sonríe. — Sí — Carlos se limpia la cara —. La fiesta estaba bien hasta que pasó el accidente. Justo cuando íbamos a mayor velocidad. Un pez saltó del agua. Carlos me mira, gotas color luna caen de su rostro. — ¿Cómo? — le pregunto confundido. — Un pez. Tal cual. Algunos peces saltan a veces. Es cosa de la naturaleza. Ese día saltó uno mientras yo miraba al mar. Me golpeó, caí. Por suerte traía salvavidas, porqué quedé aturdido por unos segundos. Cuando me di cuenta estaba flotando en el vacío. Vi al yate alejarse, y me quedé solo. Carlos pone la cabeza entre sus piernas. — ¿Cuanto tiempo te quedaste así? — le pregunto. — Tres horas y media. Carlos me hace una sonrisa triste. — ¿Tres horas y media? — Sí. — ¿Como sobreviviste tanto tiempo? Eras un niño. — Al principio creí que iba a morir. Imaginate, niño de seis años. En medio de la nada. La bahía estaba a plena vista, sí. Pero nadaba y no llegaba a nada. A veces las olas me volteaban y quedaba cabeza abajo. Veía el abismo bajo de mí. Era como si algo estuviera allá abajo, mirándome. Una criatura, o algo así. Una vez incluso creí que algo se reía de mí. — ¿Con una risa aterradora? Carlos asiente. — Lo curioso es que cuando me encontraron, la guardia costera dijo que sólo les tomó una hora y media. ¿Sabes qué significa eso? — No, no lo sé. — Que por lo menos dos horas, nadie notó que yo había desaparecido. Era un niño a la deriva en las olas y nadie me reportó. Nadie se dio cuenta. Carlos comienza a llorar, se agarra de la boca como intentando silenciarse. Al principio no sé que hacer. Nunca había visto a nadie quitarse de tal manera toda la mascara emocional que los adultos somos forzados a ponernos en la adolescencia. Trato de acercarme pero tengo miedo. Es como si todas las emociones acumuladas en él fueran una corriente de energía, siento que si lo toco esta energía brotaría en mí y me harían sacar todo lo que yo mismo tengo acumulado. Aquello que se ha mantenido oculto por veintiocho años, bajo capas y capas de sonrisas falsas y deseos jamás concedidos. Sé que parte de mí moriría si alguien supiera siquiera una pequeña parte de mí. Aún así… — Carlos — le digo — . Yo. Sé a lo que te refieres. Hasta hace unos días, yo estaba así. Era una hoja en el viento. Un niño perdido en la marea. Lleno de miedo, y sin embargo invisible a la gente a la que más me importaba que me viera. Me la pasé diez años, diez. Tratando de que alguien me notara. Al mismo tiempo, con miedo de ser notado. Toda una vida de ser invisible. Temiendo el abismo. Con una sensación de tremenda soledad. Aún en una multitud estaba solo. Ahora… Siento que la vida comienza a cambiarme. Carlos me voltea a ver. El llanto no ha terminado en él, aún respira entre cortado. Peor aún, el llanto empieza en mí. — ¿Y ahora eres menos invisible? — me pregunta. — No. Sigo igual, tal vez peor aún, en los últimos días renuncié a un trabajo miserable, firmé un contrato con tu papá que me tienen amarrado a su merced por cinco años. Mi casa se quemó. Mi sueño de retirarme a vivir a Argentina se esfumó. En los últimos días me han golpeado, machacado. Quitado un diente, perseguido… — ¿A ti también te persiguen? — dice Carlos, interrumpiéndome. Por unos segundos dudo. — Yo… Bueno. — Alfredo, no soy tonto. El sujeto de la camioneta de ayer, la gente de la caseta. Sólo se honesto. No es nada que no me pase a mí. — Sí, unas personas me siguen — respondo, es muy tarde para retractarme. Además de que sería injusto no responderle honestamente a quien te abre su corazón. — ¿También le debes a alguien? — Sí — le respondo, debo mentir para que una verdad parcial viva. Carlos asiente. — Entiendo. — Hace unas horas alguien me desnudó contra de mi voluntad, y gente a la que no conozco, dispararon en mi dirección general. — Perdona por eso, Alfred. — No te preocupes. Mira, mi punto es, Carlos, que a pesar de todo esto. Hay una pequeña cosa que ha cambiado para bien. Después de años de sentir que no podía hablarle a nadie de mis problemas, porqué sentía que nadie iba a entender. Acabo de encontrar una pequeña luz en el camino. Porqué ahora, al fin encontré a alguien que hable mi mismo idioma. Ya no me siento tan solo. Carlos asiente. Se ríe. — ¿Tal cuál, eh? Invisibles, perseguidos. Movidos por fuerzas mayores. — Con mucho arrepentimiento. — Sobre todo eso. Nos quedamos en silencio, una ola se acerca a nosotros intentando reconfortarnos. Trato de acariciarla, el agua escapa de mis manos. — Tal vez todo mejore a partir de ahora. ¿No? — me dice Carlos. — Espero que sí. Porqué si no… ¿Qué va a ser de nosotros? Le sonrío a Carlos, él a mí. Luego sentimos que algo se ha roto en el interior, y que ya no podemos ocultarnos bajo sonrisas falsas. Carlos se suelta a llorar, yo le sigo. Lo abrazo, él me abraza. El frío mar nos escucha sacar el dolor. Un dolor de años acumulados. Tan fuerte que nos asfixiaba. El dolor es tan inmenso que Carlos me rasguña mientras me abraza. Yo le aprieto tan fuerte que sé que lo estoy lastimando. A ninguno de los dos nos importa. Eventualmente Carlos comienza a toser, se aleja de mí y vomita en el agua. Otrora, eso me habría importado. Otros tiempos fueran y con cara de asco me hubiera ido. Ahora, sólo puedo observar y ayudarle cuando veo que termina. — Quitate la playera — le digo. Obediente me hace caso. Se quita la playera, bajo esta ocultaba un torso bien cuidado con dieta y ejercicio. Es lampiño y la única imperfección posible es la marca de una cirugía de apendicitis en su lado derecho. — Carlos. — ¿Mande? — me dice. Le señalo su cicatriz, él la nota. Parece avergonzado. — No, no. Alzo mi camisa, señalo bajo mi propio torso. Ahí se encuentra una cicatriz similar. — ¡Ah! — Carlos comienza a reírse aliviado — . Ni siquiera la había visto. — Gemelos — le digo. Ambos reímos mientras lavamos su camisa en el mar, dejando que el agua salada arrastre las penas que expulsó. Al terminar nos quedamos sentados, con la mirada en la deriva. En completo silencio, ambos con una sonrisa bien puesta en el rostro. Vemos el amanecer llegar lentamente cambiando el azul de la noche con el naranja con tonos rosados del amanecer de un nuevo día. Como si respiráramos por primera vez nos vamos de la playa sintiéndonos frescos. Horas después estamos en la mansión de los Mendoza. La ropa bonita de Carlos yace en su mochila. Bien oculta a los ojos vigilantes de su padre. Nos quedamos unos segundos en la entrada, frente a la escalera de gravilla. — ¿Huelo a alcohol? — me pregunta Carlos. Me acerco a él y trato de olerlo cuidadosamente. Su aroma es de perfume masculino, sudor y agua de mar. — No, pero bañate tan pronto sea posible. Así cualquier cosa no te dirá nada. Carlos sonríe. — Le enseñas a Borracho viejo, Alfred. Me encojo de hombros. — Nunca es tarde para aprender nuevos trucos. — Eso es cierto. Caminamos a la entrada con cuidado. Juan Carlos está sentado en medio de la sala leyendo el periódico, nos da la espalda parece ligeramente ocupado. — Ya vine, papá — saluda Carlos. Juan Carlos hace una señal vaga con la mano. — ¿Cómo les fue? ¿Todo bien? — Sí, estuvimos hablando un poco de literatura clásica. Lo usual. — ¿Nada de alcohol? — dice Juan Carlos, suena inquisitivo aún sin voltear a vernos. — No, señor. Nada — le respondo. — Bien. Eso me alegra — dice Juan Carlos ahora desinteresado. — Bueno, me iré a dormir papá — dice Carlos. — Yo me debo ir también, señor — digo. — Como sea — dice Juan Carlos. Carlos me hace una señal con la cabeza para que nos vayamos. Nos vamos en dirección a la puerta. En ese momento, Juan Carlos alza la voz intentando hablar con su hijo… O tal vez conmigo. Tal vez incluso con ninguno en realidad. — ¿Te enteraste de lo que hicieron estos mariposos? Carlos se detiene en la escalera. — Ahora que te hizo esa pobre gente — dice inmensamente triste. — Salió en internet un video que en un bar de la ciudad hubo una pareja de florecitas que se desnudó y estuvo peleando. ¡¿A donde vamos a parar con esta gente?! — ¿Vio usted el video? — le pregunto. — Sí, es un asco — me responde — . Estaban las nalgas de uno de esos expuesta para todo el mundo. No se le ve la cara, pero de todas maneras eso te dice todo de esa gente. Por eso no me gustan las personas así. Alfredo te pido una disculpas si alguna vez creí que eras como ellos. Me alegra mucho que ahora estés con tu novia, la Sarita. Intento explicar, pero la verdad estoy demasiado cansado así que me despido de él y me voy a la puerta. Cuando Carlos y yo estamos cerca de las escaleras él me pregunta en voz baja: — ¿Tienes novia Alfredo? — No ¿Y tú? — No. Tampoco. Carlos me sonríe. Instintivamente le sonrío también. Al llegar a mi departamento caigo rendido, casi me desmayo sobre la cama. Duermo tranquilo por horas. Sueño con el mar, Carlos está ahí. Los dos nadamos en las oscuras aguas, no tenemos miedo de la gran profundidad. Esta nos reconforta. Al despertar amanezco con una sonrisa en el rostro que no soy capaz de explicar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD