El hombre empuja su pistola contra el pecho de Carlos. Este parece temblar. Pero no demuestra miedo. Claro, no está con un rostro de frío acero, pues parece nervioso; sin embargo parece tener cierto control sobre la situación.
— ¿Dónde está mi dinero, Carlitos?
— Tu dinero. Eeh. Bueno, en tu cartera supongo.
— No te hagas el chistosito.
Carlos niega con la cabeza. Parece conocerlos. «¿Qué oculta?» pienso.
El arma es una Desert Eagle muy similar a la del Señor Bala. El acero brilla plateado. El del señor Bala es dorado con tonos rosados. De todas maneras, independientemente del color ambas son igual de mortales.
— Tienes una deuda con nosotros, niño. ¿Quieres que se la vayamos a cobrar a papi?
Por fin Carlos parece aterrado.
— No. Por favor no. Mi papá no se puede enterar de esto.
— ¿Y cómo vamos a tener que cobrarnos Carlos? Mira lo que nos obligas hacer. Ya no podemos creer en ti. Llevas meses desaparecido. Creímos que te nos habías fugado. Hasta te buscamos en tu casa.
— No. Yo… No. ¿Fueron a mi casa?
Carlos baja la mirada, le es difícil hablar. Ahora parece realmente estar devastado.
— ¿Les debe dinero? — digo yo de entrometiendo.
— ¿Nos vas a pagar? — me pregunta el sujeto.
— No lo sé. Depende.
Carlos sorprendido me mira como desconociéndome. Me agacho al piso, estiro mi mano en dirección a mis pantalones. El sujeto asustado me apunta.
— ¿Qué haces?
— Voy a sacar mi cartera.
— Está bien.
Continúo, busco mi cartera en cada bolsillo. Cuando sacó mi cartera, comienzo a contar los billetes en ella. Tengo doscientos en billetes.
— ¿Cuanto es?
— Veinticinco mil.
— Vaya parece que no traigo eso conmigo de momento.
Guardo mi cartera. El sujeto se ríe.
Sabía que no me iba a alcanzar pero gané tiempo. Ahora sé que debo hacer.
— ¿Quién eres tú? ¿Y porque estás en calzones? ¿Eres su novio o algo? — voltea a ver a Carlos — ¿Te agarramos en la movida?
Carlos comienza a balbucear.
— Soy su padrino. Alcohólicos anónimos. Alguien me tiró una cerveza encima, estaba dejando que mi ropa se seque un poco antes de ponermerla.
El sujeto parece no creer la mentira, lanza una carcajada con su voz profunda. Carlos a su vez baja la mirada, parece estar enojado, casi indignado.
— ¿Y qué hace un padrino y su apadrinado en un bar?
— Vine por Carlos. Tuvo una recaída. No se escondió de ustedes, lo teníamos en una clínica. ¿Les ha debido antes?
— Sí. Bastantes veces — el hombre mira a Carlos — . Pero nos ha pagado… Eventualmente.
Carlos asiente con la cabeza, parece no querer participar en la conversación.
— Dennos más tiempo. Les pagará.
El hombre asiente con la cabeza.
— ¿Y cómo sabes que nos pagará? ¿Acaso te quieres ofrecer como su Aval?
Carlos me mira con ojos de perrito lastimado, sus ojos brillan con pequeñas lagrimas que todavía no se animan a caer. En sus ojos puedo ver como su alma pide con todas sus fuerzas concentrada:
«“Por favor. Por lo que más quieras, no importa que pase: No te metas”»
— Sí — le digo en contra de mi buen juicio.
— Tu credencial. Muestramela.
Tomo de mi cartera mi credencial. Se la doy sin aparentar miedo. Sé que me estoy metiendo en más problemas del necesario. Pero estoy haciendo lo que me hubiera gustado que alguien hiciera por mí cuando por primera vez me enfrenté a los señores Bala y Tanque. No ha pasado tanto tiempo, y sin embargo por todo lo que ha pasado comienzo a entender como funciona este tipo de gente. Tal vez los Mendoza sean un misterio para mí, pero toda la gente con arma quiere una cosa: Que les sigan el juego. Así de predecibles. Así que eso es lo que estoy haciendo, ya me preocuparé de las consecuencias después.
— Bien. Alfredo Gómiz. Tengo tu nombre, tu foto y tu dirección. Te iremos a buscar en caso de cualquier cosa. Me quedo con tu credencial hasta que nos pagues.
Trato de no reírme al saber que mi credencial de elector contiene mi dirección, sí. Pero la de mi apartamento quemado. Que vayan a visitarme, los invito. Les daré galletitas de sueños rotos y cenizas al mojo de ajo.
— ¿Cuanto tiempo nos puede dar?
— ¿En cuanto tiempo lo puedes tener listo?
— Mínimo un mes.
El Hombre se muere de risa.
— Jodete.
— No, en serio.
— No. No te podemos dar tanto.
El hombre mira a Carlos. Este solo lo voltea ver suplicante.
— Te damos hasta el veinticinco. Veinticinco para que nos des veinticinco.
— ¿Quieres trabajar en navidad? — le pregunto.
— Tienes razón. Veintiséis. Con un bono navideño, para mí. Por esperarte. Añádele otros veinticinco.
— ¿Veintiséis para Cincuenta mil? Eso no rima.
— No, pero me gusta el dinero. Y ese bono es por esperar. Es una oferta especial para ti Carlos. Porqué te apreciamos. Falla y no solo papi pagará, sino que tu novio también. Si ninguno paga con plata. Lo pagarán con plomo ¿Escuchaste?
Carlos se queda callado.
— Te hice una pregunta.
— Te escuchó.
— Quiero oírlo de sus labios.
Carlos asiente con la cabeza.
— Dile lo que quiere escuchar — le digo.
— Sí. El veintiséis.
— Perfecto. Recuerda, no terceras oportunidades.
El hombre baja la pistola por fin, se la guarda en la parte de atrás de su pantalón. Carlos parece no darse cuenta. Sigue contra el muro del callejón. Como si quisiera que el mismo muro lo absorbiera.
— ¿A dónde será el deposito?
— ¿Tienes dónde anotar?
Saco de mi pantalón mi teléfono. Trato de ser rápido y poner la aplicación de notas. Le paso de inmediato el teléfono confiando que no se lo quieran quedar también. El Hombre anota algo, mira algo en mi teléfono que lo hace sonreír y me regresa el teléfono.
— Bonito fondo de pantalla.
— Gracias. Me gustan los pingüinos.
— Son unas bellísimas criaturas.
Yo asiento.
El Hombre se aleja saliendo del callejón.
— Gracias por darnos la oportunidad de pagar, señor — le digo cuando se ha alejado un poco.
— ¡Ja! No fue por ti niño, en el Infierno. Alguien abogó para que no les disparáramos al verlos.
El Hombre se va, dándome nuevas razones para estar agradecido con aquel desconocido de traje dorado. El Hombre sale del callejón. Parece ser que alguien lo espera en la salida de este porqué de inmediato una luz blanca nos baña dejándonos ciegos por unos segundos. El Hombre se espera hasta estar cerca de la entrada para voltearnos a ver.
— Confiamos en ustedes.
Entonces vuelve a sacar la pistola. Dispara un balazo entre mis pies yo salto, pero escucho a Carlos golpearse contra la lata de basura en la que nos intentamos ocultar, parece ser que se cayó del susto. Lo volteo a ver, fuera de el hecho de que está cubierto de mugre, papeles sucios y restos de basura todo parece estar bien.
— Pero recuerden, fallar no es una opción.
— Entendimos. No se preocupe.
Lo despido con la mano y el me regresa la despedida. El Hombre se va. Cuando Carlos y yo estamos solos de nuevo lo jalo del suelo. Por primera vez lo veo bien a los ojos. Está llorando, sí. Pero sobre todo está enojado. Me mira con odio.
— ¿Estás bien? — le pregunto, honestamente preocupado.
Carlos dice algo, no logro entenderlo. Lo dijo de manera demasiado baja como para que pudiera escucharlo. Es como si no quisiera decir nada.
— No. No tenías que hacer eso.
— ¿Darte más tiempo?
— No debiste decirle que estuve internado. Me humillaste.
— ¿Humillarte? Parece ser que te salvé la vida.
Carlos se ríe de manera irónica.
— ¿A qué precio?
— ¿Eres o no eres alcohólico? Dime que mentí al decirle eso.
— Ese no es el punto.
— Por el contrario. Ese es, el punto.
Carlos niega con la cabeza, comienza a alejarse de mí.
— ¿A dónde vas? ¿Te avergüenza que la gente sepa que eres un alcohólico? pero aún así… Eres un alcohólico. Negarlo no sirve de nada.
— Tú no entenderías la vergüenza que me acabas de hacer pasar.
— ¿Me lo dices tú a mí? Me hiciste correr dos calles desnudo, Carlos.
— ¿Entonces lo hiciste para estar a mano?
— ¡No!
— De todas maneras me jodiste, Alfredo.
— ¿Porqué te preocupa tanto lo que ellos piensen o sepan de ti? ¿Quienes son ellos?
— Que te importa.
— Carlos, acabo de salvarte de ellos. Claro que me importa. No sólo eso, si no pagamos yo también estoy muerto. Ayúdame a ayudarte.
— ¿Porqué quieres ayudarme? No me conoces.
— No. Pero cuando una persona se está ahogando. Es cruel dejarles ahí sin siquiera lanzarles un salvavidas.
— Tú no tiraste un salvavidas, tú te lanzaste al mar.
— Soy bueno nadando — le replico.
Carlos se ríe por un segundo. Es como si fuera un reflejo nervioso más que una risa. Niega con la cabeza y luego se recarga en uno de los muros del callejón. Alza el rostro como dedicando la mirada al cielo. Parece pensar algo, recordando viejos y dulces ayeres.
— El alcohol no es mi único problema. De hecho es el menor de ellos.
Me recargo junto a él. Me pongo los pantalones mientras él habla.
— Me gusta mucho apostar. Lo adoro — continúa diciendo Carlos — . La sensación de ganar es… Es algo indescriptible. Es casi como estar dormido en todo momento, en todo lugar y cuando estoy frente a la mesa y la apuesta está corriendo simplemente — Carlos comienza a jugar con sus manos, haciendo con ellas un gesto de algo expandiéndose o incluso explotando — . Me siento vivo. Es una segunda vida. No. Es mi vida, la de verdad. Todo lo demás es relleno. Es eterno sueño.
— ¿Con qué apuestas?
— Póquer.
Personalmente me río.
— ¿Qué tiene el Póquer de bueno que me lo encuentro hasta en la sopa?
— Tiene muchas cosas de bueno.
En ese momento escuchamos una patrulla de policías sonar. Seguro buscan información de la balacera.
— Vayámonos, hablamos en otro lado.
Nos regresamos por el camino en que vinimos, esta vez soy yo el que ayuda Carlos a pasar por el muro. Él me espera desde arriba y me jala en cuando puede. Pasamos el largo camino al estacionamiento en silencio. En el bar ya se ven algunas patrullas. Apretamos el paso intentando que nadie nos vea para tomar nuestro transporte.
— ¿A dónde vamos? — le digo cuando nos sentamos en el coche.
— Sólo… Sólo conduce.