Un Martes Cualquiera, Parte dos.

2503 Words
Despierto. La cabeza me zumba. No tengo idea de cuanto tiempo llevo noqueado. Cuando vea a ese consentido maleducado voy a golpearlo. Igual, de momento apenas puedo moverme. Intento agarrarme de los asientos traseros cuando escucho golpecitos en el vidrio. Ahí veo a dos mujeres, una rubia y una de pelo n***o tocando el vidrio del coche como niños que golpean la vitrina de un zoológico. Se dan cuenta de que despierto. Sacan su teléfono, me toman una foto cuyo flash me desorienta aún más y antes de que me de cuenta ya no están. ¿Porqué harían eso? A quien le importa. Debo concentrarme en encontrar a Carlos. No puede estar lejos, al fin de cuenta este es su coche. Me arrastro del carro abriendo la puerta con extremo cuidado. El cuidado es más que nada por mis manos temblorosas. Salgo del coche y me doy cuenta de lo fría que es la noche, tal vez por la temporada o por la zona. Nunca había encontrado otro frío similar. Comienzo a dar varios pasos, mis piernas flaquean un poco, lo que sea que me dio Unas jóvenes pasan y me chiflan. «Voy a matarte, maldita sea» pienso. Camino en dirección del bar, alguien me detiene a la mitad del camino. Los aparto con un manotazo. — ¡Pero no puede pasar así! Entro al bar, todavía temblando de frío. En el bar la fiesta continua sin mí. Carlos está encima de la barra, bailando en completa ebriedad mientra gira unos trapos en sus manos como si fueran banderas de porrista. Alrededor la gente lo ánima y él le invita más copas a todos los presentes. — ¡CARLOS! — grito. El Bar “El Infierno” estalla en silencio, es como si un rayo hubiera caído en el lugar. — Señor — me empieza decir una diabla — . Usted está… — Estoy apunto de ahorcar a ese imbécil de allá — digo señalando a Carlos. Carlos pasa rápidamente de asustado a completamente divertido. — Alfredo, sé que eres pobre pero no sabía que tanto. — ¿Qué? Carlos me señala. Luego truena los dedos. Alguien le pasa unos trapos. La agita. Es mi ropa. Me veo a mi mismo… Estoy desnudo. — ¡TE VOY A ROMPER TODA LA Ma...! — le grito. Carlos por su parte grita también, aterrado de mí. Por primera vez me doy cuenta que los trapos son mis ropas. Me siento apenado, eso no me detiene. Me lanzo como un animal en contra de Carlos. Carlos por su parte intentan huir de mí. La gente del bar se ríe y se ríe mientras Carlos cae de espaldas al intentar bajarse de la barra. No sé si se ríen más de mí o de él. — ¿Porqué me quitaste la ropa, desquiciado? — Para que te quedaras en el carro, loco. Carlos se levanta y corre como el cobarde que es. Ambos vamos dando círculos. Corremos en una dirección, el otro va en dirección a la otra. En un momento Carlos y yo nos quedamos con una mesa en medio. Damos pasos en falsos, Carlos intenta caminar a la izquierda y le sigo. Se detiene. Hago una finta hacía la derecha y se mueve a la izquierda. Así le damos múltiples vueltas a la misma mesa. Yo diría que al menos fueron unas diez. — ¿En qué mundo vives para desnudar a otros de esta manera? ¿Querías avergonzarme? — Creí que te ibas a quedar adentro por la pena. ¿Yo cómo iba a saber que eras exhibicionista? Lanzo una botella en su dirección general. — ¡APENAS ME DI CUENTA, IDIOTA! — ¿Cómo es que apenas te das cuenta de que eres un exhibicionista? Eso no tiene sentido, Alfredo. — De que estaba desnudo, maldita sea. Le tiro otra botella, esta cae más cerca de él. Veo como la cerveza lo baña, cae escurriéndose por encima de su pierna. Entre ellos veo trocitos de vidrio. Sus pantalones sin embargo son lo suficientemente gruesos como para no salir lastimado. — ¡DAME MI ROPA, ANIMAL! — ¡No, largate de aquí! — Carlos comienza a gritar — . ¡Seguridad, auxilio! Una de las meseras que estaba en silencio, inmóvil del shock reacciona a la llamada de auxilio de Carlos. Ella corre de inmediato gritando a todo pulmón hacía el piso VIP de arriba. Carlos la intenta seguir de inmediato. Se cae en las escaleras. Corro tras él en el momento en que lo veo moverse. Lo jalo de la pierna desde algunos escalones más abajo. El comienza a patearme para que lo deje libre. Veo el inconfundible relampagueo de un flash, alguien está tomando una foto. Giro mi cara en dirección al muro para evitar que mi rostro se vea. Carlos me lanza una patada esta vez bien dada, que golpea mi nariz. Lo suelto. La gente se ríe, temo que alguien probablemente esté grabando todo el espectáculo. Carlos continúa corriendo alejándose cada vez más de mi hacía la terraza del “Infierno”. Me tapo la cara con la mano mientras subo las escaleras. Muero de la vergüenza y no quiero pensar que exista la posibilidad de que algún día alguien me relacione con las fotos o peor… algún video de lo que está pasando ahora mismo. Corro directo hacía el segundo piso. Este al principio me deslumbra. La terraza de “El Infierno” es amplia y fresona. Llena de vida, y artefactos extravagantes. La mayoría de la gente que bebe está vestida con ropa de Gucho, y todos ellos tienen guardaespaldas a su lado. Es increíble como una simple escalera te puede llevar a grupos de clases tan distintos entre ellos. Carlos avanza a un grupo de persona que usa una cac'himba grupal, todos ellos nos miran con desprecio mientras escupen humo de cachimbaces como soberanos dragones. — ¡Ayúdenme! La gente de la mesa se aleja de él, con asco. — ¡Quitate, sucio! — le dice un sujeto de lentes oscuros con un traje dorado con lentejuelas, después de eso le lanza una patada a Carlos en el estomago, la cual lo deja en el piso agarrándose el vientre unos segundos, sin aire. Lo suficiente como para que logre alcanzarlo. Me lanzo encima de él. — Alejate — me intenta decir, más no le hago caso. Un grupo de guardaespaldas y personas de la seguridad del bar se aproximan hacía nosotros, algunos con su arma empuñada dentro de sus forros de seguridad. Otros con una macana en mano lista para atacar. — ¡ESPEREN, NO ES LO QUE CREEN! — grito yo. Ellos me ignoran y siguen avanzando con el paso apretado más de una maquina que el de un humano. Carlos les intenta dar la mano. Les veo rodearnos y veo como uno alza la macana por encima de su cabeza, me trato de cubrir la cabeza con los brazos para evitar los golpes. Un segundo antes de recibir un golpe se escucha una voz. —Alto. No es un grito, tampoco una orden. Solamente una mención a la ligera de una voz pomposa, pero con la suficiente autoridad para que todos se detengan en seco. Alzo la cabeza. Todos los guardias y personas de seguridad se mantienen completamente quietos, en sus rostros veo miedo puro y sin censura. Miro alrededor buscando la fuente de la voz, me doy cuenta después de unos segundos que la voz provenía del hombre vestido de dorado con gafas negras que nos veía desde la mesa. Se pone el tubo en la boca e inhala, luego exhala humo y me sonríe. — ¿Ese sujeto te quitó la ropa? — Sí — le respondo. — ¿Cómo te la quitó? Te ves más fuerte que él. — Me puso una pastilla para dormir. — Ah. Así que eres uno de esos ¿No es así? — le dice a Carlos. Carlos niega con la cabeza. — ¿No qué? Dime ¿Le pusiste una pastilla a tu amigo? Carlos le sostiene la mirada unos segundos al hombre vestido de dorado. Este lo mira fijamente y juro que vi por unos segundos como al hombre de dorado le ardían los ojos en llamas a través de sus lentes oscuros. El Hombre de dorado asiente, mira a Carlos. Luego a mí. — ¿Gustarías que le demos una lección? — ¿Qué? — No… ¡NO POR FAVOR NO! — grita Carlos desesperado. — Eh. No. Yo me encargo. Al final del día fue mi error. Se supone que yo debo cuidarlo. Bajé la guardia. Este es mi castigo, me lo merezco. El Hombre de dorado me sonríe, sin embargo siento la decepción en sus facciones. — Que sea como tú gustes. Aunque si cambias de opinión, en cualquier cosa que pueda ayudarte, tú pídelo. Además… El Hombre de dorado me mira de pies a cabeza haciéndome sentir más incomodo y más desnudo de lo que ya estoy. — Las noches en esta ciudad a veces son aburridas. No todas las noches tenemos gratas sorpresas en este bar. — Muchas gracias señor. El Hombre de dorado me hace un saludo con la mano, como diciendo “Continúa”. Todos los guardias en sincronía se alejan de nosotros y deliberadamente nos ignoran como si no quisieran mezclarse con nosotros. Tal vez por miedo al hombre dorado, tal vez porqué sigo desnudo y no se podría decir que doy una gran vista. Dejo de poner todo mi peso bajo Carlos y me levanto, luego lo jalo para que se levante, parece estar tan confundido como yo. — Ahora dame mi ropa en este momento. — ¿Porqué haría eso? Tú lo dijiste ¡Te mereces lo que te pasó! — Porqué allá abajo hay pruebas de que estuviste en un bar conmigo hoy, y que me quedé desnudo. Sólo necesito que alguien me pase alguna foto o video y te encierran otra vez por no sé cuantos meses en no sé que lugar para lavarte el cerebro. — Pero… — Pero nada ¡Dame mi ropa de inmediato! — le digo mientras trato de arrebatarle mi ropa de las manos. — No quiero — dice Carlos con alto odio mientras sujeta la tela como si su vida dependiera de ellos. — Niño, dale su ropa — El Hombre de traje dorado interviene justo antes de que Carlos me lance una mordida. Carlos intenta rezongar, pero de inmediato se calla. — Toma pues. Carlos me da mi ropa. Me pongo de inmediato la ropa interior. — El resto pontelo en el coche. Vayámonos. Ya… Ya no quiero estar aquí — dice Carlos mientras le da una mirada de enojo e impotencia al hombre que me ha ayudado esta noche. Yo me volteo a ver a ese hombre y le saludo con la mano agradeciéndole mientras me voy apurado tapándome, Carlos tiene razón. Mientras menos tiempo estemos aquí, mejor. No confío en nadie y comienzo a sospechar que el sujeto de dorado es tan poderoso que me es imposible no tenerle miedo. Carlos comienza a bajar por las escaleras. Me apuro, no quiero perderlo de vista. Tiene razón, lo mejor que podemos hacer es irnos de la manera más rápida posible. Carlos se queda quieto en medio de la escalera. — Vayámonos por otro lado, Alfredo. — ¿Porqué? — ¡POR FAVOR, VAMOS! — ¿Qué pasó — le pregunto. — Sólo hazme caso — parece genuinamente desesperado. De inmediato me asomo por las escaleras, Carlos parece apunto de llorar busca otras salidas. Allá abajo hay un hombre con cara de cuadrada y ojos de matón haciendo preguntas. La gente señala las escaleras. — ¡Ahí está! — grita alguien cuando se percatan que me estoy asomando. El hombre comienza a venir en nuestra dirección. Me subo y veo a Carlos. Su rostro lleno de horror me lo dicen todo. — ¿Amigo tuyo? Carlos asiente, ahora llora a gota gorda. — Señor ¿Nos podría ayudar en algo? — le pregunto al Hombre de dorado. — ¡Ah, al fin algo interesante! Dime. — ¿Puede ayudarnos a salir de aquí? — ¿Los persiguen? Asiento. El Hombre de dorado se rasca la barbilla mientras sonríe ahora con un rostro de excitación y tremenda satisfacción. — Por esa ventana se sale a mi salida personal, saldrán por el callejón tras el bar. Por ahí nadie los verá. Aquí nunca estuvieron. — Gracias. Carlos y yo nos vamos por la ventana que nos indicaron. Todos en el piso de arriba nos miran de manera extraña, como si hubiera pasado un milagro de esos que sólo se ven cada diez lunas azules. Carlos salta por la ventana, abajo hay un basurero de metal cerrado, como esperando ser usado como escalera en caso de cualquier emergencia. — Cuídese — le digo al hombre de dorado. La mayoría ahí se ríe como si no supiera a quien le estoy hablando. No lo sé, pero tengo una idea la cual no me gusta. — Igual tú — me dice. En ese momento salto y pierdo de vista a ese hombre. Carlos y yo comenzamos a correr, el callejón sale por una serie de corredores apretados a una zona residencial, probablemente cerca de donde los amigos de Carlos que no vimos viven en verdad. Eventualmente llegamos a un muro de concreto, no muy alto pero si lo suficiente para que no podamos saltarlo así nada más. — Detrás de este muro hay un callejón. — ¿Cómo lo sabes? — No hay buen borracho en el mundo que se respete que no sepa donde puede vomitar tras salir de un bar. Asiento. No entiendo lo que dijo pero prefiero no discutir. Escucho pasos viniendo en nuestra dirección. — Salta — me dice poniendo sus manos en sus piernas, me está facilitando el salto al muro. Pongo mis pies en sus mano y él me alza. Llego al muro y ahí trepado, me agarro fuertemente con las piernas. Bajo mi torso para ayudarlo a subir. Lo jalo con todas mis fuerzas y siento mi espalda tronar y mis brazos se sienten desgarrados. Estando en el borde del muro tomamos aire y luego nos tiramos al suelo. Escucho como mis piernas truenan y como Carlos cae de cara. Igual recomponemos la postura y aguantamos la respiración y el dolor. Ya tendremos tiempo para que nos duela mañana. Nos quedamos agachados en completo silencio, viendo en la oscuridad cualquier movimiento o sonido. El callejón se mantiene inmóvil. — Creo que lo perdimos — le susurro a Carlos. — ¿Estás seguro? — me responde Carlos. — Yo creo que no — nos dice una tercera voz. Ambos saltamos de miedo, volteamos a nuestra derecha y la visión nos horroriza. Una silueta en la oscuridad. La luz de la luna solo ilumina el ligero blanco en sus ojos, su sonrisa torcida y peor aún: Una pistola más grande que mis manos.
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