El sol de la tarde acariciaba suavemente la pequeña casa de campo donde Cam vivía con su abuela y su niña. Después de varios días de malestar la muchacha finalmente se sentía lo suficientemente fuerte como para levantarse de la cama. Su abuela, siempre atenta, le había llevado las sábanas recién lavadas en una cubeta para que no tuviera que hacer esfuerzos innecesarios. Con cuidado, Cam se dirigió al patio trasero, donde la esperaba la cubeta con las sábanas blancas. El viento jugaba con ellas, y a pesar de que estaban livianas, Cam sentía el peso de la tristeza en su corazón mientras las colgaba para que terminaran de secarse. Sentía que no solo se le había arrebatado la energía y la vitalidad que solía tener, sino también la alegría de estar viva, y aunque le pesaba no podía evitar sent

