El placer seguía golpeándola, olas tras olas que la mantenían gimiendo sin control, con el cuerpo temblando contra el cristal y el alma marcada por él. Se aferraba a Pantera con desesperación, mientras sus uñas recorrían la piel firme de su espalda, dejando surcos rojos que lo marcaban. Cada embestida la sacudía con fuerza, sus pechos se mecían en un vaivén que solo aumentaba la sensación de que él la dominaba por completo, de que cada parte de su cuerpo pertenecía a ese momento, a ese hombre enmascarado que la poseía sin piedad. Los gemidos de Evanya eran quebrados, ahogados a ratos contra su boca cuando lo besaba con la necesidad de sellar esa unión con sus labios. Se aferraba a sus hombros, luego lo rodeaba del cuello y se inclinaba a besarlo ahí, en la piel caliente. —Oh, Dios… —gim

