Zoran no reaccionó. Sentado, aceptó una cerveza de manos de uno de sus gitanos, la abrió con un chasquido y le pasó otra a Caelan, luego una tercera a Brennan, que la dejó a un lado sin levantar la vista de su trabajo. Isauro estaba temblando, los ojos vidriosos, respirando entre sollozos. —No sé… no sé nada —repitió, desesperado. —No te creo —dijo Brennan, con la voz tan fría como el acero que sostenía. La segunda uña cayó. Luego la tercera. Los minutos se alargaron, cada uno marcado por el sonido seco del cuchillo levantando queratina y el goteo de sangre sobre el suelo. Brennan no se apresuraba. No había rabia en sus movimientos, solo precisión y una calma brutal que helaba el ambiente. Cuando terminó con la primera mano, Isauro estaba jadeando, con los dedos ensangrentados y las

