—¿Quién ordenó envenenar al perro? —preguntó Brennan, con voz grave, cada palabra medida, cada pausa un cuchillo invisible que desgarraba el aire. Isauro apretó los dientes. Negaba. Se negaba a hablar. —Hazlo hablar —dijo Brennan con un tono que no permitía réplica, y su mirada se cruzó con la de Caelan. Tomó una navaja y la giró entre sus dedos con destreza. Se agachó frente a Isauro, observándolo con atención. Sus movimientos eran precisos, rudos, y cada gesto transmitía amenaza. La hoja rozó la piel de Isauro, apenas dejando un hilo de sangre, suficiente para que supiera que el dolor venía y no se iría. —Dímelo —susurró Brennan, acercándose nuevamente, su sombra oscura proyectándose sobre el hombre—. ¿Quién? Zoran notó cómo Isauro comenzaba a temblar más fuerte, la respiración agit

