No podía ser ella. El corazón le dio un vuelco cuando una idea se formó en su mente. —Azran —susurró, como si el nombre por sí solo llenara el espacio. Se levantó de golpe, casi tropezando con el borde del sofá. Simon la siguió con un ladrido suave mientras ella corría hacia su habitación, dejaba el bol vacío en la mesa y se miraba al espejo. Su cabello estaba revuelto. Peinó rápido los mechones rebeldes, el corazón latiéndole con fuerza. Cada movimiento era torpe, impulsado más por los nervios que por la prisa. Cuando abrió la puerta, él estaba ahí. Azran, de pie en el umbral, con la camiseta negra ajustada a su torso, las llaves del auto en una mano, los ojos azules fijos en ella. Profundos. Intimidantes. Hermosos. —Buenas noches —saludó él, con voz baja, educada, casi neutra. Si

