El motor rugió con suavidad cuando Azran encendió el auto. Giró la cabeza hacia ella, sus ojos azules fijos, directos. —¿Quieres ir a algún sitio en particular? —preguntó con esa voz baja y tranquila que siempre parecía esconder algo más. Evanya dudó un momento. Podría haber dicho que no, que lo dejaba a su elección, pero al final asintió despacio. —Sí… —respondió, dándole una dirección que a él no le resultaba familiar. Azran levantó una ceja al escucharla. No era uno de los restaurantes exclusivos que él solía frecuentar, no estaba en el centro de la ciudad ni en alguna azotea elegante con vistas privilegiadas. Era un sitio sencillo, en un barrio tranquilo, alejado de su mundo. Ella notó su silencio y, con un gesto seguro, añadió: —Si le incomoda… podemos ir a donde quiera. Azran

