—Mírame —ordenó, con voz grave. Ella abrió los ojos, y lo vio. Ese deseo crudo, oscuro, que le robaba el aliento. Y entonces, él empezó a moverse. El primer vaivén fue lento, profundo, marcando un ritmo que le arrancó un gemido que no pudo contener. Sintió cómo él salía casi por completo y luego volvía a hundirse, más fuerte, más hondo, llenándola, haciéndola sentir cada centímetro de su dureza. El sonido húmedo de su unión llenó la habitación, mezclado con los jadeos que se escapaban de su garganta y los gruñidos graves de Pantera. Cada embestida era más firme, más intensa, el ritmo creciendo sin prisa pero con la fuerza de alguien que sabe exactamente cómo quebrarla de placer. —Joder, Evanya… —gruñó, mordiéndole el cuello, lamiendo su piel mientras sus caderas marcaban un ritmo bruta

