Azran no era suave. No lo había sido nunca. Y ella no quería suavidad. Quería esto. Quería el deseo salvaje. Quería al hombre que siempre había estado detrás de la máscara. Sus manos recorrieron la espalda de él, sintiendo el músculo duro aún bajo la tela, el calor bajo la camiseta. Tiró de la tela, necesitaba más piel, más de él, pero Azran solo la besó con más urgencia, con más rabia, con más necesidad. El frío del lavamanos, el calor de su cuerpo, el peso de Azran sobre ella, todo era un torbellino que la arrastraba más y más hondo. Cada beso, cada toque, cada apretón la hundía en un mar de deseo que no tenía salida. Cuando él bajó la mano por su espalda y la apretó contra su v***a, Evanya perdió el aire. El roce crudo, directo, la hizo temblar, un gemido escapando de su garganta si

