Azran separó sus labios vag¡nales y su cabeza se inclinó sin que Evanya apartara los ojos del espejo. Ella apenas pudo sostenerle la mirada cuando sintió su lengua abrirse paso, lenta, húmeda, como una sentencia. El aire se le atoró en la garganta y un gemido ahogado escapó de su boca. El calor subió de golpe por su abdomen, mientras los dedos de Azran presionaban sus muslos, obligándola a mantenerlos abiertos, a no huir de la crudeza de lo que le hacía. La lengua de él se movía con un control enfermizo, delineando cada pliegue, castigando su clítoris con toques precisos, como si conociera la manera de quebrarla sin darle tregua. Evanya se miró en el espejo. Su reflejo jadeaba, tenía el rostro encendido, los labios rojos entreabiertos, los ojos húmedos. Era ella, pero también otra: una m

