—Mírame —ordenó él, nuevamente. Ella obedeció. El aire se le atoró en la garganta cuando el bóxer se deslizó por sus piernas y la dureza de su v***a quedó libre, tensa, elevada hacia adelante, apuntando directo a ella. Era grande, firme, magra y perfecta. Evanya sintió las piernas flaquear, un calor repentino trepándole desde el vientre hasta el cuello. Tragó con dificultad. Azran giró apenas el rostro, sus ojos ardiendo en el reflejo. —Ahora es mi turno de verte. Las piernas de Evanya temblaban cuando se puso de pie. Bajó de la cama como si el suelo le quemara los pies. El corazón le golpeaba en el pecho. Se acercó, y él ya se había colocado frente al espejo, erguido, como un castigo preparado para ella. Evanya se arrodilló lentamente, con la melena cayendo sobre su espalda. Levantó

