Azran jamás había dormido con ninguna mujer después del sexo. Era de esos hombres que disfrutaban del fuego, de satisfacer a sus parejas sexuales, del choque de cuerpos, de saciarse y también de largarse sin mirar atrás. La soledad de su residencia siempre había sido su refugio. El silencio, sus paredes, su cama vacía, todo eso le resultaba mucho más soportable que quedarse con alguien y permitir que lo vieran vulnerable, desnudo en algo más que el cuerpo. Pero esa madrugada, algo se quebró en su lógica. Vio los ojos de Evanya, cansados, brillantes todavía por lo que habían hecho, y entendió que pedían algo más que otra embestida. Le exigían en silencio que se quedara. Y él, contra todo lo que siempre había hecho, sólo pudo soltar una sonrisa seca, casi un gruñido de aprobación, antes de

