La noche ya no era joven. Pasaba de la una de la mañana y la mansión rebosaba de secretos apenas susurrados entre el alcohol costoso que se sirvió toda la noche y las sombras de terciopelo. Jenna dejó escapar un suspiro, bajando la mirada mientras cruzaba por el salón con la última charola vacía. Aunque la mansión no cerraba hasta las seis o siete de la mañana, el turno de Jenna había terminado. No le lanzó ni una sola mirada a Caelan, aunque lo sintiera en el aire como una presencia que se le pegaba a la piel. El murmullo de la música, el tintinear de copas y las risas lascivas de los hombres de la élite eran apenas un telón de fondo mientras ella se acercaba a la barra. Zoran, el romaní que actuaba como barman del club, le dirigió una media sonrisa cuando se aproximó. —Última de la n

