Empezó a leer. Cláusula por cláusula. La confidencialidad. La retribución mensual. Los límites físicos acordados —Evanya podía tocar cada parte de su cuerpo, pero no su rostro—. Las condiciones de anulación del contrato. El uso exclusivo del nombre “Pantera” como identidad en el documento. Y entonces buscó. Casi sin pensarlo. Buscó su nombre real. —¿Dudas de mí? —la voz de Pantera atravesó el silencio como un filo. Evanya alzó la vista, sus ojos chocando con los suyos. Maldita sea. Eran tan azules. —No… solo... —titubeó— buscaba confirmar. —Mi nombre será colocado una vez tú firmes. No antes. Pero estará ahí, puedes estar segura. Evanya sintió una punzada de duda… y luego la sofocó. Sabía que estaba entrando en algo fuera de todo lo que había conocido. Pero ya había cruzado una lí

