Desde su cama, Evanya observó el peculiar juguete que Pantera le había dado como obsequio. El objeto, aún dentro de su caja negra, descansaba sobre la mesita de noche como si la desafiara. No era tan grande ni particularmente intimidante, pero había algo en su presencia que la descolocaba. Lo miraba con el ceño levemente fruncido, con una mezcla de curiosidad, nerviosismo y escepticismo. Tenía 28 años, y jamás había considerado siquiera la posibilidad de usar un juguete s****l. Siempre pensó que eso era para otras mujeres. Mujeres solas. Mujeres que llevaban tanto tiempo sin sexo que ya no recordaban cómo se sentía ser tocadas por un hombre. Para ella, una mujer con pareja —aunque esa pareja hubiese sido cualquier cosa menos una pareja digna— los juguetes sexuales eran innecesarios. Una

