Él se acercó sin decir palabra. Caminó hasta la orilla de la cama, inclinándose sobre ella mientras sus dedos atrapaban su mentón con firmeza. La obligó a mirarlo. A subir el rostro, a sostenerle la mirada. Evanya no pudo evitar estremecerse. Los ojos azules de Pantera brillaban con algo más que deseo: había posesión, hambre, determinación. Porque Evanya poco a poco comenzaba a abrirse a ese oscuro mundo. Incluso sin pronunciar una sola promesa. Como si lo que había ocurrido entre ellos no fuera solo una noche de sexo, sino el principio de un vínculo que no iba a romperse. Entonces la besó. Con una intensidad devastadora, sumergió su lengua dentro de su boca y marcó el ritmo como un reclamo, como una firma grabada a fuego. Evanya sintió el corazón latirle con fuerza cuando sus labios

