Evanya fingió desconcierto. —de verdad… no es nada. Él dejó los cubiertos sobre el plato, girándose hacia ella. Arqueó su ceja izquierda y su mirada de pronto se volvió más intensa. —Se nota que estuviste llorando. Su voz era firme, cortante, sin un atisbo de duda. Ella sintió que el calor le subía a las mejillas, no por la incomodidad, sino porque esa forma de hacerla estremecer con una sola frase le resultaba insoportable. Azran se inclinó un poco más hacia ella, y con una calma descarada, preguntó: —¿Tuviste problemas con algún hombre? Evanya se quedó helada. La pregunta era directa, invasiva… y cargada de una tensión peligrosa. No era simple curiosidad; él quería saberlo. Lo exigía, incluso. Su corazón comenzó a latir con fuerza, y en ese instante supo que no se conformaría con

