Porque su lujuria no era como la de Renzo Galliani, el jefe de Evanya en el periódico. No era burda ni asquerosa. No mostraba esa necesidad desesperada ni el abuso de poder que Galliani cada tanto se sentía obligado a manifestar. Era algo peor: expectativa paciente. Porque Pantera podía esperar. Porque él sabía lo que haría cuando llegara el momento. Y ella... sin saberlo, quizá en el fondo de su ser, también lo intuía. Cuando el reloj marcó la hora de salida, Evanya se puso de pie con elegancia. Su bolso colgaba del brazo y sus pasos eran suaves. Se acercó al escritorio y con una voz suave dijo: —Buenas noches. Pantera solo asintió con un leve movimiento de cabeza, sin palabras. Solo la observó mientras caminaba hacia la puerta y desaparecía por ella. El eco de sus tacones pareció de

