—¿Tienes miedo de perder lo que has ganado? —preguntó Pantera, sin mirarlo. Justin apretó la mandíbula. «Este idiota está fanfarroneando. No ha ganado ni una vez. No puede darme la vuelta ahora» Justin volvió a sentarse. Dejó los veinte mil sobre la mesa. —Juguemos. La tensión se alzó como una ola. El dealer movió las cartas. Nadie habló. Las apuestas estaban en la mesa. Justin tenía un as de corazones y un ocho de tréboles. No era la mejor mano, pero era jugable. Pantera no revelaba nada aún. Sus ojos estaban clavados en las fichas, como si pudiera ver a través del universo mismo. El flop: as, ocho, dos. Dobles. Justin sintió el pulso latirle en la sien. Respiró por la boca. Apostó diez mil. El ruso se retiró. El latino también. Solo Pantera y el otro hombre que no sabía cuándo

