La mansión del pecado.

3213 Words
Evanya suspiró hondo antes de cerrar la puerta de la oficina, intentando que el leve chirrido no sonara tan fuerte como el tamborileo de su pecho. El aire dentro del despacho parecía estancado y aquel hedor a cigarro rancio y madera vieja impregnaba el lugar como una presencia más. Frente a ella, Renzo Galliani alzó apenas la vista desde unos documentos, sin molestarse en disimular su demora. —Vaya, vaya… —murmuró con voz espesa—. ¿A qué debo el honor? Su mirada descendió lentamente, deteniéndose con morbosa deliberación en sus piernas, a pesar de que su falda cubría hasta por debajo de las rodillas. Luego subió con igual lentitud, examinando su blusa como si buscara rendijas que le permitieran ver más allá, algo que lo excitara. Evanya sintió la piel endurecerse bajo esa mirada. Apretó los papeles entre sus manos hasta que se arrugaron. No respondió de inmediato, hablar frente a ese hombre le provocaba algo parecido al asco visceral. Galliani chasqueó la lengua, bajando la mirada de nuevo a su escritorio, la paciencia de ese hombre se acababa con facilidad. —Siéntate —dijo con un tono serio que constrastaba con la mirada morbosa que aún mantenía en ella. Lo hizo con rigidez, sin apoyarse del todo en el respaldo. Había algo en ese sillón —quizá la idea de cuántas veces él lo habría usado para propósitos que no quería imaginar— que la mantenía tensa, alerta. Finalmente, él volvió a levantar la mirada. —Entonces… —musitó, entrelazando los dedos y apoyando los codos en el escritorio—. ¿Qué necesitas, Evanya? Tragó saliva. Sus labios se separaron, pero las palabras no salieron de inmediato. —Yo… estaba pensando en… en una posibilidad. —¿Una posibilidad? —repitió él, con una sonrisa torcida. Su tono era burlón, disfrutando de verla incómoda. —La posibilidad de un préstamo —soltó ella al fin. Galliani se inclinó ligeramente hacia el frente, su sombra cayendo más cerca de ella. —Ah… Un préstamo —repitió elevando su ceja izquierda. Ella asintió, apenas. Él sonrió, pero no era una sonrisa amable. Tenía esa curva de superioridad que le cruzaba la cara cuando sentía que tenía el poder. —Pareces… frustrada —murmuró, poniéndose de pie de pronto. Evanya no se movió, pero su cuerpo se tensó por completo. Él rodeó el escritorio con paso lento. Se detuvo a su lado, demasiado cerca. —Tengo algunos problemas financieros, necesito el dinero —vociferó elevando un poco el tono de su voz. —Ese préstamo… —respondió él, con tono bajo—. Podría autorizarlo. Claro que sí. Pero… todo en esta vida funciona por intercambios. ¿Qué ganaría yo a cambio? Evanya lo miró con incredulidad, sin alzar demasiado la cabeza. Se aferró a los papeles como si pudieran protegerla. —He sido puntual —respondió con voz firme, aunque su estómago se revolvía—. Trabajo más horas que nadie. Nunca he fallado. No tengo reportes, no he pedido favores. Solo necesito un prestamo para mantenerme a flote. Galliani la miró como si sus palabras no tuvieran ningún valor. Como si solo su cuerpo hablara. Se cruzó de brazos, fingiendo pensar. —Ya veo… Muy profesional. Muy correcta. Pero la corrección no llena los bolsillos de nadie, querida. Se inclinó un poco, bajando la voz hasta convertirla en un susurro viscoso. —Podríamos hablarlo con un buen trago. Música relajante. Iluminación más íntima. ¿Te gusta el whisky? —No —respondió ella de inmediato. Firme. Seca. Sin titubeo esta vez. Galliani retrocedió un poco, aunque la sonrisa seguía pegada a su rostro como una máscara sucia. No le gustaba que le dijeran que no, pero estaba acostumbrado a fingir lo contrario. Había pasado los últimos tres años observando a Evanya, deleitándose con sus anchas caderas, cuando ella le daba la espalda y contorneaba su cuerpo antes de abandonar la oficina luego de servirle café. Era una mujer difícil de ignorar. Aunque su indiferencia era irritante. Pensaba que ella era quien necesitaba de favores, de préstamos que él podría autorizar al chasquido de sus dedos. Y aún así quería hacerse la digna. «Muy digna la muy perra» pensó, con la estúpida idea de que pronto ella misma suplicaría que la volviera su amante. Se sentó sin mirarla y hojeó un documento cualquiera como si ya hubiera terminado con ella. Luego tomó una pluma, anotó algo, y extendió un papel en su dirección sin dignarse a levantar la mirada. —Puedo darte la cantidad mínima. Lo justo para que sobrevivas… un mes, quiza menos, si es que te interesa. Su tono fue condescendiente, aún era el jefe y no quería que ella se sintiera superior por haberlo rechazado. Evanya tomó el papel con las manos temblorosas. No lo miró a los ojos. —Gracias —murmuró, aunque no era gratitud lo que sentía. Era algo más parecido al alivio de escapar. Se levantó sin esperar otro comentario y caminó hacia la puerta. —Recuerda —la voz de Galliani la siguió como una mancha—, siempre hay formas más rápidas de obtener lo que uno quiere. Evanya no respondió. Cerró la puerta detrás de sí y, ya en el pasillo, soltó por fin un largo suspiro. Le ardía la garganta, como si hubiera tragado ácido. No era la primera vez que ese hombre la hacía sentir sucia solo por existir, pero era la primera vez que le pedía algo, y de alguna forma lo había usado para recordarle su lugar. Caminó por el pasillo sin saludar a nadie, con el rostro neutro, casi indiferente. Se sentó frente a su escritorio, respiró hondo y abrió su correo. Se dispuso a responder algunos, revisó números, cerró pendientes. Sus dedos se movían rápidos, mientras en su mente solo esperaba terminar e irse antes de que su jefe lo hiciera. Siempre se iba antes que Galliani. Se había convertido en una necesidad para no compartir ni un minuto más de lo indispensable en el mismo sitio que él. A las seis y veinte en punto, cerró la computadora, recogió sus cosas y se puso de pie. Estaba por salir cuando escuchó pasos rápidos. —¡Evanya! —La voz susurrada la alcanzó justo cuando salía del área administrativa. Se giró. Jenna tenía los ojos brillantes, emocionados. —Hablé con Caelan —dijo, bajando la voz. Evanya frunció el ceño. —¿Caelan? —El encargado de personal en el club. —Jenna miró alrededor y tiró suavemente de su brazo—. Ven, no quiero que nadie nos escuche. La condujo por el pasillo lateral hasta una zona de archivo donde rara vez pasaba alguien. Jenna se volteó hacia ella, muy seria. —Hay una vacante para mesera. Empiezas esta misma noche. Pero debes ser consciente de que ese no es cualquier club. Necesitas un vestido corto, ajustado. Algo que le saque provecho a tus curvas. Evanya necesitaba una explicación mas extensa sobre eso, pero no podía ser exigente, así que solo asintió. —No tengo nada de eso —respondió con sinceridad, torciendo los labios con una leve mueca. Jenna ladeó su cabeza, pensativa. —Pasa por mi casa antes de las ocho. Te prestaré un vestido n***o. Y ahí te explico todo. Evanya asintió con un nudo en la garganta. Jenna le dictó la dirección, intercambiaron números, y ella le dio un abrazo apresurado. —Gracias… en serio. Salió del edificio segundos después, con la sensación de que estaba empezando a correr sin saber hacia dónde. Tomó el transporte público, aferrándose al pasamanos, con la ciudad temblando detrás de las ventanas. Quizá no ganaría mucho de mesera en ese sitio… pero con eso podría pagar al menos dos de las facturas atrasadas. Mientras Justin recibía su primer pago en la nueva empresa. Bajó en su parada y, antes de subir a casa, entró al pequeño mercado del barrio. Compró arroz, algo de carne molida y un paquete de pan. Pensó en cocinar algo rápido. Algo que pudiera llenar el estómago sin vaciar la billetera. El ascensor otra vez no servía, así que subió las escaleras de su edificio con las bolsas en brazos. La puerta estaba entreabierta. Al empujarla, encontró a Justin en el pequeño balcón, con un cigarro encendido entre los dedos. El olor a tabaco ya se había filtrado hasta la cocina y lo detestaba, porque le recordaba al aroma en la oficina de su jefe. —Te dije mil veces que no fumes dentro —dijo ella con cansancio, cerrando la puerta con la cadera y dejando las bolsas sobre la mesa—. El olor se queda impregnado en todo. Justin no la miró de inmediato. Dio una última calada y aplastó el cigarro en un cenicero viejo de cristal. Se giró despacio. —¿Conseguiste el préstamo? —preguntó, ignorando lo anterior. —Sí. —Evanya no lo miró, fue sacando lo que había comprado y acomodándolo con movimientos meticulosos—. Pero solo me prestaron lo mínimo. Necesito saber cuando van a pagarte. La tensión se apretó en el pecho de Evanya. Luego de decir aquello. Justin había sido despedido hace ocho semanas, por recorte de personal, y desde entonces había estado "buscando algo", hasta que al fin lo contrataron en una empresa, pero su ingreso era muy reciente y aún no llegaba su primer pago. —No me mires así —soltó él, con el ceño fruncido—. En cuanto lo reciba, cubriré los gastos. No quiero que sientas que te estoy dejando todo a ti. —No he dicho nada, Justin. —Pero lo piensas. Ella suspiró. Le dolía la cabeza. Sacó un vaso, lo llenó de agua y bebió sin mirar. Luego, apoyada contra el fregadero, dijo con voz controlada: —Conseguí otro trabajo. —¿Qué? —En un restaurante. Solo por las noches. Cómo mesera. —mintió con soltura, como si ya lo hubiese practicado—. Serán solo unas horas. Desde hoy. Justin se acercó un poco más, mirándola con el ceño arrugado. —¿Un restaurante? ¿Dónde? —Una compañera de la oficina me lo consiguió. No está lejos. No es nada grave, solo será hasta que nos estabilicemos. Estaré de vuelta pasada la medianoche. Él se quedó en silencio, evaluándola. —No me gusta que salgas tan tarde —murmuró. —Tenemos cuentas que pagar. No hay otra forma. Justin gruñó bajo, pero no dijo más. Evanya siempre había sido correcta. Nunca se iba sin avisar, nunca hacía cosas extrañas. A veces demasiado buena para él. Evanya terminó de guardar las cosas y comenzó a preparar la cena. Puso agua a hervir, cortó cebolla, cocinó la carne. Hizo arroz sin sal porque estaban bajos de condimentos. Justin se sentó en el sofá y encendió el televisor, cambiando los canales sin prestar real atención. Cuando la comida estuvo lista, sirvió los platos en silencio. Cenaron sin hablar mucho. Después, se duchó. El agua caliente fue lo único que le devolvió algo de sensación humana. Salió del baño envuelta en una toalla, se vistió con lo primero que encontró y tomó su bolso. Justin seguía en el sofá, viendo algo sin interés. —Ya me voy —dijo ella, secándose el cabello con la toalla. —Ten cuidado —dijo él sin mirarla. Ella no respondió. Cerró la puerta con suavidad. En su interior, sentía que estaba entrando en otro mundo, comenzando porque debía mentir respecto a ese lugar del cual ni ella misma tenía una jodida idea de como era. Pero Justin no debía saber que no era un restaurante. . La dirección que Jenna le había enviado por mensaje no cuadraba con ninguna de las zonas que Evanya solía frecuentar. No era un barrio exclusivo, tampoco marginal. Era... otra cosa. Las calles eran limpias, los edificios cuidados, incluso había árboles alineados, autos de gama media-alta estacionados con orden frente a las aceras. Un lugar que olía a normalidad, pero que para ella ya era un salto de realidad. Tocó el timbre y la puerta se abrió con rapidez. —Estás aquí —dijo Jenna con una sonrisa amplia, los labios rojos y los ojos delineados con un dramatismo felino. Era más alta con los tacones, y el vestido que llevaba —ajustado, corto, n***o, con el escote justo al borde de lo indecente— resaltaba cada curva. Evanya sintió que estaba en el lugar equivocado. —Pasa. Vamos tarde. El apartamento era limpio, moderno, Jenna se movía con rapidez, sacando un vestido del perchero junto a la puerta del dormitorio. —Póntelo. Rápido. Evanya alzó una ceja, insegura. —¿Esto? —siseó observando la tela. Era un vestido n***o, de tirantes finos, y un escote profundo que para ella parecía demasiado. Era hermoso a decir verdad, incluso parecía caro. Pero en su mente, un atuendo de mesera lucia más aburrido, y el vestido que le entregaba Jenna, parecía más como uno de esos que se utilizan para ir a una fiesta. Lo sostuvo frente a ella, dudosa. —Te dije que no es un lugar cualquiera. Póntelo. —Pero yo no suelo... —No se trata de lo que suelas hacer, Evanya. Este sitio tiene sus reglas. Y una de ellas es que las meseras luzcan sexys. Se giró, dándole algo de privacidad. Evanya se desvistió con lentitud, tratando de no pensar demasiado. El vestido, para su sorpresa, le calzaba perfecto. Como si hubiese sido hecho para su cuerpo. Se miró en el espejo. Se sintió desnuda. Jenna la observó por el reflejo. —Carajo, eres hermosa. Se acercó y le acomodó el cabello con habilidad. Lo peinó con los dedos, dejando algunas ondas sueltas y le bajó aún más el escote. —Así. Quizá consigas más propinas. —¿Qué clase de lugar es? —preguntó Evanya, incómoda con su reflejo. Con lo que estaba por hacer. Jenna tardó unos segundos en responder. —No es fácil de explicar. Lo verás tú misma cuando estés ahí. Solo necesitas saber que estamos ahí para servir. A los clientes no se les permite tocarnos... es un sitio exclusivo, donde la élite viene a cumplir sus más perversas fantasías. Cosas que no podrías imaginar. Y no necesitas entenderlo, solo aceptarlo. Evanya tragó saliva. Algo entre la intriga y el miedo se apretó en su pecho. —Caelan. Él coordina todo —agregó Jenna, acabando de acomodarme la tela de los costados. —¿Caelan es el dueño? Jenna negó con una media sonrisa. —No. Él es solo el encargado. Nadie conoce la identidad del dueño. Él va de vez en cuando. Pero no te preocupes, nunca mira al personal. Evanya no respondió. Se concentró en su reflejo. Pensó en Justin. En lo mucho que solía arreglarse para él al principio. En cómo se esmeraba en elegir el perfume, en alisar el cabello, en verse bonita solo para que él la mirara. Y sintió una punzada sorda al ni siquiera recordar cuando dejó de hacerlo. Jenna la sacó del trance aplicándole brillo en los labios. —No usas maquillaje, ¿verdad? Evanya negó. No es que no le gustara, solo ya no tenía tiempo, además lo evitaba para no llamar más la atención de su asqueroso jefe. —Pues hoy sí. Al menos esto —dijo pasándole la máscara de pestañas—. Mírame cuando termines. Se admiraron mutuamente por un instante. Jenna sonrió. —Estás lista. ”La mansión" como llamaban a ese lugar, estaba a treinta minutos en auto. Rodeada de altos muros, árboles centenarios y un portón n***o de hierro forjado. Si alguien la viera desde fuera, pensaría que pertenecía a un aristócrata retirado. Pero cuando cruzaron los portones, supo que no era nada de eso. El camino de piedra estaba perfectamente iluminado. La mansión se alzaba majestuosa, de estilo clásico, con columnas blancas, ventanales amplios y puertas dobles de madera oscura. Como sacada de una película. O de un sueño húmedo. Caelan los esperaba en el vestíbulo. Era alto. Inmensamente alto. Con cabello largo y oscuro recogido en una coleta baja, su piel tersa y clara y unos ojos oscuros y rasgados que hacían resaltar su sangre asiatica. Vestía con un traje oscuro y camisa abierta al cuello, era un hombre demasiado apuesto. Una imagen que rozaba lo místico y lo carnal. Los ojos de Caelan se posaron en ella. Y la recorrieron. Aunque no con el mismo morbo de su jefe. El hombre comprobó que lo que Jenna dijo era cierto. La nueva era hermosa. —Escucha con atención. Aquí estás para servir. Eso significa sonreír, ser cortés, saber cuándo hablar... y cuándo callarte. Si algún cliente se pone pesado, no lo enfrentes. Llama a seguridad. Siempre hay uno cerca. Algunos clientes son más importantes que otros. Jenna te dirá luego quiénes son. Evanya asentía, en automático. Su cuerpo estaba tenso. Y su piel erizada. —La discreción es la regla más importante —añadió Caelan—. Nadie debe saber lo que aquí sucede. No preguntes, no juzgues. Haz tu trabajo. Su voz era suave, grave, peligrosa. Cuando terminó, miró a Jenna. —Enséñale el lugar. Cruzaron una puerta discreta, al fondo del vestíbulo, y lo que apareció tras ella era... otro mundo. La música era baja, sensual. Cómo un susurro de placer flotando en el aire. El salón principal estaba bañado en luces ámbar, con columnas de mármol, techos altos, cortinas de terciopelo rojo y muebles de cuero n***o. Pero lo que más llamaba la atención, no eran los tapices caros, eran los clientes. Desnudos. Semidesnudos. Colgados de estructuras, otros tantos bailando sobre plataformas, mientras el resto se besaba, se tocaba e incluso follaban a los ojos de todos. Hombres con trajes a medida y relojes de lujo amasando los pechos de mujeres que gemían mientras otros observaban. Mujeres rebotando sobre la polla de hombres besando sus cuellos. Parejas del mismo sexo explorándose sin censura. Una mansión del pecado. Un lugar que Evanya no tenía puta idea que existía. Dónde acudían millonarios, políticos, mafiosos y cualquiera con una fantasía perversa y la solvencia económica para cumplirla. —Esto... —murmuró Evanya, paralizada. —Es lo que es —dijo Jenna con calma, como quien describe un museo—. Aquí no existe el pudor. Todos pueden hacer. Todos pueden mirar. Y nosotras solo fingiremos que todo esto es normal mientras les servimos tragos. Las mejillas de Evanya se tornaron rojas, pero no podía dejar de mirar. —Ahí está la barra —señaló Jenna—. Si alguien te pide una bebida, ve ahí. Usa el nombre del cliente y el número de la cuenta. No manejamos efectivo. Todo está ligado a ellos. Y si quieres ganar más propinas... —le guiñó un ojo—, haz contacto visual. Sonríe. Juega. Evanya tragó saliva. Estaba en otro universo. Uno donde el placer no tenía límites. Dónde la lujuria estaba a la orden de la noche. —Vamos —dijo Jenna—. Esta noche solo observarás. Mañana... será diferente. Evanya no contestó. Su corazón latía con fuerza, su cuerpo estaba envuelto en luces cálidas y en una atmósfera cargada de un deseo y lujuria que jamás habría imaginado. Y que esa noche, todo en su vida estaba por cambiar.
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