Jenna caminó hasta el hombre que sería su primer cliente de la noche. Él no se molestó en alzar la vista. Sentado con una pierna cruzada y el mentón ligeramente elevado, ordenó el whisky más caro de la casa con una voz carente de emoción, como si estuviera pidiendo algo tan común como agua.
—Enseguida lo traigo —respondió Jenna, con una sonrisa, girando sobre sus tacones para dirigirse al bar.
Parecía sencillo. Había suficientes meseros y meseras. Todos perfectamente distribuidos. El lugar era demasiado grande como para dejar a alguien esperando. Todo era rápido, y cada uno de los empleados tenía que ser eficiente.
Evanya prestó atención a cada una de las acciones de su compañera. Estaba ligeramente mas tranquila, hasta que nuevamente no lo estuvo.
A escasos metros de la mesa, justo frente al cliente, un hombre había liberado su pene—erecto, duro y latente—y lo hundió sin contemplaciones entre las nalgas de una mujer que se sostenía en sus manos y rodillas sobre un sofá de terciopelo carmesí. La penetración fue intensa y sonora. El cuerpo de la mujer se sacudió y sus gemidos rasgaron el ambiente como una súplica deliciosamente indecente.
El impacto sonoro del cuerpo de ese hombre chocando con las carnes de ella era húmedo. Mientras el chicoteo constante de sus testículos rebotando sobre las nalgas abiertas de la mujer hacían que sus jadeos se mezclaran con las risas del resto y la música sensual.
Evanya sintió que el estómago se le contraía. El corazón comenzó a latirle con fuerza, sin ritmo. Las mejillas le ardieron, la garganta se le cerró por un momento. Aquello no era insinuado, no era simulado y no era parte de su imaginación. Era sexo desvergonzado y completamente público.
Sus ojos, se abrieron grandes, no podían apartarse de la escena. Tragó saliva con torpeza. Había sensaciones en su interior que no sabía reconocer o que quizá no quería reconocerlas.
Si alguien le hubiese contado que existía un lugar así, habría pensado que era una fantasía sucia salida de algún foro en internet. ¿Cómo podía existir algo así… en medio de la ciudad? ¿Quién tenía el poder, el dinero y la perversión suficiente como para tener un lugar como ese?
Porque sí, ese lugar era elegante, muy lujoso. Cada sofá parecía más costoso que toda su renta de un año. Las paredes oscuras estaban adornadas con arte sensual, sin caer en lo vulgar. La iluminación volvía más excitante el aspecto de los cuerpos sudorosos y entrelazados.
Todo ahí parecía demasiado.
«¿Qué clase de hombre tendría un lugar así…?», pensó Evanya, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
Seguramente un millonario. Pero no un millonario común. Uno con gustos caros. Quizá un tipo demasiado perverso. De solo pensarlo los vellos de su cuerpo se erizaron.
—Evanya —la voz de Jenna irrumpió en sus pensamientos. Recompuso su gesto, estaba como hipnotizada y cuando escuchó la voz de Jenna, se avergonzó, porque no sabía cuánto tiempo se había quedado mirando—. Ven, te mostraré el resto —dijo la rubia.
Evanya parpadeó un par de veces, aclaró su garganta y la siguió.
Se obligó a caminar, aun temblando por dentro. A su paso, vio más escenas que la desconcertaron.
Una mujer desnuda bebiendo vino directamente de la boca de un hombre; otra montando a alguien en una especie de trono de cuero y un trío contra una pared cubierta de espejos.
Era como si la moral hubiese quedado atrás al cruzar las puertas. Y Evanya era alguien que no se sentía en sintonía con todo lo que observaba.
Jenna caminaba delante de ella con naturalidad, para la rubia no era más que otra noche de trabajo. Sus caderas se movían con soltura bajo el vestido ajustado, y su cabello rubio caía como un velo brillante sobre sus hombros. Evanya, en cambio, seguía cada paso con un leve temblor en las piernas y un nudo seco en la garganta.
Jenna se detuvo ante una puerta pesada con marco negr0. Al abrirla, reveló otro corredor. Pero ahí, lo que resaltaba eran las luces sobre cada habitación: unas verdes, otras rojas. Todas parpadeaban levemente, como si respiraran.
Evanya frunció el ceño.
—¿Qué significan las luces? —preguntó, apenas en un susurro.
Jenna se giró y le sonrió con un brillo divertido en la mirada.
—Las verdes son para los que les gusta mirar… y que los miren —respondió, como si hablara de algo tan simple como elegir entre té o café—. Voyerismo. Algunas personas no necesitan tocar para excitarse, solo necesitan observar… y saber que alguien más los observa también.
Evanya parpadeó un par de veces.
A sus veintiocho años, el único que la había visto desnuda era Justin. Y antes de esa noche, jamás se planteó la idea de algo diferente. Sin embargo estando ahí. Imaginó los cuerpos desnudos detrás de esas puertas, jadeando de placer, exhibiéndose por voluntad propia y una punzada de curiosidad vibró dentro de ella.
—¿Y las rojas? —preguntó, tratando de abandonar sus propios pensamientos.
—Son habitaciones privadas —soltó Jenna y sonrió ampliamente—. Están repletas de objetos de dominación, pero son para quienes quieren más privacidad —explicó con simpleza.
Evanya sintió un hormigueo en la espalda, como si su columna vertebral quisiera escaparse de su cuerpo. Conforme recorría el lugar, observaba más cosas que jamás había visto. Que antes ni siquiera soñaría con experimentar.
Jenna volvió a avanzar. Pasaron frente a una puerta con luz verde que se abrió justo cuando caminaban. Un hombre salía abotonándose la camisa, llevaba el cabello revuelto. Dentro, Evanya alcanzó a ver a una mujer sentada sobre una silla con las piernas abiertas, sonriendo sin pudor. Un segundo después, la puerta se cerró.
—Vamos —dijo Jenna—. Te mostraré tu área.
Volvieron al salón principal y Jenna la condujo a una pequeña zona cerca del bar, donde había varias mesas más discretas. Ahí, los clientes estaban solos. Tanto hombres como mujeres con copas en mano. Gente adinerada que había llegado con la intención de experimentar, pero que de momento solo miraban fascinados.
—Como eres nueva, te tocan los de paso —explicó Jenna sin mirarla—. Esta gente no es realmente importante. Pagan, miran, y se van. A veces repiten. Otros se vuelven clientes. No necesitas saber sus nombres. Solo que quieren que estés cerca, sonrías y les hagas sentir cómodos.
Evanya asintió, absorbiendo cada palabra como una esponja. Sentía que estaba caminando en una cuerda floja sobre un abismo hecho de jadeos y penetraciones.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿A quiénes atiendes?
—Yo atiendo a clientes frecuentes. Aquellos que no son tan poderosos, pero sí lo suficiente como para merecer caras conocidas —explicó la rubia.
—¿Y el resto? —preguntó intrigada. Había visto más personal en otras áreas.
Jenna no respondió enseguida. Miró hacia el piso superior, donde había balcones con cortinas semitransparentes. Observó las siluetas marcadas de los clientes y luego vio a una de sus compañeras.
—Las más experimentadas —dijo al fin, sin envidia—. Ellas atienden a los clientes más importantes. Políticos. Mafiosos. Millonarios poderosos.
Evanya sintió un cosquilleo en la nuca.
Volteó apenas, sintiendo las miradas. Las otras meseras la observaban desde diferentes puntos. Una de ellas, dejó caer su charola con demasiada fuerza sobre una mesa vacía cuando Evanya pasó cerca. No dijo nada. Pero la mirada que le dedicó estaba llena de arrogancia.
Otra la empujó sutilmente con la cadera, haciendo que por un instante perdiera el equilibrio.
Evanya tragó saliva, pero no dijo nada, solo se dispuso a seguir a Jenna. Pero comprendía que no era precisamente bienvenida para sus compañeras.
Las imágenes indecorosas ya no le revolvían el estómago como antes. Aún sentía vergüenza, sí, pero su respiración era más controlada. Ya no evitaba mirar, ahora se mostraba un poco más curiosa por entender su entorno.
Jenna la dejó junto a la barra con una sonrisa breve y un “ya sabes qué hacer” luego se retiró para continuar su trabajo de esa noche.
Evanya respiró hondo. Miró sus manos, que estaban ligeramente temblorosas, y se ajustó uno de los tirantes del vestido prestado. Para luego caminar con toda la seguridad que pudo reunir y se dirigió a una de las mesas.
Un hombre de rostro afeitado, cabello corto y una corbata suelta se le acercó. Tenía la piel algo brillante por el calor del salón, y los ojos oscuros como si no hubiera dormido en días.
—¿Podrías traerme un… Glengoyne? —pidió, pronunciando el nombre con ese acento sofisticado que los clientes parecían practicar frente al espejo.
Evanya asintió, con una pequeña reverencia que había visto hacer a Jenna.
—Por supuesto —respondió.
Pero al caminar hacia la barra, su mente dio vueltas.
«¿Gleng… qué?» se preguntó mentalmente. Mordió el interior de su labio y trató de recordar el nombre.
El barman era alto, con el cabello n***o recogido en una coleta baja, una camisa arremangada que dejaba ver tatuajes que subían por sus fuertes antebrazos. Su piel morena y sus rasgos afilados le daban un aire salvaje, atractivo y extranjero. Sus ojos eran oscuros y algo divertidos.
—¿Qué necesitas, Dulzura? —preguntó él, ladeando la cabeza.
—Un… Glen-goin… o algo así —dijo ella con inseguridad, esperando que no sonara tan mal como le pareció. Y que él comprendiera que bebida era la que tenía que llevar.
El barman alzó una ceja y amplió una pequeña sonrisa.
—Glengoyne. Es whisky escocés. Fácil de decir, difícil de pagar.
Evanya forzó una sonrisa, pero antes de poder agradecerle, dos risas femeninas sonaron cerca. Las meseras del fondo, una rubia y otra con labios rojos como sangre, la miraban mientras se burlaban de ella.
—¿Alguien pidió "Glengüin"? —se mofó la rubia en voz baja pero audible, haciendo un gesto exagerado con los dedos como si sostuviera una copa invisible.
—Debe ser nuevo en el menú —añadió la otra.
Evanya apretó los labios con molestia. Quería responderles, pero ese era su primer día, no era algo bueno comenzarlo desatando una pelea con sus compañeras.
Por fortuna, el barman, sin apartar la mirada de las botellas alzó la voz:
—¿No tienen mesas que atender ustedes? —reprendió y las dos mujeres se alejaron entre risas fingidas, pero no sin volver a lanzarle una mirada despectiva a Evanya.
Ella tomó la charola con ambas manos. El barman la observó un momento.
—Tranquila. Todos fuimos nuevos alguna vez —dijo con tono bajo, pero claro—. Soy Zoran —agregó, extendiendo su mano para saludarla.
Evanya asintió, sin poder evitar que algo se le apretara en el pecho. Jamás creyó que ser mesera sería complicado, pero por supuesto que lo era cuando se iniciaba en un lugar como ese.
El trayecto hacia la mesa parecía más largo de lo que era. La música, los pasos y la presencia constante de personas moviéndose hacían que mantener el equilibrio mientras sostenía la charola fuera complicado. La mantuvo recta, respiró por la nariz y avanzó.
Hasta que sintió un pequeño golpe que la hizo perder el equilibrio y después, cuando dio un paso, un tacón la hizo tropezar y cayó al suelo.
La charola salió volando junto con el vaso de cristal que derramó el whisky sobre el suelo alfombrado antes de romperse.
Un par de risas e perforaron los oídos. Mientras buscaba la forma rápida de levantarse.
«No, por favor. Ahora tendré que pagar esto» pensó preocupada, sabiendo que ese licor era caro y probablemente también el vaso.
Se apresuró a levantar la charola estando aún en el suelo, pero antes de que pudiera tocar el vaso roto, una mano se extendió hacia ella.
—Levántate —pidió Caelan con una expresión seria—. Limpien esto —ordenó sin elevar la voz y en segundos, dos empleados se acercaron con guantes y trapos, y ella se sintió aún más fuera de lugar, por aquel error que todos habían notado.
—Esa fue cortesía de la casa —dijo Caelan, con una sonrisa breve, apenas un gesto en la comisura de los labios—. Pero la próxima tendrás que pagarla.
Evanya asintió rápido con nerviosismo.
—Ve por el trago otra vez —añadió el hombre de rasgos asiáticos, con una inclinación de cabeza.
Ella regresó a la barra sintiendo sus mejillas arder. Por ese momento se olvidó de todo lo que pasaba a su alrededor. Pero sentía una profunda indignación porque sabía que alguien la había hecho tropezar con malas intenciones.
Zoran, la esperaba ya sirviendo otro vaso.
—No fue tu culpa —dictaminó, sin que ella dijera nada—. Están celosas.
Evanya lo miró, confundida.
—¿Celosas?
—Así es, Gadji—soltó él. Zoran era gitano, y esa era la forma en que se referían a mujeres no gitanas—. Eres mucho más bonita que todas ellas. Delicada. Te ven como una amenaza, están celosas.
Evanya apretó los labios. Lo que dijo el romaní le pareció absurdo.
«¿Envidia? ¿De mí?» bufó en su mente. Llevaba un vestido prestado, no sabía ni los nombres de los tragos, y apenas podía caminar entre esta gente sin tropezar. Sumado a que era una novata que solo atendería a gente que para ellos no era importante. ¿Cómo podían estar celosas? Era absurdo.
—Solo quiero hacer bien mi trabajo —musitó, tomando la charola con más firmeza.
Pensó en entregar la bebida y disculparse. Rogando que el cliente no estuviera molesto por la demora.
Cuando llegó, logrando no derramar la bebida ni tirar una vez más la charola, el hombre que la esperaba parecía distraído, encantado con el entorno.
—Disculpe la demora —dijo ella, depositando el vaso de cristal con cuidado.
El hombre la miró de arriba abajo y sonrió.
—Esto es un paraíso —soltó ignorando sus disculpas.
Evanya sonrió, agradecida de que no fuera uno de esos tipos groseros e hiciera un escándalo. Tragó con dificultad y continuó. Aun faltaban un par de horas antes de que su turno terminara.
***
.
Evanya cerró la puerta del apartamento con cuidado. El abrigo largo, de un beige apagado, cubría por completo el vestido prestado por Jenna. No quería llamar la atención en la calle, y mucho menos que Justin la viera vestida de esa forma.
Él estaba en el sofá, como casi siempre, con la vista fija en su celular. Tecleaba rápido, con el ceño fruncido, sin mirarla.
—Ya me voy —murmuró ella, abrochando el abrigo hasta arriba.
—Ok —respondió él sin alzar la vista.
Evanya tragó saliva, sin esperar más. Caminó hacia el ascensor que por fortuna ya estaba reparado y bajó al frío de la ciudad.
Su primera semana en la mansión no había sido fácil. Había confundido los nombres de varios licores y una de las meseras casi le hizo caer otra vez con una bandeja en la mano. Además de Jenna, el barman, Zoran, era el único que había sido amable, el único que no la trataba como si ella fuese un bicho raro en ese lugar ye es que ella misma sentía que lo era.
Pero el dinero que recibiría al final del mes era bueno. Lo suficiente para pagar algunas cuentas. Así que se subió al transporte público, se sentó en silencio y dejó que la ciudad se desvaneciera tras la ventana empañada.
Llegó a la mansión y luego de recibir el pedido de sus primeros clientes. Evanya caminó al bar. Y antes de dirigirse a Zoran y pedir las bebidas, un hombre se acercó a la barra. Era joven y usaba un traje entallado. Evanya lo había visto antes. Era uno de los meseros que atendían a los clientes más importantes.
—Una botella para el jefe —dijo al barman.
—¿Pantera ha llegado? —preguntó el gitano.
El mesero negó con la cabeza.
—No, pero Caelan pidió que tenga su botella lista en la suite.
Evanya sintió un escalofrío suave recorrerle la nuca.
Había tanto que le faltaba aprender. Y en ese momento lo que menos quería era que el dueño supiera lo torpe que había sido en su primera semana y la echara de ahí. Necesitaba el trabajo.
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Aquel hombre, del que Evanya sabía prácticamente nada. Se encontraba en uno de los rascacielos más altos de la ciudad, cerró su portátil rompiendo el silencio de su oficina.
Se levantó sin prisa, con el traje oscuro ajustándose a su cuerpo. Tenía una espalda ancha y sus brazos fuertes se tensaron mientras ajustaba las solapas de su saco.
Cruzó la oficina sin detenerse, usó su elevador privado y se dirigió al auto donde el chofer ya lo esperaba. En el asiento trasero observó aquella mascara negra con el rostro de una pantera que reposaba a su lado.
—A la mansión —ordenó con voz grave, sin mirar al conductor.
La entrada se abrió antes de que llegara. Pantera se colocó la máscara, que exponía únicamente sus intensos ojos azules.
Entró en la suite, donde la luz era baja, cálida. Sobre una mesa, la botella de su licor favorito lo esperaba junto a un vaso limpio.
Caelan ya estaba ahí, con una postura firme, pero relajada.
—¿Quieres compañía esta noche? —preguntó, directo.
—No —respondió él, sin mirarlo.
Caminó hacia la pared del fondo, donde una pantalla dividida mostraba varias áreas del club. Mesas, pasillos, el bar, las zonas de descanso. Observó cada una durante segundos, con atención fría.
Estaba por sentarse cuando algo en una de las tomas lo hizo detenerse.
—Espera —detuvo a Caelan antes de que se fuera—. ¿Quién es ella?
Pantera señaló con el dedo, sin tocar la pantalla.
Caelan observó a la mujer con vestido negr0, no uno caro, pero le quedaba ajustado. El escote tensaba la tela sobre sus pechos, y sus generosas caderas marcaban cada uno de sus pasos. Hablaba con un cliente con una ligera sonrisa. Luego se llevó una mano al cabello, apartándolo de su rostro con un gesto torpe.
—Es Evanya Brixton, la nueva mesera. Lleva una semana aquí —respondió con simpleza.
Pantera siguió mirándola por unos segundos más. Se sirvió un trago, y sin apartar la vista de la pantalla, habló:
—Quiero que me atienda ella.