—¿Subes o te retiras? —preguntó el dealer. Su voz sonó firme y sin apuro, mientras movía las cartas con manos ágiles.
Justin observó las que él sostenía entre sus dedos. Tenía un par de reinas, podría decirse que era un buen juego, pero el tipo frente a él tenía una maldita sonrisa que no sabía descifrar, la había tenido toda la noche.
El club olía a humo, alcohol barato y a la desesperación de cada uno de los apostadores. En ese lugar no había ventanas, ni relojes, estaba rodeado de luces bajas, mesas llenas de hombres con miradas hundidas, y apuestas lanzadas con la esperanza de multiplicar lo que ya no podían permitirse perder.
—Subo —dijo Justin, dejando sus fichas en el centro.
El dealer asintió apenas y siguió repartiendo. El ruido de los dados rodando en otra mesa se mezclaba con las risas sueltas y las maldiciones.
Cuando Evanya salió del departamento rumbo a su turno en la mansión, Justin había estado enviando mensajes tratando de encontrar un cupo esa noche en la casa de apuestas. Apenas ella salió del apartamento, encendió un cigarro en la cocina, sin importar que ella no se cansará de decirle que no fumara dentro. Minutos después, recibió un mensaje: "Hay un espacio, trae $5000 hagamos que valga la pena".
Justin no lo pensó demasiado, abrió la alacena y del estante más alto tomó el frasco de avena, sabía que Evanya guardaba ahí el dinero destinado a pagar cuentas. Lo había descubierto semanas atrás, esa no era la primera vez que tomaba algo.
Justin pensó que ella no lo sabría, porque él lo duplicaría y lo devolvería antes de que ella regresará esa noche.
Pero ahora, en esa mesa, las cartas no estaban de su lado. El tipo de enfrente subió la apuesta. Justin dudó, tragó saliva, y siguió.
—Perdiste —le dijeron con una sonrisa.
Las fichas desaparecieron en su cara. La mesa siguió girando sin él. Y la presión en su pecho comenzó a subirle por la garganta.
—Una más —pidió, ya de pie, buscando en los bolsillos de su pantalón, como si la suerte estuviera ahí escondida.
—Sin fichas no hay juego —respondió el dealer, sin molestarse en alzar la voz. Apenas dándole una mirada y negando también con la cabeza.
Justin se apartó de la mesa. Caminó directo hacia el hombre que manejaba todo. Un tipo llamado John. Vestía bien, usaba un reloj caro, pero tenía una mirada pesada. Justin lo conocía bien, sabía que no era alguien con quien se jugara.
—Dame una ronda más. Lo recupérate en la siguiente y te pagaré. Te lo juro. Con intereses —suplicó con la mano frotando su cabello. Estaba desesperado. No podía llegar a casa sin el dinero.
John lo escaneó de pies a cabeza. Aquella escena era como un dejavú constante. Justin no era el primero ni el último que suplicara por dinero después de perderlo todo.
—¿Y si no pagas? —cuestionó elevando la ceja izquierda, con un tono malicioso. Sacó un fajo de billetes de su bolsillo, lamió su pulgar y lo deslizó billete por billete.
Para él, era como jugar con un cachorro callejero que tenía hambre. Bastaba con mostrarle un trozo de pan para que meneara la cola y al guardarlo, escuchar una vez más su puto llanto.
—Lo haré. Te lo prometo. Solo necesito una oportunidad.
John bajó su vaso, cruzó una mirada con uno de sus hombres, y luego se volvió hacia Justin. Sacó algunos billetes del fajo que sostenía en su mano, y lo elevó en su dirección.
—Aquí tienes. Cinco mil. Última vez que hago esto por ti, Justin.
Justin los tomó sin decir palabra. Su mano temblaba un poco, pero se obligó a mantener la mirada. No podía parecer débil.
Caminó de vuelta hacia la mesa. El dealer ni se molestó en fingir interés. Solo alzó la mirada cuando Justin dejó los billetes.
—Fichas por cinco mil —ordenó.
En segundos, las tuvo delante. Tomó asiento. La respiración le quemaba por dentro.
Las cartas comenzaron a moverse. Era otra partida, otro inicio. Por un momento, pareció que la suerte cambiaba. Ganó una mano. Luego otra. La confianza volvió a su cuerpo. El pecho ya no le pesaba tanto.
Pero entonces, la siguiente ronda cambió nuevamente en su contra.
Justin perdió.
La mesa quedó en silencio. Solo se escuchó el zumbido lejano de los dados y una tos ahogada de alguien al fondo.
Justin se inclinó hacia adelante. Se agarró la cara con las manos. Se frotó el rostro con fuerza, como si pudiera borrar la última jugada.
—Mierda… —murmuró para sí mismo.. La voz se le quebró un poco. Miró las fichas. No había ninguna.
—¿Te retiras? —preguntó el dealer, como si no supiera ya la respuesta.
Justin no contestó.
Antes de que pudiera ponerse de pie, dos hombres se acercaron por detrás. Lo sujetaron de los brazos. Uno de ellos habló al oído:
—John quiere hablar contigo.
Lo arrastraron hasta una mesa al fondo. John ya estaba sentado, bebiendo algo oscuro y espeso. Cuando lo vio llegar, no sonrió. Solo se reclinó en el asiento y lo miró.
—¿Te divertiste?
Justin tragó saliva.
—Lo siento, juro que… pensé que esta vez…
—Te dije que era la última vez.
—Puedo pagarlo. Te lo juro. Dámelo por un mes. Solo uno —suplicó Justin.
John dejó su vaso sobre la mesa y el licor que había dentro salpicó la superficie.
—¿Cuánto me debes ahora? —preguntó entrelazando los dedos de sus manos.
—Cinco mil más —respondió Justin, sabiendo que lo que John prestaba se pagaba con intereses.
John lo miró en silencio. Luego chasqueó la lengua.
—No, ya no son cinco.
Justin frunció el ceño, sin entender.
—Te quiero con veinte mil a fin de mes. ¿Oíste bien? —bramó el hombre con una sonrisa en sus labios.
—¿Qué? —preguntó Justin, y la sangre se heló en sus venas.
—Veinte mil. No me importa cómo los consigas. Vende algo, róbalo, haz lo que sea. Me da igual. Pero si no llegas con esa cantidad, vamos a buscarte. Sabes cómo es esto Justin.
Justin palideció. Su estómago se encogió. Pensó en Evanya. En su rostro cuando descubriera que el dinero no estaba. Y en los malditos veinte mil que ahora debía.
John se puso de pie. Lo miró una última vez.
—Treinta días. Una sola noche más como esta… y será la última que veas.
Los hombres lo soltaron.
Justin se quedó ahí de pie, sin aire, sin fichas, sin salida.
Y ni siquiera sabía cómo llegaría a casa.
.
Por otro lado, en la mansión. Evanya sostuvo la charola con las bebidas. Respiro hondo y comenzó a avanzar, aún no dominaba del todo el equilibrio entre la multitud, pero se abría paso cuidando demasiado de no derramar las bebidas. No era tan rápida como las demás, eso era evidente, pero lo compensaba no derramando una sola gota de licor.
El tintineo de los tacones de las otras meseras contrastaba con los pasos lentos y cuidadosos de ella. Caminaba entre las mesas bajas, recibiendo las miradas de hombres que se detenían demasiado en sus piernas, en sus curvas, en su rostro. Evanya era preciosa. De una belleza natural que fácilmente la convertía en el blanco de las miradas lascivas.
Uno de los clientes la siguió con los ojos desde que la vio aparecer. Tenía un cigarro entre los labios y el anillo dorado de un reloj costoso relucía en su muñeca. Cuando ella se acercó a dejarle su trago, el hombre le sostuvo la mirada y, al tomar la copa, rozó sus dedos con los de ella.
Evanya tragó con dificultad.
No dijo nada. Fingió que no lo había notado, como si aquel roce no le hubiera provocado un escalofrío en la nuca. Dio media vuelta, con la cabeza erguida, y se dirigió de nuevo al bar.
Una vez ahí, respiró hondo. Tenía que pedir otra bebida y una vez más había olvidado el nombre.
—¿Qué era? —murmuró para sí misma mientras se acercaba al barman.
Lo miró intentando recordar, pero antes de que pudiera decir algo, una voz surgió a su lado.
—Deja eso ahí, sigueme —dijo Caelan.
Evanya giró hacia él. El corazón le dio un vuelco.
—¿A dónde vamos? —preguntó, dejando la charola sobre la barra.
—El jefe quiere verte —dijo el hombre de rasgos asiáticos, acomodando sus cabellos que tenían al menos diez centímetros de largo.
Evanya abrió los ojos, grandes, al escucharlo. Sintió que se le cerraba el pecho.
—¿Me va a despedir? —preguntó con nerviosismo, mientras lo seguía, tratando de recordar todo en lo que se había equivocado.
Caelan no dijo nada, continuo cruzando por los pasillos, pasando entre puertas cerradas y cortinas que apenas ocultaban escenas sexu∆les explícitas, Evanya se obligó a no mirar. A su alrededor, la élite del club se entregaba al placer sin pudor. Había mujeres montadas sobre hombres. Gemidos y jadeos. Caricias en público. Cuerpos desnudos o medio cubiertos, envueltos en una atmósfera cargada de deseo, poder y oscuridad.
—¿Voy a ser despedida? —repitió, esta vez más bajito.
Caelan negó con la cabeza.
—Solo haz tu trabajo —le respondió sin mirarla.
Llegaron a una puerta negra. Evanya se detuvo un segundo. No sabía por qué sentía que le faltaba el aire. Caelan abrió la puerta. Ella entró y sin decir nada él cerró tras de sí dejándola ahí.
Evanya observó al hombre que estaba ahí. De pie, de espaldas, con un traje fino, perfectamente entallado a su cuerpo. Con la espalda ancha e imponente. Y aunque no podía verle el rostro, Evanya sintió algo extraño apretándole el estómago. Estaba completamente quieto, como si llevara ahí horas, contemplando el movimiento del club sin decir una palabra.
Evanya dio un paso inseguro dentro de aquella habitación que no se parecía en nada al resto del club. El bullicio exterior se apagó detrás de la puerta negra, reemplazado por un silencio denso, elegante. Era una oficina, sí. Pero no una cualquiera. Era amplia, con techos altos y luces tenues que parecían estar calibradas para generar una atmósfera particular de dominación y control.
Lo primero que notó fue el gran muro de cristal que dominaba la vista. Desde ahí, se veía todo el nivel inferior del club.
Un espectáculo privado, prohibido y decadente. Las escenas de sexo en vivo, los cuerpos entrelazados, las sombras moviéndose con lascivia bajo luces rojas. A la izquierda, un escritorio de madera oscura se extendía como un trono moderno. Ordenado e imponente. Una pantalla empotrada en la pared mostraba distintas cámaras del club, incluyendo una que, sin duda, había estado apuntando a ella hace pocos minutos.
A la derecha, había un minibar discreto, Pero repleto de licores con nombres que ella no sabía pronunciar.
Evanya tragó saliva. Se sentía fuera de lugar. Pequeña. Como si en cualquier momento alguien viniera a decirle que había cometido un error al dejarla entrar.
—Buenas noches, señor… —dijo con la voz apenas más firme de lo que sentía, esperando que él se volviera.
Y entonces lo hizo.
El hombre que estaba de espaldas al muro de cristal giró lentamente. Llevaba un traje oscuro, entallado, que dejaba adivinar una complexión atlética bajo la tela. Su rostro estaba oculto tras una máscara negra de diseño elegante con el rostro de una pantera. Solo sus ojos eran visibles. Azules. Intensos. Tan enigmáticos que el corazón de Evanya latió con fuerza al mirarlos.
Lo que decía Jenna era cierto, el dueño no mostraba su rostro.
—Pantera —dijo él, su voz sonó profunda, grave, con un tono metálico, robótico. Que seguramente era una distorsión artificial. Quizá un aparato que se encargaba de modificarla.
Evanya se quedó quieta, como atrapada entre su miedo y su curiosidad. Esa voz no solo imponía. De alguna forma retorcida era fascinante.
—¿Puedo… saber por qué me llamó? —preguntó, arrugando apenas la frente. No entendía nada. Las meseras nuevas no eran llevadas con el dueño según sabía y Caelan le había asegurado que no sería despedida.
Entonces, ¿Que hacia ella ahí?
Pantera no respondió de inmediato. Se movió con cautela, acercándose. Pasó junto a ella, su silueta grande desplazándose con una gracia que erizaba los vellos de su piel. Y al hacerlo, Evanya percibió su aroma. Era fresco, cítrico, con algo más… un dejo amaderado, elegante, varonil. Algo que no se vendía en tiendas comunes.
Sintió un cosquilleo bajo la piel. No podía negar que el hombre olía delicioso.
—Desde hoy, solo estás aquí para servirme a mí —dijo finalmente, mientras se sentaba tras su escritorio sin quitarse la máscara, sin apartar los ojos de ella.
Evanya no supo qué decir. Abrió los labios, y los cerró de nuevo. Esa frase no tenía sentido. Solo las chicas con experiencia atendían a los clientes importantes. Ella era nueva. Torpe. Apenas recordaba los nombres de algunas bebidas.
¿Había cometido un error tan grave como para que él la castigara con una prueba imposible? ¿O… era otra cosa?
Pantera se acomodó en la silla con una calma inquietante. Aún no apartaba la mirada de ella. Sus ojos azules eran tan penetrantes como fríos, como si desnudaran todo lo que veía.
—Sírveme —ordenó con simpleza, señalando con la mirada la botella en el minibar. La que ya estaba ahí, colocada sobre la superficie de una mesa incluso antes de que él llegara.
Evanya dudó solo un segundo, pero se acercó. Sintió su nuca arder, sabiendo que él la observaba. Un escalofrío recorrió su espalda. Su cintura. Sus manos mientras sostenía la botella. Luchó porque el líquido ámbar cayera dentro del vaso de cristal sin derramar una sola gota. Aunque sus movimientos se notaban inseguros.
Pantera no pestañeó. Desde que la vio por las cámaras esa noche, no había podido apartar los ojos de ella. No era un hombre de gustos simples. Había estado con mujeres hermosas, con modelos, con amantes de criminales importantes. Incluso ya había compartido un momento de lujuria con la mujer del mafioso que regia la ciudad.
El club tenía una sola regla, si una mujer le gustaba, él era el primero en tomarla.
Pero esas reglas únicamente eran para las mujeres que llegaban con la intención de disfrutar de la mansión.
Jamás con una mesera.
Las meseras no le interesaban. Eran invisibles. Ninguna era una mujer digna de que él la mirara.
Pero Evanya... ella era una jodida y evidente excepción.
La forma en que exponía su nerviosismo, la curva de su cintura y sus anchas caderas, la manera en que mordía su labio inferior al concentrarse, el vestido ajustado a sus pechos… incluso la forma torpe en que servía el licor.
Pantera la miraba como si ya la tuviera desnuda, como si sus pensamientos ya la hubieran puesto de rodillas frente a él, o mejor, sobre ese mismo escritorio.
El hombre imaginó sus ojos marrones fijos en él mientras su lengua recorría su vientre, sus muslos, mientras su pene se hundía en su interior y ella gemía su nombre sin entender cómo carajos había llegado ahí.
Sí. Era un deseo oscuro, posesivo, nacido de la nada. Pero tan real como el fuego que le subía por el abdomen.
Ella caminó hacia él con el vaso. Se inclinó un poco para dejarlo sobre el escritorio. Y en ese momento, Pantera inhaló su aroma. No era un perfume caro. Era algo más dulce. Natural. Un aroma que lo excitó de una manera que no esperaba. Pero que le hacía desear tenerla.
Evanya se incorporó, y sin saber por qué, sus ojos se cruzaron otra vez. No sabía si detrás de la máscara había un hombre mayor, la complexión de su cuerpo decía que no lo era. Debía medir cerca de los dos metros. Y ella alcanzaba apenas el metro sesenta y cinco.
El silencio entre ellos tenía filo.
—Date la vuelta —ordenó él y ella lo hizo. Le dió la espalda, sintiendo una sensación extraña. No era temor, Evanya pensó que si el dueño del lugar quisiera propasarse con ella ya lo habría intentado, y se sentía demasiado insignificante para que alguien tan poderoso siquiera pensara en una idea tan absurda como esa. De alguna forma eso la hacía sentirse segura.
Pantera se retiró la máscara que llevaba puesta, la colocó sobre el escritorio y bebió del whisky en su vaso. Se tomó su tiempo. El whisky recorrió el interior de su garganta, mientras sus ojos detallaban a la mujer que tenía a unos cuantos pasos. Una mujer que no tenía idea de cómo había dado con su mansión, pero que sin duda no pertenecía ahí. Sus vidas estaban lejos de poder entrelazarse y sin embargo. Evanya se encontraba en su oficina. Con un vestido barato y una postura que no correspondía al tipo de mujer que a él le gustaba.
Pero había algo en ella además de su evidente belleza que lo hacía desearla.
Se puso una vez más la máscara y ordenó nuevamente que se diera la vuelta.
En ese instante, a unos metros, Caelan avanzaba por el pasillo con pasos firmes. Sabía exactamente lo que había ocurrido. Lo había visto en los ojos del jefe desde el momento en que él también la observó por la pantalla.
Pantera no era un hombre accesible. Era calculador, dueño de todo lo que tocaba. Solo un puñado de mujeres habían tenido el “honor” de atenderlo personalmente. Y desde hacía meses, ni siquiera eso. Solo uno de los meseros de confianza servía sus tragos. Ya nadie tenía acceso a esa suite.
Y de la nada la vida de Evanya Brixton —la mesera nueva que se sonrojaba y evitaba mirar su entorno mientras llevaba los tragos a los clientes— estaba a punto de cambiar. Porque desde esa noche se había convertido en la favorita del jefe.