Pantera la observaba en silencio. Mientras Evanya permanecía de pie a un lado del escritorio, con la espalda recta y los dedos enlazados frente al cuerpo, intentando ocultar el temblor sutil que le recorría las manos. Sentía el peso de sus ojos sobre ella, como si desnudaran capa por capa todo lo que no sabía esconder.
—Límpialo —ordenó él, con voz baja, seca.
Evanya bajó la mirada hacia el escritorio. El vaso que él había usado dejaba un círculo húmedo sobre la madera oscura. Asintió con un leve movimiento de cabeza y se acercó para tomar una servilleta del minibar. Mientras lo hacía, Pantera no dejó de mirarla. Sus labios carnosos, su perfil elegante, la forma en que su mano temblaba apenas al rodear el vaso para retirarlo. Todo en ella le hablaba de una fragilidad ajena a ese lugar. Y al mismo tiempo, de algo que no podía explicar, algo que lo inquietaba.
—Sírveme otro trago —dijo sin moverse de su asiento. Mencionándole el nombre de uno de sus licores finos.
Evanya se detuvo, sujetando el vaso ya limpio.
—No estoy segura de cuál es… —murmuró con honestidad, bajando un poco la mirada. Le habían enseñado muchos nombres en poco tiempo y esa botella, en particular, no la recordaba.
Pantera giró la cabeza hacia el minibar. No había molestia en su rostro oculto, solo la misma calma inquietante que había mostrado desde que ella entró en esa gran habitación.
—La segunda de la izquierda. Etiqueta negra, letras doradas. Whisky escocés, veintiún años —indicó con la voz robótica. Como si disfrutara del poco conocimiento que ella tenía sobre las bebidas alcohólicas de gama alta.
Ella asintió, mordiéndose el labio inferior. Caminó hacia la estantería, reconociendo al fin la botella. La tomó con ambas manos y regresó al escritorio. El licor cayó en el vaso de cristal con lentitud, pero sin derramarse. Pantera seguía mirando. Fijamente. Sus ojos azules no se apartaban de ella, de la curva de su cintura, de la forma insegura en que sostenía el vaso.
Evanya era simple, sí. Pero también compleja para él. No había deseo en sus movimientos, ni coquetería en sus acciones. No era como las otras. No sabía quién era él, no comprendía lo que el club representaba, ni lo que a él le gustaba hacer con las mujeres que elegía. Esa ignorancia, esa inocencia involuntaria, era lo más excitante que había visto en mucho tiempo.
Quería observarla, averiguar porque una mujer como ella —completamente ajena a su mundo— había llegado ahí. Y también, quería verla entregándose por completo a cada placer que estaría más que dispuesto a brindarle.
Ella se apartó una vez sirvió el trago, pero Pantera no le dio más instrucciones. Volvió su atención a un conjunto de documentos que había sobre su escritorio. Comenzó a leerlos, anotando algo en uno de ellos, mientras Evanya se quedaba de pie, en silencio, sin saber si debía hablar o simplemente esperar.
Pensó en lo absurdo de todo eso. Estaba ahí, parada, sin hacer nada.
¿Como iba a recibir propina si su tarea era simplemente estar de pie como una estatua? Aunque el sueldo que le ofrecieron esa noche era bueno, la incomodidad era real.
Sintiendo que su vestido se pegaba a su piel con cada respiración, se movió apenas. El vestido le quedaba perfecto. Se ajustaba justo donde debía y una parte de ella se sentía bella llevando esa prenda. Sin embargo, otra sentía vergüenza, pensaba que seguramente se veía patética en comparación con las otras chicas. Las que la miraban y se burlaban entre susurros de ella.
Pantera alzó la mirada una vez más. Observó el vestido. Apretado, marcando su cintura, sus caderas, la curva sutil de sus senos. Un cuerpo perfecto vestido de algo que no merecía tocarla. Era una prenda barata, un insulto silencioso para su piel, sobre todo en ese lugar donde todas las mujeres parecían salidas de un maldito catálogo de lujo.
Su deseo creció sin aviso. Una punzada oscura que comenzó en su abdomen y subió como fuego.
Entonces le dio una última orden.
—Hay una carpeta azul en el último cajón del archivero. Dámela.
Evanya dudó. Bajó un poco la mirada, luego asintió. Se inclinó hacia adelante. Su vestido se estiró con el movimiento. Pantera entrecerró los ojos. La tela delineó su trasero, la tensión en sus muslos. El aire pareció volverse espeso, como una bruma caliente. La vio estirar el brazo, tomar la carpeta. Y no pudo más.
—Puedes irte —dijo, su voz más gruesa de lo habitual.
Evanya se incorporó con la carpeta en las manos, la colocó sobre el escritorio y sin preguntar nada más, caminó hacia la salida.
Cerró la puerta de la oficina y descendió las escaleras con pasos rápidos, aun sintiendo el leve temblor en sus piernas. Todo el entorno parecía igual: el mismo murmullo de música sensual, el tintineo de copas, los cuerpos moviéndose con soltura bajo la penumbra roja del club. Pero para ella, nada era igual. Algo había cambiado. Algo que no sabía como describir, pero que sentía pegado a la piel, como un secreto que ahora le pertenecía.
Cuando sus ojos encontraron a Caelan sentado en una mesa lateral, caminó directo hacia él. Seguía cargando consigo la confusión de lo ocurrido allá arriba. ¿Había hecho algo mal? ¿El hombre tras la máscara no había quedado conforme con su atención y por eso le ordenó irse? ¿Acaso todo había sido una especie de prueba que no logró pasar?
Se detuvo frente al asiático, y aunque su voz era baja, llevaba el peso de su incertidumbre.
—¿Debo volver a atender las mesas que Jenna me asignó? —preguntó confusa. Aún faltaba una hora para que terminara su turno.
Caelan negó con la cabeza sin mirarla demasiado.
—Es todo por esta noche. Puedes irte a casa —mencionó con naturalidad.
Evanya frunció el ceño. Algo no cuadraba.
—¿Ya? —preguntó, con alivio, pero pronto se volvió preocupación—. ¿Está todo bien? —agregó.
Aunque el tiempo en esa habitación se sintió bastante largo y de cierto modo abrumador, en realidad no hizo nada, más que quedarse de pie cerca de ese hombre esperando servirle algún trago de vez en cuando.
Caelan levantó la vista hacia ella. La observó por un instante y luego habló con una neutralidad afilada.
—Desde hoy no estás aquí para atender mesas, Evanya.
Ella se quedó en blanco.
—¿Entonces… qué se supone que haga? —cuestionó aún más confusa.
—Eres la empleada exclusiva del jefe —interrumpió él con calma—. Significa que vendrás cada día y esperaras a que él llegue para atenderlo, y los días que él no venga, simplemente esperaras en la barra. Pero tranquila, tu sueldo será completo.
Evanya parpadeó. El corazón le latía más rápido. No entendía. ¿Qué significaba eso? Aquello sonaba demasiado extraño. Pero Caelan ya había desviado la mirada.
—Regresa mañana. A las dos en punto, tengo un par de indicaciones para ti. Se puntual.
Evanya solo pudo asentir con un hilo de voz.
—Está bien.
No dijo nada más. No tenía sentido seguir preguntando. Caelan no diría más. Apretó el asa de su bolso y se giró para marcharse, pero apenas había dado un par de pasos cuando Jenna apareció de la nada, interceptándola.
—¡Ey! —la rubia le sonrió con descaro, los labios rojos y las ondas cayendo como cascada dorada sobre sus hombros—. ¿Qué pasó allá arriba?
Evanya la miró confundida.
—¿Qué?
—Te vimos salir de la oficina del jefe —dijo Jenna bajando la voz, aunque con una chispa evidente de curiosidad. Miró alrededor antes de acercarse—. Ninguna mesera entra ahí desde mucho tiempo ¿Lo sabías?
Evanya sintió que su corazón se estrellaba contra su pecho.
—Mañana te cuento —murmuró, sin fuerzas para más. Se colocó el abrigo largo con movimientos lentos, sintiendo que un escalofrío recorría su cuerpo. Ajustó el cinturón con fuerza alrededor de su cintura, como si así pudiera sostener algo dentro de ella que amenazaba con desbordarse. Luego bajó la cabeza y caminó hacia la salida sin mirar atrás.
La ciudad le recibió con frío y silencio. Las calles estaban oscuras, húmedas. El viento helado le azotó el rostro apenas cruzó la puerta de la mansión. Caminó rápido, sin detenerse, con el corazón latiendo aún bajo el eco de la máscara, de la voz de Pantera, de sus ojos azules fijos en los suyos.
El camino hacia el departamento no fue largo, pero cada paso la alejaba del lujo, del deseo en el aire, del mundo que la había envuelto durante esas horas. Un mundo que jamás creyó llegar a conocer y que la intrigaba de una manera que le daba miedo indagar.
Cuando por fin llegó, abrió la puerta con cuidado. La cerró sin hacer ruido y se quitó los tacones incluso antes de encender la luz. No quería despertar a Justin. No quería tener que explicarle nada. No sabría cómo hacerlo.
Entró al pequeño baño. Encendió la luz y se quedó un instante observando su reflejo.
El vestido que Jenna le había prestado seguía ajustado a su cuerpo, delineando cada curva con precisión. Pero Evanya ya no se sentía como esa figura en el espejo. Algo dentro de ella había cambiado. Se giró de lado, contemplando el escote, las caderas marcadas, la forma en que el vestido se aferraba a su silueta. Hacía mucho que no usaba una prenda que la hiciera sentirse deseada.
Con cuidado, se lo quitó. Lo dobló como si fuera una prenda delicada, casi sagrada, y lo guardó en una percha dentro del armario. Luego se quedó en ropa interior. El contraste era absurdo. Llevaba un sujetador blanco, sencillo, sin encaje y unas pantaletas que cubrían por completo sus nalgas. Una prenda que jamás tendría cabida en ese club. En esa mansión. En ese mundo.
Observó su cuerpo en el espejo. Pensó en las mujeres que había visto en la mansión, sus cuerpos cubiertos por encajes, lencería negra, transparencias. Cuerpos que sabían ser vistos. Que se ofrecían sin pudor.
Por un instante, Evanya imaginó cómo se vería ella con algo así. ¿Luciría bien?
Sacudió la cabeza con fuerza. Sintiendo vergüenza consigo misma por pensar en eso.
Caminó en silencio hacia la habitación. Justin dormía. Su respiración era profunda, plácida. Estaba de lado, con el brazo estirado sobre la cama como si esperara que ella se acurrucara en él.
Evanya lo observó por un momento. Su rostro parecía tranquilo. Inofensivo. Como si no hubiera nada en él que pudiera romperle el alma.
Justin representaba la estabilidad en su vida, una oscura y quizá toxica, pero Evanya no conocía nada más. Justin había sido el único hombre en su vida y lo amaba.
Se puso una pijama que le quedaba grande. Una camiseta vieja, holgada, que caía sobre su cuerpo sin forma y un pantalón ancho sin una pizca de sensualidad. Se metió en la cama con cuidado, dándole la espalda, cerrando los ojos con fuerza.
Antes de dormir, llegó a su mente la imagen de Pantera. Esa mirada azul, enigmática, inquietante. La tensión de su voz distorsionada por aquel aparato. Su presencia poderosa, inamovible. El modo en que la había hecho sentir sin siquiera tocarla.
Una parte de ella sentía que estaba cruzando una línea de la que no habría retorno.
Y lo peor… es que no sabía porque.
.
Mientras Evanya trataba de conciliar el sueño. Un silencio en el despacho de Pantera era casi ceremonial tras la salida de la nueva mesera. Él se quedó unos segundos contemplando la puerta cerrada como si aún pudiera verla ahí. Inmóvil. Expectante. Nerviosa.
Se puso de pie con lentitud. El movimiento fue fluido, elegante, como si cada gesto estuviera calculado para transmitir control. Su caminar lo llevó hasta la mesa donde ella había estado de pie minutos antes. Justo frente al minibar. Donde sus dedos temblorosos rodearon la botella que él le indicó.
Extendió la mano, tomó una de las botellas —la misma que ella había tocado— y la observó con detenimiento. El vaso que ella había utilizado aún tenía una gota dorada en el fondo. No la tocó. Solo se sirvió con movimientos precisos. El cristal tallado tintineó al llenarse.
Bebió despacio, sin apartar los ojos del reflejo oscuro que lo observaba desde el ventanal. La lujuria en la mansión, lo que ocurría dentro de esas paredes era lo único que lo mantenía despierto.
Pero en su mente, lo que lo mantenía tenso... no eran los negocios. Era ella. La nueva mesera.
El hombre se retiró la máscara por un momento y llamó a Caelan.
El asiático no demoró en responderle.
—Envía a Jade —ordenó y colgó la llamada.
No había pasado mucho tiempo cuando la mujer llamó a la puerta.
Pantera tomó la máscara y se la colocó con calma, luego la hizo pasar.
Jade era una mujer de cabello oscuro, largo, con una figura que ya conocía de memoria. Era hermosa, su cuerpo curvilíneo, vestido con una tela que dejaba poco a la imaginación, sabía perfectamente cuál era su rol ahí.
Jade, Joana y Vicky. Eran las amantes del jefe. Las tres estaban ahí exclusivamente para complacer los deseos sexuales del hombre de la máscara. Pero su favorita era Jade.
—¿En qué puedo ayudarte esta noche? —preguntó ella con voz suave, caminando hasta él con pasos seguros. Jade era una mujer segura y así mismo soberbia al estar por encima de las otras dos. Aún así, estaba asombrada de ser llamada, hacia tanto que Pantera no solicitaba a ninguna de las tres.
—Arrodíllate —fue todo lo que Pantera dijo.
Ella no necesitaba más.
Lo había hecho decenas de veces antes. Caminó hasta quedar entre sus piernas. Se arrodilló, deslizando las manos por sus muslos hasta alcanzar su cinturón.
Pantera no la detuvo. Solo observó cada uno de sus movimientos. Luego sus ojos se desviaron al cristal del licor. Como si ese líquido pudiera darle respuestas que él aún no entendía.
Sintió cómo ella desabrochaba su pantalón, cómo lo abría y liberaba su pene de la tela. Su cuerpo reaccionó, como siempre. La mujer sonrió al observar su polla grande, gruesa y cubierta de venas. Ver la virilidad de Pantera siempre era un deleite. Aquel trozo de carne magra era exquisito. Y su boca comenzó a producir más saliva.
Jade sacó la lengua y comenzó a lamer la punta, que ya brillaba con una pequeña gota de su preseminal. Lo chupó como sabía que a él le gustaba y luego se retiró un poco.
—¿La nueva será una de nosotras? —preguntó la mujer en un susurro, antes de tomarlo con más fuerza entre sus manos.
Pantera giró apenas la cabeza. Su voz fue baja, pero tajante:
—No te pedí que hablaras.
Ella bajó la mirada con pesar y mostró una sonrisa, disimulando la rabia que sentía. Todas ahí sabían que Evanya había estado en la oficina de Pantera. La rabia había invadido cada uno de sus sentidos. ¿Con que derecho había ocupado ese espacio? ¿Qué era lo que Pantera quería de ella?
Los murmullos y especulaciones no se hicieron esperar. Y las tres amantes de Pantera, eran las más molestas.
Jade tomó su v***a con firmeza, llevándose una vez más la punta a los labios. Sus movimientos eran expertos, sin necesidad de instrucciones.
La nueva había estado ahí, pero ella seguía siendo su favorita. La había llamado a ella, lo cual solo significaba que Evanya no había tenido sexo con él, y si lo había tenido, no lo había complacido.
La pelinegra separó más sus labios y comenzó a succionar. Apretó el tronco con la lengua y el paladar y un gemido escapó de su boca. Mientras Pantera cerraba los ojos y disfrutando del placer que estaba sintiendo. Pero con su mente pensando en otra lengua. En esos labios gruesos, torpes y vacilantes que seguramente lo apretarían de una forma más deliciosa.
Pensaba en cómo se verían rodeando su erección. En cómo sus ojos marrones lo mirarían con miedo, deseo y desconcierto mientras descendía centímetro a centímetro. Pensaba en esas manos suaves, en su fragilidad, en lo real que se sentía ella… como un perfume sin marca que huele mejor que cualquier Chanel.
La mujer entre sus piernas lo succionaba como a él le gustaba que lo hiciera. Su boca se abría, rodeaba su imponente erección, su garganta se acomodaba a su tamaño. Hasta que las lágrimas escurrían por su mejilla por el esfuerzo cuando la punta cruzó su garganta. Cuando Pantera empujó su cabeza y la hizo llegar hasta el fondo.
Tiró con fuerza y empujó tantas veces como creyó necesarias. Esta vez no solo era deseo lo que había en su mirada, frustración.
Una maldita frustración porque los labios que imaginaba no eran lo de la pelinegra.
Jade salivó mientras sus dedos se tornaban blancos sobre la tela al apretar sus muslos. Su centro se humedeció por la excitación que ese hombre le provocaba. Quería satisfacerlo, desnudarse y que la cogiera duro, como él sabía hacerlo.
La mano de pantera apretó su cabello con fuerza marcando sus venas. Mientras su pene, grueso y largo se hundía en la cavidad bucal de Jade. El chapoteo entre sus labios lo hizo soltar un gruñido. Mientras imaginaba los labios de Evanya, su trasero redondo y las embestidas en la boca de Jade fueron más potentes. Mas rudas, más bestiales.
Cuando el hombre de la máscara llegó al máximo clímax y su orgasmo se derramó en su boca. Sus ojos azules se dirigieron a la pelinegra.
—Traga, hasta la ultima gota —ordenó con firmeza.
Jade tragó cada gota de su semen espeso y caliente. Lo hizo con una sonrisa triunfante. No importaba que era lo que Evanya había hecho en esa oficina, porque era ella quien ahora estaba ahí, bebiendo de la semilla de Pantera.
Cuando termino de limpiarlo con la lengua. Pantera acomodó su pene aún erecto dentro de su pantalón. Se acomodó en su asiento y dirigió su mirada a la mujer que se veía perfectamente complacida por lo que acababa de ocurrir.
—Largo —soltó sin más. Jade se puso de pie haciendo un puchero de descontento, ella quería más, pero no replicó. Su tarea estaba hecha y ella tenía que irse.
Pantera esperó con calma a que la mujer abandonara la sala. Luego llamó nuevamente a Caelan, quien no demoró mucho en responder su llamada.
—Quiero un informe completo de Evanya Brixton. Cada detalle de su vida, hasta lo más privado. Sus secretos más oscuros —ordenó.
Evanya era como una espina filosa que se había clavado en el dueño de la mansión. Y sacársela sería divertido, sin importar cuales métodos tuviera que usar para que eso sucediera.