Jackob esperaba la muerte a cada paso que daba escoltado por los dos enormes hombres, aquella idea no le importaba en lo más mínimo, solo se acongojaba al saber que su vida finalizaría en ese lugar atestado de ratas.
Aún así no luchaba contra su destino.
Con la mirada errante y los pasos guiados por la inercia, el atractivo hombre de cabello color sol observaba las habitaciones que se abrían paso a lo largo del pasillo que parecía no tener fin.
En cada recamara sin puerta, una o más prostitutas se hacían presente, algunas ejerciendo su trabajo y otras simplemente disfrutando su tiempo de ocio, si acaso se podría llamar así.
—La mirada al frente y sigue caminando—gruñó la más civilizada de las dos bestias que parecían hacer de custodia.
Jackob obedeció, no por temor a las represalias, más bien por cansancio y agotamiento, el hombre se limitó a fluir con la corriente caótica sin pensar dos veces en la situación en que se encontraba.
Cuando finalmente las habitaciones dejaron de aparecer a su lado, al final del casi infinito pasillo apareció una puerta, igual de decadente que el lugar.
Los enormes gorilas no demoraron en llamar y aguardar una respuesta, la que llegó segundos después.
Tabaco, moho y cobre, el aire estaba viciado por una espesa nube de humo que parecía combinar aquellos tres aromas.
Sin ventanas, y atestado de personas armadas hasta los dientes, Jackob tragó duro antes de ingresar.
Sus piernas no temblaron, tampoco lo hizo su corazón mientras observaba al capo de la mafia sentado tras un enorme escritorio, con la vista de León clavada en él.
—¿Fumas?—preguntó el rey del bajo mundo, abriendo su chaqueta para revelar en su bolsillo interno un abajo, a su lado reposaba tranquilo un revólver.
Aquello no atemorizó al casi Dios del sol, quien se encogió de hombros antes de responder.
—No. Es un mal hábito—escupió con simpleza.
Las palabras arrancaron una sonrisa de los labios del rey asesino, quien reveló unos dientes bañados de oro al tiempo que volvía a ocultar el arma.
—¿Tú hablas de malos hábitos? ¿Qué dice de tus hábitos la puta que mataste?—ronroneó el hombre tras el escritorio con un bufo de risa surgiendo.
Jackob volvió a encogerse de hombros con la mirada fija en él, sin miedo ni temor percibible, sólo un profundo vacío.
—Si la maté, ¿Qué harás al respecto?—escupió Jackob con simpleza.
Aquello arrancó un aullido de risa del hombre, mientras los demás presentes en la habitación parecían haber acercado las manos a las armas de forma casi imperceptible.
—Me gustas chico, tienes pelotas y parecieras no temer a nada… eso es justo lo que estoy buscando—ronroneó aquel demonio disfrazado de hombre.
Quizás fuera el vacío que sentía en su pecho, el cual solo lograba llenarse durante algunos instantes con odio, pero cualquiera sea el motivo, Jackob escuchó.
—Dejame presentarme, me dicen El Oso—prosiguió diciendo el hombre poniéndose de pie exponiendo una sonrisa de oro—Dime chico, ¿Te gustaría ser mi mano derecha?—siguió diciendo, al tiempo que extendía su palma hacia Jackob.
El Dios del sol se quedó pasmado, sin embargo no dudó en responder a la oferta con un fuerte apretón de mano y una sonrisa blanquecina perfecta.
Así fue como Jackob firmó un trato con el diablo.
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—¡Habla maldita perra!—rugió Erick Sowler profiriendo otro golpe contra el hermoso rostro ensangrentado de Daphne.
Ella se mantuvo firme y de su boca solo salió una risa hueca, mientras volvía su mirada color noche hacia su captor.
—Eres un maldito cagón, huevos son los que te faltan—siseó la Diosa de la noche bañada en sangre.
Aquello sólo sirvió para aumentar el odio que hervía las venas del hombre, por lo que dejó de tomar decisiones racionales para darle rienda suelta a la locura.
Justo lo que Daphne quería.
Los dientes de Erick estaban tan apretados que parecían a punto de estallar, mientras caminaba hacia atrás de la silla de la hermosa mujer, y profiriendo una fuerte patada cargada de odio, la tiró de bruces contra el sucio suelo.
Sin poder amortiguar la caída, el impacto rompió la nariz de ella, lo cual hizo mandar la sangre acompañado de un fuerte latigazo de dolor que arrancó más lágrimas de las que ya cargaban sus ojos.
—Ahora verás lo que es tener huevos—gruñó el monstruo en su oído mientras sentía como las sogas que apresaban su cuerpo comenzaba a aflojarse.
Haciendo su mejor esfuerzo, Daphne contuvo la sonrisa y emoción que amenazaban con poner a temblar todo su cuerpo.
Ella se dejó desatar, fingiendo estar muy débil para siquiera rehusarse, también le permitió arrastrarla unos pocos metros para apartarla de la sangre al tiempo que la volteaba hacia arriba.
Erick se arrastró sobre ella como el asqueroso gusano que era, Daphne se quedó estática sin emitir el más mínimo movimiento que indicará su verdadero estado.
Solo cuando él se inclinó hacia adelante para besar su cuello, la hermosa mujer comenzó a jugar con sus propias reglas, sacando fuerzas de su voluntad de hierro.
Lo primero que hizo, tal como la habían entrenado en la agencia, fue estampar un rodillazo en la ingle de su captor, utilizando toda la fuerza que su cuerpo contenía.
Por instinto, Erick se apartó de ella intentando doblar su cuerpo en una especie de u que le permitiría cubrir sus partes afectadas, pero la astuta mujer previniendo aquel movimiento, lo interceptó golpeando su codo contra el costado de la cabeza del hombre, a la altura de la cien.
Tal como había sido entrenada, ocurrió lo que esperaba, Erick Sowler cayó desmayado a su lado, sumido en un profundo sueño.
Sin embargo, ella sabía que aquel estado de inconsciencia no duraría mucho tiempo, por lo que debía moverse rápido.
Incorporándose como pudo, utilizó los vestigios de adrenalina que aún surcaban su cuerpo para mantener las oleadas de dolor a raya.
Con pasos adoloridos y cansados, ella acortó la corta distancia que la separaba de la entrada, y sin perder tiempo salió al exterior.
Daphne se había imaginado que no estaba en un lugar muy poblado, pero jamás se imaginó aquello.
Estaba en el medio de la nada, en una cabaña perdida dentro de un vasto campo.
El corazón de la mujer se retorció en medio de su pecho al percatarse que aquel panorama era el peor posible, sin embargo se obligó a correr como sus fuerzas le permitieran.
Estaba descalza, no lo había notado hasta que las pequeñas piedras y pinchos se incrustaron en las plantas de sus pies, aún así ella siguió adelante, corriendo como podía hacia adelante suplicando a cualquier deidad encontrar una forma de escapar de aquel lugar.
Por la falta de agua, su mente comenzó a dar vueltas, sumiéndola en un torbellino de náuseas y mareos, aún así siguió, con la mirada firme hacia adelante.
Había logrado recorrer una distancia de casi quinientos metros, cuando sus fuerzas comenzaron a flaquear y el aire quemando en sus pulmones se hizo insoportable.
La falta de comida y agua se hizo presente cobrando facturas.
La hermosa mujer hizo dos pasos más antes de caer desmayada en el frío suelo lleno de hierba seca.
Sin embargo, una esperanza comenzó a brillar en su pecho, porque había visto la entrada del enorme campo a doscientos metros de dónde estaba.
Mientras sucumbía al abrazo abrumador del sueño, su último pensamiento fue esperar a despertar para seguir corriendo.