Viaje al pasado: Daphne de dieciocho años.
El agudo y casi sofocante dolor en su ingle iba en aumento, todo debido a la brusquedad con la que la atendió la bruja que llamaban enfermera.
Con mirada aguda e iracunda, se paseo por la habitación cargando su bolsa arapienta que contenía s arsenal de tortura, el cual llamaba airosa con orgullo "instrumental médico".
Daphne podría haberse arrojado al piso al oír tal descabelladas palabras, si el cansancio y el hambre no la tuvieran tan debilitada.
—Orina aquí—gruñó con mala cara y tono hosco, mientras extendía un recipiente en su dirección.
La hermosa mujer de ojos negros como la noche, se habría rehusado o habría soltado alguna palabra filosa y sarcástica a la bruja. Pero sus fuerzas parecían ser cada vez más escasas, por lo que tomó el recipiente y sin importarle que la poca dignidad que aún conservaba le fuera arrebatada, bajo sus pantalones sucios para orinar frente a la maldita bruja.
Una vez que su orden fue cumplida, la enfermera no demoró en tomar el cuenco y mezclarlo con algún líquido extraño que llevaba en su bolsa.
Dirigiendo miradas lascivas entre Daphne y el recipiente, esperó con poca paciencia a que algo ocurriera.
«Por favor que sea venéreo» suplicó la hermosa mujer para sus adentros, mientras cruzaba los dedos y mordía sus resecos labios agrietados.
La bruja que fingía ser enfermera bufó y luego gruñó, antes de salir de la habitación colerosa, cargando aún su cuenco con orina.
Daphne casi se desmaya de emoción y alegría, finalmente sus súplicas habían sido respondidas por una entidad benévola.
¿Sería muy ambicioso si pedía que su enfermedad no acabara con la poca vida que aún tenía?.
Su respiración se volvió más fluida, mientras sentía como la pesada carga que llevaba en sus hombros se esfumaba, como la niebla con los primeros rayos de sol.
Sin embargo, aquella falsa paz que se había instalado en su corazón a modo de consuelo, no tardó en desvanecerse, cuando Enzo, entró en la habitación acompañado por Kallias, la nueva mano derecha de Oso y…
El mismísimo Oso.
Aquello era malo, muy malo.
—No deben ser más de dos semanas—gruñó de mala manera la bruja.
El gangster con dentadura de oro, pasó una mano por su cabello grasoso mientras cerraba sus ojos y liberaba un profundo suspiro.
—¿Con quién estuviste hace dos semanas?—gruñó el atractivo muchacho de cabello y ojos negros como demonio, unos años mayor que ella. Kallias.
El nudo que comenzaba a formarse alrededor de su corazón se aflojó mientras una chispa de luz comenzaba a encenderlo como una llama de fuego ardiente. Estaba claro que tenían miedo, miedo porque ella hubiese contagiado con su enfermedad a alguien importante.
Pero desde hacía dos semanas que la tenían aislada, preparada para la llegada de ese "alguien" poderoso.
Debido a esto, solo había estado con una persona.
El rostro de Enzo se volvió enfermizo, mientras expandía sus hermosos ojos observándola con verdadero pánico y terror.
—Con él—respondió a duras penas Daphne, alzando con sus últimas fuerzas su dedo para señalar al que una vez creyó el amor de su vida.
Enzo cerró sus ojos con fuerza, Oso maldijo con los dientes apretados, mientras que Kallias le dedicaba una mirada fría, más cortante que el hielo.
—¡Dos malditas semanas… ¿no pudiste mantener la salchicha en su empaque durante dos semanas?!—vociferó hecho un mar de odio el hombre de aspecto andrajoso que se hacía llamar "Oso".
Daphne no pudo contener una vaga y titubeante media sonrisa que tiró con delicadeza de las comisuras de sus labios.
—Lo lamento, jamás pensé que podría quedar embarazada—respondió aterrado Enzo.
Aquellas palabras golpearon con fuerza a la hermosa mujer, cuya sonrisa fue arrancada de sus labios, siendo cambiada por una expresión de genuino horror.
Embarazada.
—Ese es el problema de los hombres, no piensan… o al menos no lo hacen con esto—respondió entre carcajadas huecas la enfermera, mientras señalaba con un dedo de uñas rotas y sucias, su cabeza.
—¿Puedes solucionarlo para hoy?—dijo Oso apretando el puente de su nariz con fuerza, mientras evitaba mirar en dirección a Enzo.
—Claro que sí, pero te costará—ronroneó la bruja enfermera con una sonrisa aterradora en sus labios.
El Oso suspiro, largo y profundo, mientras le dedicaba a Enzo una mirada colérica.
—Bien, haz lo que debas hacer, la necesito perfecta para los próximos meses—comenzó a decir él—Lo descontaré de tu paga.
Estás fueron sus últimas palabras, dirigidas a la bruja y finalmente Enzo, antes de salir de la habitación con aires de superioridad.
Kallias y su ex amante se vieron inclinados a seguirlo, pero la bruja volvió a abrir la boca.
—Necesito que me ayuden a dormirla para comenzar con la operación—dijo ella con simpleza y brusquedad, como si de hacer una torta hablara.
Los dos hombres asintieron y se aproximaron a Daphne con pasos veloces, su ex amante de cabello castaño, evitando hacer contacto visual con ella.
Solo cuando ambos colocaron sus manos a ambos lados de sus brazos, ella cayó en la cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No.!—comenzó a gritar la hermosa mujer de refulgente mirada nocturna con desesperación, mientras luchaba por zafarse de su agarre.
Pero su fuerza era inferior a la de ellos, aquello era imposible de lograr.
—Niña, agradece que utilizaré anestesia… muchas no corren esa suerte—dijo la bruja a modo de consuelo, mientras se aproximaba a ella, aguja en mano, y la introducía entre las vértebras de su columna.
El dolor fue brutal, casi gritó, sin embargo su garganta se cerró ahogando el sonido.
Solo las lágrimas deslizándose por sus mejillas fueron la evidencia del dolor que aquello acababa de generar.
Lo último que sus ojos color noche vieron, fueron los rostros de Enzo y Kallias mientras la arrastraban a lo que parecía ser una especie de mesa.
Unos instantes después, se fueron, dejándola a solas con la bruja enfermera, quien se convertiría en su propia carnicera.
Pero por algún milagro divino, la oscuridad la reclamó, envolviendola entre sus tibios brazos acogedores.