Pov Paula.
¡Es enorme! Creo que tuve pesadillas toda la noche con lo que ví entre las piernas de mi esposo, y ahora estoy más segura que nunca: ¡No voy a estar con él! El tamaño de esa cosa no puede ser normal, definitivamente no puede existir en la anatomía humana, y me rehuso, me rehuso a qué esa cosa gigante entre por mi pequeño canal.
Me levanto de mala gana de la cama, y tomo una ducha rápido para vestirme como siempre; con mi ropa desteñida, ya que me gusta verme así y él no puede cambiarlo, aunque quisiera, aunque le moleste no puede hacerlo, porque esta soy yo, y si se quiere enamorar de mi tiene que hacerlo por mi corazón, no por mi aspecto físico.
Toda la mañana me la pasé encerrada, de hecho no quise probar el almuerzo después de lo que pasó en la mañana, así que aproveché para dormir de nuevo.
Estoy terminando de arreglarme cuando escucho la puerta de mi habitación sonar. Por suerte anoche mi querido esposo no vino a molestar, y lo agradezco, porque NO PUEDO TENER ESA COSA CERCA DE MÍ.
Aliso mi ropa, y termino por abrir la puerta, encontrándome a Terzo ahí. Lleva el cabello suelto que cae a sus hombros, una camisa que muestra sus tatuajes y sus músculos exagerados, y pienso: «¿será que él lo tiene igual?», me persigno mentalmente por estar pensando sandeces, pero no es mi culpa, ya que lo que ví anoche me dio pesadillas nocturnas.
—El patrón le permitió hablar con su hermana, siempre y cuando usted cumpla con la fiesta —Me habla.
Asiento con la cabeza emocionada y camino detrás de él mientras miro mis manos. Tengo las uñas largas por genética, ya que ví las de Sofía igual, sin embargo, no me gusta llevarlas pintadas, ni llevar ningún tipo de maquillaje porque fue lo que me inculcaron, por esa razón tener que hacerlo por complacer a otros no me agrada.
—Solo serán diez minutos, voy a esperar aquí en la puerta —Me dice mostrándome la laptop negra que esta en el escritorio del despacho.
La enciendo y hablo con mi hermana sin dejar de sentir la vista de tarzán sobre mí: está pensando qué diré algo que los comprometa, pero no lo haré; sé los problemas que enfrenta mi hermana y no quiero ser una carga para ella. Cuelgo apenas término y siento un vacío enorme porque según lo que me dijo Luciano no los podré verla hasta que le dé un heredero, y después de lo que ví anoche eso lo veo más lejos que nunca.
Muerdo la uña de mi dedo, y aprovecho el descuido de Terzo, para buscar en internet el tamaño promedio de un pene, ya que me asusta que si estoy con él me mande directo al hospital.
Tecleo en la laptop y me quedo absorta al ver que el tamaño promedio en erección es de quince a veinte centímetros. Llevo la mano a mi boca al darme cuenta que el de mi esposo mide como treinta, sino más.
«Dios mío, es un fenómeno»
Siento un carraspeo a mi espalda, y bajo de golpe la tapa de la laptop al ver a Terzo detrás de mí espiandome.
—Yo… no es lo que crees, yo solo. —Intento hablar pero las palabras simplemente no salen de mi boca.
—No le diré a nadie, señora Paula —me dice con una mueca en sus labios.
Intento explicarle pero simplemente camina por delante de mí tomando la laptop y dejándome atrás.
«Solo era una investigación»
Paso la saliva que se ha atorado en mi garganta y camino detrás de Terzo que lo veo negar con la cabeza, solo espero que no le diga nada a Luciano.
—Ya habló con su hermana, señor —avisa Terzo.
—Bien, ahora que hablaste con tu hermana, y cumplí con la parte de mi trato espero que cumplas con la tuya —Me dice señalando el asiento donde voy a almorzar la comida que no tomé por malcriada.
Me siento ignorado sus palabras, y comienzo a comer mi almuerzo en silencio. Lo veo apretar los puños, molesto y también fruncir las cejas: lo exaspero lo sé, pero no me importa, él me exasperó anoche con… ni voy a recordarlo.
—¿Vas a cumplir con tu trato, Paula de Morgan? —Me pregunta achicando los ojos.
Respiro profundamente antes de contestar y lo que logro es que su loción entre por mis fosas nasales parándome los vellos de la nuca. Jamás en mi vida había sentido que mi cuerpo se erizara de esta manera antes.
—No tengo otra opción, además, soy Paula Miller, no Morgan, porque nuestro matrimonio no es válido hasta que lo consumamos —le digo sincera.
Afloja sus puños y lleva el dedo índice a mi barbilla para subir mi rostro. Mis ojos verdes se encuentran con los de él, y termino tragando doble antes de asimilar el gris de su iris.
—Eres de Morgan, y cuando te decidas lo consumamos —se levanta y acomoda su ropa—. Te voy a esperar en la camioneta, vamos a salir —Me avisa.
Le saco la lengua por detrás en un gesto infantil, y termino de comer para ir a buscar mi bolsa, que también es algo… oscura.
Salir de la mansión es lo mejor que me ha pasado en los últimos días, porque ya no me apetece vivir encerrada, me gustaría viajar y conocer personas nuevas, me gustaría sentirme una persona normal, poder tomar un té con mi hermana, y salir al cine con mis sobrinos, es que: ya no quiero ser una prisionera, pero por lo que veo salí de una cárcel para meterme en otra.
Los hombres de Luciano me conducen hasta la salida, y yo entro al auto que me abren, un auto enorme que parece una pequeña fortaleza, porque está blindado.
—¿A dónde vamos? —le pregunto curiosa.
—Vamos a un salón de belleza, necesito que estés lista para el fin de semana —Me explica.
Lo miro con ganas de querer asesinarlo, pero lamentablemente es pecado.
—Te dije que no quiero cambiar mi aspecto —Le digo molesta.
—Solo será depilación, un manicure sencillo, y ropa nueva, ¡No necesariamente debes vestir diferente! —Me explica.
Ruedo los ojos. Jamás en mi vida me he depilado, y eso es algo que causa nervios en mí, ¿será que duele?
—No me quiero depilar —Me cruzo de brazos.
Luciano respira como si estuviera pidiéndole fuerzas al universo.
—No te estoy preguntando, así que obedece y no me hagas estos berrinches, no eres una niña, pero a veces te comportas como una cría insoportable, además, necesitas esa depilación creeme.
El rostro se me tiñe de rojo por la vergüenza, «él me vio desnuda y era algo que había olvidado por completo».
Llegamos a un centro comercial después de veinte minutos dónde no dejé de ver por la ventana. Chicago es hermoso, fresco y con edificios grandes y exuberante vegetación y lagos hermosos. Me encanta, las pocas veces que salí del convento fue a los alrededores de este, por esa razón todo me impresiona.
El Hades que tengo como esposo, me tiende su mano para que la tome. Lo pienso por varios segundos y la tomo con cuidado, logrando sentir un cosquilleo extraño en ella.
¿Este hombre tiene descargas electrónicas?
Camino a su lado sintiéndome como un pequeño ratón que camina al lado de un depredador, ya que es mucho más alto y corpulento que yo, además que mi vestimenta, y la de él no combinan en nada, y menos al verse como lo hace; con anillos en sus dedos que parecen oro blanco, con los tatuajes que se asoman en su cuello, y con los ojos grises de un felino que espera paciente comerte.
—Dime pues —Me dice apretando fuerte de mi mano.
—¿Ah? ¿Me decías algo? —le pregunto dándome cuenta que no lo estaba escuchando.
—Te pregunté si en el convento no te dejaban salir —Niego con la cabeza.
—Yo tenía que estar encerrada —Me sincero recordando las palabras de la abuela, dónde me explicaba que mi propio padre y mi madrastra eran peligrosos para mí.
—¿Por qué? —Frunce las cejas.
—No lo sé —Miento restándole importancia.
Intento soltarme de su agarre ya que parezco su hija en vez de esposa, pero el hombre en cuestión aprieta más fuerte de esta, llevándome al último piso del edificio. Las miradas de todos por donde pasamos están en nosotros, y ¿cómo no? Si como dije antes debemos vernos extraños.
Llegamos a un lugar amplio, con sofás de cuero n***o, y con un aire refrescante, y puedo leer la palabra "SPA estetico" en ella.
—Luciano querido, llegaste, te estaba esperando —Dice una chica rubia, con ropa ajustada y muy bonita que besa a Luciano en la mejilla.
Él no se mueve, ni siquiera le responde al beso que más bien parece una ofensa para él que otra cosa.
—¿Dónde está tu esposa? —pregunta la chica buscando a alguien detrás de nosotros.
Enseguida siento un nudo en mi garganta, porque así como ella me ve muy poca cosa para ser la esposa de él, seguramente él se ha dado cuenta.
—Ella es Paula de Morgan —me sube la mano que enseguida la chica toma con la mandíbula colgada.
—Lo siento Luciano querido, pensé que…
—A mí no me interesa lo que pensabas tú, hazme el favor y haz tu trabajo, que mi tiempo es valioso para perderlo contigo —Aclara tomando su teléfono para hablar.
Me apena el rostro de la chica que enseguida se pone pálida por las palabras déspotas del animal que tengo como marido.
—Depilación, manicure y pedicure, y tratamiento de alisado para su cabello, cortarlo, pero no cambies su color —me mira y por segundos bajo la mirada—. Me agrada el color de su cabello.
Se voltea, y me deja en manos de la chica que parece gustarle el largo de mi greñas. No refuto a la hora de cortarlo, ya que realmente está bastante maltratado por usar el velo todo el día.
La chica indica manicure sencillo, dónde limpian mis uñas y aplican una pintura neutra en el, luego me cortan el cabello hasta los hombros y me hacen un tratamiento de alisado que lo deja más suave y sedoso, pero luego llega la depilación.
Trago grueso cuando siento la cera caliente en mi piernas, y luego como arrancan y…
—¡Ah! ¡Luciano hijo del diablo!
Después que salí del SPA, Luciano me mira extraño por la forma un poco abiertas como camino, y es que… me arde el trasero, además, de que mi cabello corto es algo a lo que no me acostumbro.
—Te ves bien —Me dice y me provoca golpear sus bolas.
Caminamos hasta una tienda, dónde él me deja tomar las prendas que me gusten, así que decido tomar unas bragas un poco menos tapadas. Tomo una tipo cacheteros y …
—¿Y estás no te gustan? —pregunta Luciano mostrándome una bragas diminuta de encaje, que parece que si las uso me violaran el ano.
Niego enseguida con las mejillas rojas y Luciano pega una carcajada que me da escalofríos.
—Bien, compra lo que quieras, solo por favor usa colores vivos, rosa, rojo, blanco, eres como angel, debes brillar, el demonio aquí soy yo —Me aclara.
La palabra "ángel" queda en mi mente el resto de la tarde, ¿Cree que soy un ángel?
«Paula deja de pensar bondas, solo fue una expresión de su parte»
…
Me miro en el espejo y no voy a negar que me siento un poco mejor, aunque mis vestidos siguen llegando a mis tobillos, no son tan anchos, y mucho menos negros y desteñidos, y definitivamente mis bragas son normales, ni de abuela ni vulgares.
—¿Estás lista? —pregunta Gabriella en ese acento italiano que tanto me agrada.
—Sí, ¿me veo bien? —le pregunto detallando su atuendo.
Lleva un vestido de corset, con corte más arriba de sus rodillas y unas sandalias bastante altas que estoy segura que no podría usar nunca en mi vida.
—Eres hermosa, aunque vistas… —piensa por varios segundos—. Recatada eres muy bonita Paula, tu aura me recuerda al de mi madre —le veo tragar doble.
Ahora que lo pienso no conozco a los padres de Luciano, ¿y si son como él? Gabriella y Mattia son cálidos, divertidos y hasta diría que les agrado, pero Luciano es un témpano de hielo, que da miedo verlo a los ojos, y muchos más sentir su aura cargada de demonios.
—Me encantaría conocerla —le digo echándome el perfume que me compró Luciano.
—Están muertos, vamos, baja que te están esperando —aprieto mis labios por mi imprudencia.
Bajo con mi cuñada que desde que hablamos de sus padres su cara cambió por completo a una de pánico, y la entiendo, cuando no conoces, o no tienes a tus padres te sientes desprotegida en el mundo, como yo, que veía a mi abuela una vez al mes y siempre me sentía sola, sino fuera por mis libros, y las amigas que hice en el convento seguramente me hubiera vuelto loca.
Apenas llego a la planta baja, aprieto mis nalgas al ver las personas reunidas ahí, desde hombres de trajes, con mujeres exuberantes al lado, como también hombres llenos de tatuajes que parecen asesinos en serie.
«Dios me proteja»
—Que bueno que bajaste, ven —Me dice Luciano apenas me ve.
Aprieto las piernas al verlo con camisa de manga media blanca, que tiene abierta mostrando sus enorme pecho, unos vaqueros ajustados, y su cabello peinado hacía atrás luciendo más intimidante que de costumbre.
—Te ves, bien —me dice en el oído mientras entrelaza su dedos con los míos.
Una cosquillas atraviesa mi estómago como si estuvieran un montón de abejas dentro, pero lo ignoro pensando que se trata del hambre que tengo.
—Ella es mi esposa, Paula de Morgan —les dice a los hombres que están sentados en el sofá de la sala.
Hay diez hombres en total, pero solo uno de ellos llama mi atención, dicho hombre que se pone de pie, y se acerca a mí sonriendo con burla, para decir:
—No me jodas, está mujer no puede ser tu esposa —Aclara el hombre.
Veo como Terzo saca el arma de su cintura, y como Caeli que está sentada en el sofá, luciendo un diminuto vestido que deja ver sus esbeltas piernas, se burla, pero lo que realmente me deja sorprendida en el apretón que toma Luciano de mis caderas, al mismo tiempo que choca sus labios con los míos robándome mi primer beso.