Pov Luciano.
—¡Una monja Luciano Morgan! ¿Esa es la esposa que has elegido para que tenga tu heredero? ¿Qué dice el consejo de esto? ¡Una mujer sin carácter no es capaz de liderar a tu lado! —Bufo para no reírme en su cara.
Ben es mi consejero, además de que es mi mejor amigo, pero simplemente pareciera que no sabe cómo son las mujeres impredecibles. Parecen ángeles sacados del mismísimo cielo, pero solo basta conocerlas para darte cuenta que vienen del mismo hueco oscuro que tú.
«Son del diablo, las mujeres son del diablo»
Llevo el vaso de whisky a mi labios y bebo un trago para lanzar el cuchillo que cae exactamente en el punto rojo.
«Maravilloso»
Estoy seguro que esta misma puntería que tengo con los juegos que me entretienen, la tendré para embarazar a mi "santa esposa" cuando la tenga entre mis brazos.
—Esa mujer es todo menos sin carácter, en el tiempo que tiene conmigo se atrevió a golpearme, lanzarme agua, contestarme e insultarme Ben, tiene más carácter que todos los matones del clan —Aclaro—. Dime, ¿quién se atreve a insultarme a mí sin que lo mate? —le pregunto con el ceño fruncido.
Ben mueve su cabeza con una sonrisa macabra en su rostro. Sabe que digo la verdad, nadie existe para contar una falta de respeto hacia el líder de la mafia italiana, pero ella: Paula Miller parece que tiene más suerte de la que creemos.
—Es tu esposa, no puedes asesinarla, y ¿ya le contaste la verdad? —me pregunta y niego con la cabeza.
Si le cuento la verdad seguramente me mata mientras duermo, y luego le pide perdón a su Dios como si nada.
«Hipócrita»
Pero me gusta, tiene un carácter que prende todos mis sentidos, un carácter que me provoca malos pensamientos, porque…me encantaría domar a esa yegua y demostrarle quien es Lucifer. Cuando ví a Sofía en la fiesta de mi querido primo Alejandro, pensé que sería la esposa perfecta para llevar a mi hijo, era una mujer fértil, muy fértil, ya que la castaña tenía dos hijos, además de un parto gemelar, y eso demostraba que con solo probar un poco de mí podía embarazarse. Alejandro desapareció y vi la oportunidad de tenerla a como diera lugar, pero jamás imaginé que me la cambiaría en mi cara por su virginal y dulce hermanita monja.
—¿Y ya consumaron el matrimonio? —pregunta Ben jugando con la navaja en sus manos.
Frunzo el ceño molesto porque jamás ninguna mujer me había puesto condiciones para acostarse conmigo, y mucho menos una mujer que es mía porque es mi esposa.
—No —Tomo de golpe el vaso de whisky.
Ben se me burla en la cara y las ganas de querer enterrarle el cuchillo que tengo en la mano me encienden.
—No te burles, nunca ha estado con un hombre, maldito. Además, estoy seguro que ni siquiera ha besado a uno. ¿Te dije que usa calzones parecidos a los que usa Anna? —Ben abre la boca lleno de sorpresa.
—¿Por qué no la dejas libre lucifer? Busca otra mujer que te dé el heredero además no será por mucho porque…
—¡Cállate! No digas absolutamente nada, ya sabes que de esto depende mi liderazgo en la pirámide, de lo contrario quedaría para los perros, ¿y no quieres eso, cierto? —le pregunto guiñandole un ojo.
Ben traga grueso porque sabe que necesita que me mantenga como líder, de eso dependen muchas vidas y entre ellas la de él.
—¿Y qué vas a hacer entonces? —me pregunta tomando de su copa de coñac.
Saboreo el whisky en mi mano sin saber qué hacer. La pequeña niña tonta quiere que me enamore de ella antes de entregarse a mí, el problema es que yo ya estoy enamorado de alguien más, y no se puede amar a dos personas a la vez, ¿o si?
—Dejala ir Luciano, es solo una joven inexperta —Me dice de nuevo Ben.
—No, no la quiero dejar, quiero que sea mía —digo poniéndome de pie y mirando mis ojos grises que se reflejan en la ventana de mi despacho.
—Entonces nos toca presentarla de una a los miembros, sabes que no es necesario involucrarla con nosotros, pero si es necesario que el grupo la vea, haz una fiesta de presentación —Asiento con la cabeza.
De hecho era algo que ya había pensado antes. Presentarla me hace ganar tiempo con los miembros, porque pensaran que es cuestión de tiempo para anunciar al heredero, solo espero que Paula Miller sea una mujer fértil para traer a mi hijo a este mundo.
Me levanto acomodando el Rolex en mi mano izquierda y peino mi cabello con la manos.
—Vamos a beber algo, estar en Chicago me tiene estresado a cada nada —le digo saliendo con él de la mansión.
Gracias a mis negocios me tocó viajar a Estados Unidos, pero con la boda el viaje se alargó y ahora me toca quedarme hasta que Paula me de la noticia que está embarazada. Noticia que la veo más lejos cada día, porque dicha mujercita se hace la digna y no quiere estar conmigo. No voy a tomarla a la fuerza, aunque podría hacerlo, en la organización la mujer debe estar con el esposo cuando él quiera, y en la biblia también.
«Le faltó leer esa parte»
Pero si hay algo que detesto en esta vida son dos cosas; implementar la fuerza en una mujer para tomarla y la p*******a. No soy un santo, estoy lejos de serlo, de hecho soy el ser más despiadado, ya que muchos me conocen como lucifer, otros por Hades, y otros cuantos me llaman el demonio, la razón: mi manera de lograr las cosas, mi manera por hacerme notar tanto en los negocios legales como los ilícitos.
Salgo con Terzo a mi espalda como siempre cubriendome. Ese es otro que no tiene nada de misericordia, ¿y para que? Nadie tuvo misericordia con él cuando era un niño y yo lo rescaté del mundo de porquería donde lo tenían. Es de mi tamaño, pero con músculos más definidos, cabello cobrizo que cuelga en una coleta, y unos ojos claros que estremecen a cualquier pobre mortal; es mi mano derecha, y sobre todo mi amigo. Daría la vida por mi, es tan rápido y audaz que no me han puesto un dedo encima cuando él los aniquila en cuestión de segundos.
«Fascinante»
—Ben, invita a todos para el fin de semana presentar a Paula, que sea una fiesta privada, ella no está acostumbrada a nada de esto y no quiero asustarla —le aclaro.
Ben asiente con la cabeza y comienza a enviar WhatsApps con su móvil.
Apenas salgo de la mansión, subimos a una camioneta con vidrios ahumados y conducimos hasta el centro de la ciudad. Lo bueno de estar en un territorio donde nadie te conoce es poder desplazarse con tranquilidad.
Ben sigue en el teléfono, y Terzo conduce a algún lugar donde podamos divertirnos como se debe, aunque yo prefiero jugar a la ruleta rusa, o algún juego macabro que ponga a temblar a los expectantes. Aunque, ¡el revólver no tenga balas! Sonrío al recordar el como se puso Paula, hasta se desmayó cuando pensó que iba a morir en sus ojos. Sus ojos verdes se me vienen a la mente y con ello una erección en mi entrepierna.
«¿Qué le veo?» Es demasiado insípida, sin maquillaje, ropa desteñida y rostro pálido. Aunque no voy a negar que es bastante atractiva sin ropa, tiene unos pechos grandes y duros; «Los toque un poco», buenas curvas, y hermoso trasero, lo único malo es que es tan pálida como un pastelito crudo, ya que la mujer en cuestión por los que sé vivió toda su vida encerrada en un convento.
Llegamos a un club en el centro de Chicago y los tres bajamos del auto. Terzo se encarga de sobornar a los dueños para que nos dejen en una zona exclusiva y apartada de todo, y Ben sigue haciendo su trabajo en el teléfono.
Apenas entramos podemos ver las miradas encima de nosotros; es que no todos los días se ve a un ruso, un italiano y un irlandeses juntos. Además que Terzo con su cara de asesino en serie no ayuda mucho a la discreción.
—Pedí una mesa de billar, quiero patearte el culo, lucifer —Me dice Terzo con una sonrisa y yo niego con la cabeza.
—¿Acaso lucifer te presto el infierno? —Le pregunto viendo la mesa lista para nosotros.
Cada uno agarra su taco, y Ben se quita el chaleco para comenzar. No me inmuto, lo dejo que golpee las bolas, y por suerte no mete ninguna.
Carraspeo con burla para luego dirigir la mirada a la mujer que entra con los tragos que nos trae. Lleva puesto falda corta y camisa de tiras que la hace lucir vulgar. Terzo toma la copa y la prueba antes de dármela, y yo comienzo a ingerirla.
«Aunque estamos en un lugar seguro y como dije antes nadie me conoce no puedo confiarme, hay muchos que quieren mi cabeza, y no me voy a arriesgar»
El acto de Terzo para conmigo llama la atención de la chica que enseguida se da cuenta que yo soy el jefe, y por esa razón se acerca a mí coqueta y me intenta tomar por el pecho descubierto que dejó la camisa de botones que está algo abierta. La tomo por la muñeca y aprieto de ella logrando que la mujer se encorve.
«No puedo estar con ninguna mujer que no sea mi esposa. Necesito tener tantas ganas cuando la posea que de una vez la embarace»
—No me toques, ¿no quieres que Terzo te arranque los dedos? —Sus ojos me miran con pánico.
Las mujeres no se tocan ni con el pétalo de un rosa, pero en este mundo hay que infundir miedo aunque no sea capaz de hacerle daño realmente. La chica se va asustada y yo me tomo el whisky para continuar jugando.
Tomo mi taco y trato de apuntar a la bola amarilla, pero no logro meter está sino dos de otros colores.
—¡Joder! —grito emocionada.
Terzo hace lo mismo que yo y toma el taco atinando a dos bolas igual. Ben sigue en el turno y no mete ninguna.
«Es una porqueria jugando cualquier juego»
—Por lo menos tengo el palo en la mano —Se burla y Terzo pega una carcajada que me contagia.
Para las nueve de la noche, ya estamos ebrios y por esa razón terminamos saliendo del lugar tomados por los hombros. El dueño del lugar insiste en pedirnos un taxi, pero Terzo le dice algo en el oído que termina por hacerlo desistir.
Terminamos de subir a nuestro auto y comenzamos a conducir a la fortaleza de Ben, dónde lo espera su esposa afuera. Lo dejamos ahí viendo cómo la pequeña mujer de nacionalidad venezolana empieza a insultarlo.
«Y eso que es un mafioso»
Miro a Terzo que niega con la cabeza, y ambos subimos a la camioneta.
—¿Ya sacaron a la loca del cuarto? —pregunto.
—Sí, para la hora de la cena Anna la sacó.
Asiento con la cabeza. Paula es demasiado exasperante, y aunque crea que me voy a enamorar de ella la verdad es que no lo creo así.
Apenas llegamos a la mansión, los hombres que rodean el lugar nos abren el portón. Entramos cautelosos notando que todos están dormidos temprano, por eso camino hasta mi habitación un poco mareado hasta que…
—¡¡Ah!! —pego un grito al ver a una cara verde con dos pepinos en los ojos sentada en el sofá de la sala.
No me asusta la muerte, no me asusta jugar a la ruleta rusa, pero definitivamente sí me asusta Paula que se disfrazó de Fiona.
—¿Qué te pasa? ¡Me quieres matar de un susto! —le digo tratando de seguir de largo.
Lleva puesto una bata blanca que llega casi a sus tobillos. El cabello suelto que cae más abajo de sus nalgas y la cara toda verde «Parece un fantasma».
—Te estaba esperando, ¿por qué llegas tan tarde? ¿Estabas tomando? —Se cruza de brazos.
Le paso por el lado sin tomarle importancia, porque me molesta que para algunas cosas se la tire de "esposa abnegada" y para otras no me responda como se debe.
Entro a mi habitación, y por esta noche prefiero dejarla dormir tranquila. No me ducho, me acuesto y saco el arma de mi cintura que guardo en una de las gavetas para quedarme dormido.
Apenas me duermo mi mente viaja al pasado, veo sangre, escucho gritos y un niño corriendo por las habitaciones de su casa asustado.
Me siento en la cama asustado por la pesadilla que acabo de tener. Siempre es lo mismo. Me restriego la cara con las manos, para luego levantarme a tomar una ducha.
No obstante salgo del baño desnudo, y decido bajar al minibar por una copa de whisky. No sé qué hora es, pero no me importa ya que nunca duermo como se debe.
Camino entre los pasillos desnudo porque en esta casa estamos acostumbrados a hacer esto; es como una tradición, dicha tradición que se dejó de lado cuando llegó la monja a casa, pero como esta dormida me siento en la libertad de andar como Dios me trajo al mundo por la mansión.
Tomo una copa y me sirvo whisky para luego sentarme en el comedor con la mirada perdida. Los recuerdos del pasado siguen constante en mi cabeza, y por más que intento sacarlos a cómo dé lugar es como si sencillamente tengo que vivir con ellos.
Llevo la copa a mis labios en el preciso instante que escucho pasos cautelosos en la cocina. Me levanto con cuidado y camino hasta ahí para ver de quién se trata, cuando… Veo a Paula Miller tomando del pico de la leche como si estuviera hambrienta.
Carraspeo detrás de ella para que note mi presencia, y apenas me ve me detalla de arriba abajo y…
«Maldición, olvidé que estaba desnudo»
Sus ojos se agrandan y puedo ver el temblor de su mano. Intento cubrirme mi partes, pero es demasiado tarde, ¡Lo vío!
—Lo siento, te juro que no fue mi intención que lo vieras así de esta manera —Intento acercarme pero lo que logro es que la pequeña monja escupa la leche que tenía en la garganta en mi cara.
No sé si reirme, ahorcarla o follarla como tanto quiero. Preferiría la última, pero si con solo verlo está tan pálida no quiero imaginarme si lo siente.
—¡Asqueroso, cochino, puerco! —Sale casi que corriendo de la cocina.
Me encojo de hombros, y tomo una toalla para limpiar mi cara.
«No la soporto»
Asimismo me voy a mi habitación para intentar dormir, pero termino soñando con que la hago mía en la cocina, y que la leche que derramó en mi cara, se la hecho pero a ella en sus pezones. Cuando abro los ojos, ya ha amanecido, y tengo una erección más grande que la torre Eiffel.
«Monja tonta»
Me ducho con agua fría y me visto ejecutivo para ir a la nueva empresa de licores que abrí en esta parte de la ciudad, es un camuflaje a mis negocios ilícitos, pero es necesario tenerla activa.
Cuando llego a la mesa, ya Mattia y Gabriella están ahí, junto con Paula que no deja de mirarse las manos nerviosa.
Me siento buscando a Caeli con la mirada, pero presumo que se fué molesta por lo que ha pasado en los últimos días.
«La tengo que llamarla»
Enseguida Anna sirve la mesa. Paula comienza a desayunar lo mismo de la vez pasada: pan, mermelada, y capuchino. No le digo nada porque necesita grasa para que deje de verse tan pálida.
—Necesito hablar con mi hermana —dice de pronto.
Pico la tortilla y la llevo a mi boca para masticar sin dejar de verla.
—Ya sabes lo que te dije —respondo sin más.
—Solo necesito saber cómo esta, cómo está mi cuñado, mi abuela. Luciano no puedes prohibirme hablar con ellos —Me exaspera.
Aún no entiende lo que significa ser mi esposa. Ser la mujer de Luciano Morgan es que tú vida y la de los tuyos corran peligro; por esa razón no puedo permitirle hablar con ellos, sería involucrarlos.
—No puedes hablar con ellos, ya te dije. Más bien preocúpate en cambiar tu estilo. Hay una fiesta donde te voy a presentar a mis socios y te necesito… —pienso por varios segundos para no dañar su autoestima—. Diferente.
La veo soltar los cubiertos molesta, y ruedo los ojos sabiendo lo que se avecina.
«Modo loca activado»
—Uno, no voy a cambiar mi atuendo para darte gusto a tí, dos, no voy a estar en esa dichosa fiesta sin que me dejes hablar con mi hermana —La veo irse.
Aprieto el puño por encima de la mesa.
—Menuda piccola —exclama Mattia.
—Terzo, déjala que hable con la hermana, pero solo unos minutos, ok —le ordeno a mi guardaespaldas.
«¿Que voy a hacer con esta cría?»