Vacío en Londres

2004 Words
Pero me fui. Tenía que hacerlo. La responsabilidad, ese peso invisible que llevaba sobre mis hombros desde que la fortuna familiar recayó en mí, era un ancla ineludible. Hubiera sido el colmo que, por dejarme guiar por mi hombría —o por este amor que me consumía como un incendio forestal—, descuidara el legado que mis antepasados habían construido. Como estaba predicho, a la medianoche llegó mi jet privado, un punto plateado que aterrizó silencioso bajo la luz de la luna. Samira no se despegó de mí. Caminó a mi lado hasta la pista de aterrizaje, sus pasos ligeros sobre el asfalto frío, y luego se detuvo al pie de la escalerilla del avión, como si su sola presencia pudiera detener el tiempo, retrasar el inevitable despegue. Cuando estábamos ahí, en ese umbral entre dos mundos, sacó su teléfono y, sin decir una palabra, marcó mi número. Sentí la vibración familiar en el bolsillo de mi pantalón. Lo saqué y vi su nombre en la pantalla, iluminado en la oscuridad. Clavé mis ojos en los suyos, esa mirada verde que era un abismo. —¿Esto qué significa? —pregunté, con una sonrisa torcida, el corazón latiéndome con una expectativa inmensa. Ella sonrió, una sonrisa que encendió la noche. Rodeó mi cuello con sus brazos, sus dedos frescos en mi nuca, y besó mis labios con esa intensidad que siempre me dejaba sin aire, que me robaba el aliento y la razón. Luego, acomodó su cabeza en mi pecho, y murmuró, su voz suave contra mi camisa: —Es para que no se te olvide que llevas mi número… para que me escribas, aunque sea un mensaje. Para que sepas que me tienes cerca, incluso cuando estés lejos. Jalé suavemente su cabello, obligándola a mirarme, su rostro enmarcado por la oscuridad. Fui yo quien robó el siguiente beso, profundo, desesperado. —Te escribiré. Te llamaré. Cada hora, si hace falta —prometí, mi voz ronca—. Quédate en la casona el tiempo que quieras. Me sentiría hasta más tranquilo si lo haces. Sé que estarás segura. Samira arqueó una ceja, ese gesto suyo que me desarmaba por completo y que revelaba esa picardía tan suya. Con una media sonrisa en sus labios perfectos, susurró: —No soy un pájaro, Grayson… y tu mansión no es una jaula. Dormiré en ella cuando te extrañe. Si es que llego a extrañarte. —Su mirada se volvió un reto. —Este viaje me mostrará qué tanto vales, señor Johnson. Si eres más que un par de besos robados. No supe qué responder. Sus palabras eran un filo. Solo la besé de nuevo, con toda la fuerza que pude reunir, intentando olvidar esa negatividad disfrazada de libertad, esa forma tan suya de decirme que no la atara, que no intentara poseerla. No era presa. Era cazadora. Y yo, al parecer, su presa voluntaria. Abordé el avión con su perfume aún en mi piel, el aroma a lavanda y jazmín un recuerdo persistente. Durante el trayecto, la pensé en cada segundo, cada vibración del avión una reminiscencia de su cercanía. Cuando llegué a mi apartamento en Londres —ese piso de lujo en Mayfair que siempre había desbordado elegancia fría, diseñado con una precisión que antes me complacía— lo sentí miserable, vacío, como una tumba de mármol. Tal vez porque no estaba ella, caminando con su cabello enmarañado por el pasillo, dejando un rastro de vida. Tal vez porque no estaban sus lentes colgando de la nariz, ni su lápiz mordido entre los labios mientras hablaba con pasión de tapicería y antigüedades. No había ni un solo eco de su risa. Me serví un whisky, el oro líquido bailando en el vaso de cristal. Y sin soportar más la opresión en mi pecho, le hice una videollamada. Contestó enseguida, su rostro apareció en la pantalla, con esa sonrisa y esos ojos verdes que me desarmaban sin esfuerzo, incluso a través de kilómetros de distancia. —¿Qué tal el viaje, Grayson? ¿Ya comiste? —preguntó, con esa ligereza que parecía esconderlo todo, una cualidad en ella que siempre me frustraba. —Sí… —mentí, aunque mi estómago estaba vacío y el whisky era lo único que había probado. En realidad, no había probado bocado. La extrañaba demasiado, cada fibra de mi ser dolía con su ausencia. Me sentí como un chiquillo de 17 años, alejado de su primer amor, de esa chica a la que quieres ver las 24 horas aunque sepas que es imposible, que es una fantasía. Solo que Samira no era imposible ni prohibida. Era libre. Y estaba ahí, en mis manos… aunque aún no me perteneciera del todo. Porque lo que más deseaba no era su cuerpo, que ya había probado con hambre de condenado, con una avidez que me sorprendía. Lo que necesitaba con desesperación era tocar ese órgano palpitante que guardaba en su pecho, ese corazón esquivo. Que alguna vez, entre mis brazos, me dijera que me amaba. Que su corazón era solo mío. Que jamás volvería a ser profanado por otras manos, por otros amores. Conversamos un rato. La escuché reír, una risa cristalina que resonó en mi silencioso apartamento, llenando el vacío por unos instantes. —¿Estás sonriendo de verdad o es el efecto de la videollamada? —me preguntó, su voz teñida de picardía. —Créeme, Samira, es lo más cerca que he estado de sonreír desde que el avión despegó —respondí, mi mirada fija en la pantalla, intentando no perderme ningún detalle de su rostro. La vi cómo se acomodaba un mechón travieso tras la oreja con ese gesto que ya conocía tan bien. Su sonrisa se amplió, y supe que esa imagen me iba a perseguir hasta la madrugada, que dormir sería una batalla. —Pues sigue sonriendo, Grayson. Y no trabajes tanto, ¿eh? Come algo decente. Cuando colgamos, quedé tirado en el sofá con el vaso en la mano, la mirada perdida en el techo de mi lujoso vacío. Tenía trabajo atrasado, pendientes de meses que me esperaban con urgencia. Pero nada me importaba más que volver rápido a los brazos de ese torbellino que me había dado, por primera vez en mucho tiempo, calor y calma, incluso en medio del caos. Porque, aunque suene ilógico, estos últimos días durmiendo con ella había dormido como un niño feliz… arrullado por su pecho, por la certeza de su presencia. Al día siguiente me levanté temprano, demasiado temprano para mi gusto. El amanecer gris de Londres se colaba por las ventanas. Me coloqué mi mejor traje, el de lana italiana hecho a medida, y salí a la empresa de bienes raíces Johnson. Apenas y desayuné, un café amargo, mi mente cargada de pensamientos y del peso del trabajo que me aguardaba. La sala de juntas olía a madera pulida, a whisky caro y a los perfumes potentes de ejecutivos que creían dominar el mundo. Yo estaba sentado en la cabecera de la mesa, la pantalla frente a mí mostrando gráficas complejas, números inmensos, balances que podrían mover medio continente, cambiar destinos. Todos me observaban, esperando mis decisiones, mis órdenes. Pero en mi cabeza no había cifras. Había unos dedos delgados bailando sobre las teclas de un piano. Samira. Siempre Samira. Un socio, un hombre corpulento de canas bien cuidadas, se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz grave resonando en la sala. —Grayson, ¿has revisado la propuesta para la adquisición de los astilleros en Escocia? La consideramos una pieza clave para la expansión marítima. Asentí, sin siquiera escucharlo realmente, mi mente a miles de kilómetros. Mis ojos, fijos en la nada, veían un rostro. Otro, más joven, deslizó una tableta por la mesa hacia mí. —Y sobre la venta de ese lote exclusivo en el Mediterráneo, el de las villas de lujo. Tenemos una oferta por encima del valor de mercado. Un inversionista sueco está muy interesado. Respondí con un - Estudiaremos la oferta. Sin siquiera mirar el informe que tenía delante. Sus voces eran un murmullo distante, un ruido de fondo que apenas registraba. Yo solo veía su sonrisa torciendo mi cordura, su cabello oscuro cayéndole en el rostro mientras inclinaba la cabeza sobre una página vieja, su voz cuando me decía que no era un pájaro para vivir en una jaula. Su libertad, su feroz independencia. Mi teléfono vibró en el bolsillo de mi saco y casi lo arranqué al sacarlo, mi corazón dando un brinco. Un mensaje. No de ella. Un informe urgente de la oficina de Singapur. Sentí una punzada de rabia, como si el maldito aparato se burlara de mí, como si supiera lo que mi corazón anhelaba. Quise escribirle yo, enviar un simple "hola", un "te extraño", pero el orgullo me detuvo. Me dije que debía concentrarme, que esto era importante. Que ella seguramente estaría en la casona, leyendo o trabajando, ajena a mi tormento. Que no había nada que temer. Mentira. Mi pecho ardía de celos invisibles, de una inquietud que me carcomía. Horas después, con el día ya declinando y el sol pintando el cielo de naranja y púrpura, me encontraba en la habitación del hotel, la corbata tirada sobre una silla y la chaqueta colgando del respaldo, mi cuerpo agotado, mi mente en un torbellino. Marqué su número. Contestó al segundo tono. —¿Aló? —su voz sonaba alegre, ligera, como si el mundo fuera un lugar perfecto. De fondo escuché risas. Voces femeninas. Música suave, el tintineo de copas. Mi mandíbula se tensó. —Samira… —mi voz salió más áspera de lo que pretendía, con un matiz de posesión que no pude contener—. ¿Dónde estás? —Con las chicas, en casa de Yajaira —dijo, su tono relajado—. Nunca paso más de dos días sin verlas. Una noche de chicas, ya sabes. —Ah —respondí, intentando sonar casual, aunque mi mandíbula estaba rígida, mis puños apretados. La pregunta se me escapó antes de poder frenarla—. ¿Y César? ¿Está ahí? Se hizo un silencio de dos segundos, eterno. Un silencio que se extendió, pesado y significativo. —No está —dijo, su voz de pronto firme, cortante, con un matiz de advertencia—. Ya te dije que no está. No supe si creerle. La duda me asaltó como un veneno. Conversamos unos minutos más, banalidades, palabras vacías para llenar el espacio. Ella me pidió que no trabajara tanto, que comiera bien. Reí, fingiendo normalidad, fingiendo que no me moría por dentro. Pero cuando colgamos, la soledad me mordió el pecho con una ferocidad inaudita. Me serví un whisky doble, el hielo chocando contra el cristal con un sonido seco y frío. Caminé hasta la ventana. Londres brillaba, desbordante de luces y vida, una metrópolis que respiraba. Y yo me sentía más muerto que nunca, más vacío que este vaso en mi mano. En la mesa de noche estaba el pañuelo que había dejado en la casona, ese que había usado para limpiar mis labios después de besarme en la pista. Lo llevé a mi rostro. Olía a ella. A Samira. A lavanda, a misterio, a promesa. Mi garganta se cerró, un nudo de frustración y anhelo. Entonces el celular volvió a vibrar. Un mensaje. Número desconocido. El texto parpadeó en la pantalla: “Cuídala bien… porque otros saben hacerlo mejor.” El vaso casi se me cae de las manos, el hielo tintineando como campanas de alarma. Mi primera reacción fue la rabia, una furia ciega que me hizo ver rojo. La segunda, un miedo frío que se instaló en mis entrañas, un terror atávico. Me senté en la cama con el corazón golpeando mis costillas como un tambor de guerra. No importaba cuántos contratos firmara. No importaba cuántos millones moviera. No importaba el legado familiar. Lo único que importaba era ella. Y si César era capaz de seguir respirando cerca suyo… tendría que arrancarlo de raíz. De la faz de la tierra. Costara lo que costara.
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