Me fui de la casita con el corazón hecho trizas. La rabia me quemaba todavía, pero más me quemaba la idea de haberla perdido. No sabía si lo que hice con el celular fue un acto de locura o de instinto, pero lo único cierto era que su mirada herida seguía clavada en mi pecho como un cuchillo. Llegué a la mansión. Caminé sin rumbo por el taller, entre autos que ya brillaban con pintura nueva, entre las motos que había pulido como si fueran trofeos de guerra. Todo estaba impecable. Todo menos yo. Solo faltaba terminar la casa rodante que había mandado a reparar para ella. El motor no llegaba, igual que mi paz. Encendí un cigarrillo. Siempre había una cajetilla esperándome en el taller, como si supiera que tarde o temprano iba a necesitar terminar de matarme con humo. Di unas caladas, mirand

