La cena: Un duelo de almas

1388 Words
Me quedé allí, solo, viendo cómo el mecánico desaparecía entre los árboles que bordeaban la nueva pista de carreras. Luego me giré y volví lentamente a la casona, la sonrisa apenas curvada en mis labios se hizo un poco más amplia. La vida en el campo empezaba a sentirse menos solitaria. Menos vacía. Y una mujer de trenza desordenada y manos restauradoras, una caja fuerte con corazón guardado, ya comenzaba a instalarse en los pensamientos que yo creía tener bajo control, reclamando un espacio permanente. El resto de la tarde, me encargué de que todo estuviera impecable. Ordené que prepararan la mesa del comedor principal, no demasiado ostentosa, pero sí íntima, cálida. Había velas encendidas que proyectaban sombras danzantes, un centro de flores frescas que perfumaban el aire y una botella de vino tinto respirando elegantemente en el decantador de cristal más fino. El aire olía a carne asada con hierbas aromáticas y a pan recién horneado. Todo estaba dispuesto… para ella. Para la mujer que, con un solo gesto —un tacón de aguja clavado en mi pecho—, me había marcado más que cualquier mujer en mi vida, una herida que ahora se sentía como un tatuaje. A las ocho en punto, la hora pactada, Samira Aldridge llegó. Llevaba un vestido amarillo pálido, tan etéreo que casi parecía una neblina dorada rozando su piel bronceada, como si el sol mismo se hubiera posado sobre ella. No era transparente del todo, pero dejaba lo suficiente a la imaginación, sugiriendo sin revelar. Una belleza salvaje y sutil, que jugaba con el límite exacto entre lo sensual y lo impune, entre la inocencia del color y la experiencia de su mirada. Su maquillaje era apenas un susurro, resaltando la intensidad de sus ojos verdes, pero la trenza… la trenza seguía allí, firme, desordenada, como un látigo indomable, ahora adornada con pequeñas florecillas amarillas que combinaban con el vestido, un toque de feminidad inesperado. La esperé en la entrada, recostado con una naturalidad estudiada junto al marco de la imponente puerta de madera. La vi subir por el sendero, una figura esbelta bajo la luz crepuscular. —Buenas noches, señorita. Es usted muy puntual —dije, mi voz profunda, con mi acento inglés inconfundible, y una media sonrisa que ocultaba el torbellino de emociones en mi pecho. —Sí, soy una chica de horarios —Samira me devolvió la sonrisa, afilada y elegante, sin que su pulso se alterara—. Dejé de cenar con personas muy importantes para venir esta noche aquí, señor Johnson. Espero que valga la pena. Alcé una ceja, intrigado por su insolencia. Le ofrecí el brazo, un gesto caballeroso y premeditado, y la conduje al majestuoso comedor. La cena comenzó con una formalidad tensa, casi teatral. Fuimos atendidos por la muchacha de la cocina, una joven discreta que iba y venía con los platos, dejando entre ellos pausas cómodas, pero cargadas de una expectativa silenciosa. Comimos en silencio por unos minutos, el tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido, hasta que decidí no esperar más. Había contenido suficiente. El juego debía subir de nivel. Apoyé el tenedor con delicadeza en el plato, tomé la copa de vino y la observé directamente, mis ojos azules como pozos, inescrutables. —Te haré una pregunta, Samira. Aprovechando esa lengua afilada y esa audacia tan tuya… ¿Estás acostumbrada a dejarles billetes a tus amantes sobre la mesa y notas escritas en papel higiénico? Ella me miró, alzando una ceja con una calma desconcertante. No se sorprendió. Ni un músculo en su rostro se tensó. Solo sonrió, con esa calma que suele tener quien ya conoce la tormenta, quien ha pasado por el fuego y ha salido indemne. Una sonrisa que no revelaba nada, pero que me desafiaba a seguir. Seguí, mi voz más grave, más profunda, cargada de la humillación que aún sentía. —¿No crees que eso lastima el orgullo de un hombre? De un hombre como yo… que te hizo gritar contra una pared. Todavía no comprendo qué hice para que te fueras antes de que saliera el sol. Fue… inesperado. Samira apartó lentamente los cubiertos, el suave tintineo resonando en el silencio expectante. Levantó el rostro con calma y me miró directo a los ojos, sus propios ojos verdes, ahora serios, sin la chispa de la burla. —No debería darle tanta importancia a eso, señor Johnson. Muchas mujeres vivimos ese mismo escenario a diario. Tal vez, mientras usted y yo compartimos este suculento platillo, hay una mujer con el corazón roto recibiendo menos que unos billetes para el taxi… después de haber entregado su cariño, su cuerpo, su deseo… sus gemidos. Las palabras fueron un disparo seco, certero, un puñetazo con guante de seda. Mi mandíbula se endureció, mis ojos se estrecharon. Ninguna mujer me había dicho algo así. No con tanta claridad, con tanta calma. No con tanta verdad. No con tanta razón. Ella bajó la vista un momento, su expresión inescrutable, y luego volvió a clavarla en mí, sus ojos cargados de una sabiduría ancestral. —Claro, usted no lo había pensado. ¿Verdad? Porque los hombres como usted, con todo su poder y su mundo perfecto, no suelen ver el otro lado del juego. El lado del abandono, del uso, de la desechabilidad. Parpadeé, desconcertado. Mi mente, acostumbrada a dominar cualquier situación, estaba siendo desmantelada con una elegancia brutal, pieza por pieza. Un hombre acostumbrado al poder, al control… estaba siendo desarmado por una mujer con una trenza con flores. —Y dígame —continuó ella, girando el vino en la copa sin beberlo aún, la punta de su lengua apenas rozando el borde—. ¿Para qué me ha invitado esta noche, señor Johnson? ¿Solo para recordarme que lo dejé tirado en un hotel barato? ¿Para alimentar su ego herido? Me recosté en la silla, la sonrisa regresando lentamente a mis labios, una sonrisa que ahora era de puro asombro y admiración. —No. La invité a cenar porque quería confirmar si eras tú. Tu rostro me era familiar… el de la biblioteca, claro. Pero no estaba del todo seguro. Ahora que lo estoy, podemos dejar ese episodio atrás. —Hice una pausa breve, mi mirada fija en ella, mi voz bajando un tono—. Y enfocarnos en lo importante. —¿Lo importante? —Samira alzó una ceja, esperando la estocada final. —Tu trabajo. Quiero saber si estás dispuesta a recibir todos los encargos que tengo para ti. Hay muchas reliquias que quiero conservar. Y estoy seguro de que no hay nadie mejor que tú para hacerlo. Ella me miró por un segundo más, analizando el cambio de tono, la frialdad con que pasaba página de un encuentro explosivo a una propuesta de negocios. —¿Y por qué conservarlas? —preguntó ella, con un aire de desafío, no por malicia, sino por genuina curiosidad—. ¿Eres amante de las colecciones, señor Johnson? ¿Un acumulador de cosas viejas? Bebí un sorbo de vino antes de contestar, mi mirada se perdió por un instante en los reflejos del cristal. —Eran importantes para mi tío. Las coleccionaba con pasión. Y ahora él ya no está. No sé qué hacer con ellas… todavía. Pero quiero mantenerlas intactas. Por respeto. Por memoria. Por un legado. Samira me observó en silencio unos segundos, una nueva luz en sus ojos. Luego sonrió, esta vez con algo parecido a ternura, talvez. La sinceridad en mis palabras la había desarmado un poco. —No hay problema, señor Johnson. Después de la cena, me las muestra. Mañana te haré un recibo con el estipulado de los gastos. Asentí, y por primera vez en toda la noche, nuestras miradas se encontraron sin defensa alguna, sin estrategias, sin máscaras. Solo dos personas, con sus heridas y su inteligencia, compartiendo algo que aún no sabían cómo nombrar, un territorio inexplorado. —Excelente —dije, retomando mi plato, la tensión aliviada, reemplazada por una expectativa silenciosa. Y en ese instante, entre el tintineo de tenedores, y las memorias de una noche salvaje y el silencio cargado de nuevas posibilidades, llegué a sentir que entre nosotros se selló algo. No un acuerdo de trabajo. Fue como: Un duelo de almas. Una promesa tácita. Una nueva historia apenas comenzada.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD